¡Renueva la gracia que hay en Ti!

1. EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO

"El tiempo se ha cumplido,
el Reinado de Dios está cerca,
conviértanse y crean en el Evangelio"
(Mc 1,15)

1.1. Se ha inaugurado el tiempo de la gracia

Pocas palabras bastaron a Jesús para iniciar su ministerio. En apretada síntesis este anuncio contiene un compendio de todo su programa. Dios, en persona, ha entrado en la historia haciendo plenos los tiempos con su presencia salvadora: "el tiempo se ha cumplido", y con Él se ha inaugurado el tiempo de la gracia del Señor. Los ciegos ven, los sordos oyen, se rompen todas las cadenas y los pobres son evangelizados. (Cfr. Lc 4,18-21). Y estas no son sólo palabras: el Cristo de Dios nos comunica su propio Espíritu para llevar una vida bienaventurada y apartar de la humanidad toda malaventuranza. (Cfr. Mt 5, 1ss; Lc 6,17ss)

No hay tiempo que perder: la invitación aún esta vigente. Hay que convertirse a Cristo para creer en El: en su persona, en su mensaje, en su misterio, en sus gestos y palabras. Creer y testimoniar. Creer y salir, después, entusiasmados, a contar lo que hemos visto y oído, como ministros, apóstoles y heraldos del Evangelio de Jesús, para que la alegría de la gente sea plena.

Estas palabras cobran nueva actualidad mientras nos encaminamos al Gran Jubileo de la fe. Podemos decir, con toda verdad, que preparamos tiempos nuevos de la humanidad, en los cuales el Reinado de Dios se acerca de una manera muy especial, para convertir en jubileo la vida de la gente. Jubileo porque nuestro Dios no es lejano: es Dios-con-nosotros, como lo ha demostrado en persona hace exactamente dos mil años. Jubileo porque lo único que da sentido pleno y alegría a la vida es creer en la Buena Nueva de Jesús. Jubileo, también, porque es tiempo de amnistía, de reencuentro, de gracia y bendición.

Si sólo anunciáramos tiempos nuevos para celebrar un cumpleaños, la invitación sería un tanto intrascendente. Pero si la Iglesia convoca a los pueblos para crecer en la fe, en la esperanza, en la solidaridad... si nuestro ministerio convoca a un tiempo de perdón de los pecados y reconciliación fraterna... si convocamos a la gracia jubilar que consiste en restituir a los pobres su dignidad y hasta el pan que le hemos mezquinado... entonces el Gran Jubileo tiene un sentido trascendente, personal y social. Así es como lo ha soñado el Papa Juan Pablo y como admirablemente lo propone en la Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente.

1.2. Conviértanse y crean...

Sin embargo, todo este programa presupone fe: "conviértanse y crean..." Esta es la invitación de Jesús. Y su llamado a la fe adquiere nuevas resonancias en tiempos en que la secularización pone, al menos en apariencia, su confianza en el hombre, en la ciencia, en la técnica... y relega a Dios a un lugar secundario. Pero, decimos, en apariencia, porque junto a esas expresiones, que son reales, hay también un ansia de sentido y una renovación del fenómeno religioso que es respuesta o reacción a esa excesiva prescindencia de Dios.

Sin fe no se puede vivir. La fe es como el aire, como el agua, como el fuego, como el pan. Cada persona necesita una seria razón para vivir y un sentido con el cual llenar todos sus días. Y cuando esta no se encuentra, entonces se entroniza el sin sentido, languidecen los proyectos y la vida humana queda a la deriva. De una tal situación sólo se puede esperar desconfianza, escepticismo, depresión... Entonces falta el aire, falta el agua, falta el sol... Sin fe no se puede vivir. Hasta el niño recién nacido se mueve por una fuerza sin palabras que lo invita a acometer la lucha por la vida. "Vale la pena vivir" parece decir entre sus primeros llantos y sonrisas, mientras lucha por abrirse espacio en el afecto y por asegurar su cuota de leche materna cotidiana.

Sin fe no se puede vivir. Por eso buscamos espontáneamente creer en algo o en Alguien o, por lo menos, creer en un proyecto, en una doctrina, en una espiritualidad. Y, por cierto, creer en nosotros mismos.

Sin embargo, no da lo mismo en qué o en quien creemos. La calidad de nuestra vida es directamente proporcional al objeto de nuestra fe. O, por lo menos, en grandísima medida. Por eso nos fijamos en quien o en quienes creen nuestros contemporáneos.

Hay quienes han descubierto el embrujo de sus fuerzas interiores y se acercan a la bioenergética o a los maestros orientales para encontrar el arte de relajar el cuerpo y concentrar la mente. Así pueden llegar a las fuentes del espíritu o a la energía que todo lo domina... Otros, sobre todo en este tiempo, se sienten atraídos por el mundo espiritual e invocan y dan crédito a ángeles y demonios, rindiéndoles culto y otorgándoles mayor entidad de la que tienen. Muchos sienten que no bastan las palabras del Evangelio, ni siquiera Jesús como Palabra plena de Dios, y necesitan creer en acontecimientos maravillosos, en apariciones, en nuevas revelaciones. En fin, no faltan quienes redescubren la religión de los antepasados, sobre todo en nuestra América Latina, en que hay tanta riqueza milenaria en los pueblos que habitaron esta tierra antes de la llegada del Evangelio.

1.3. Crean en el Evangelio...

Nosotros, los cristianos, creemos en Jesús de Nazaret, hijo del Hombre, hijo de Dios. Admiramos la coherencia y la entereza de su vida y damos crédito a su persona y a todas su palabras (Cfr. Jn 6, 68).

Este es el hombre en quien Dios se encarnó para revelarnos su infinita cercanía, su amor, su ternura: su misterio y el nuestro. "Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creación... (Col 1,15)". "En Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad... y de Él recibimos nuestra plenitud" (Col 2, 9-10)".

Por Él hemos llegado a conocer a Dios, nuestro Padre, y al Espíritu Santo. Y no sólo a conocerlo, sino a ser sus hijos adoptivos, vasos de barro remodelados por el Espíritu, templos vivos de la Santa Trinidad.

Por Él también hemos sabido que Dios, el Padre, tiene un amor preferente por los pobres, los enfermos, los marginados, los excluidos, los que son víctimas de discriminación y sufrimiento. No sólo los ama. A ellos y a nosotros nos sostiene y nos consuela en el sufrimiento y en la lucha por la vida, así como confortó a su Hijo en la Pasión y lo resucitó de entre los muertos.

Nosotros creemos en Jesús, Cristo de Dios. Sabemos que quien lo ve a Él, ve a su Padre y que quien lo escucha, escucha al Padre. ¡Ese es nuestro Dios! El que ha muerto y ha resucitado - no sólo revivido. "No es un Dios lejano, suspendido en una inaccesible eternidad. Es un Dios que arriesga, que se encarna. En suma, un Dios crucificado. No es el autor del mal, sino el herido por el mal, el crucificado por el mal" (O. Clément).

Él es quien hace justo dos mil años se encarnó en las purísimas entrañas de la Virgen María y quien hoy se hace presente en cada persona, de manera singular en los pobres y, de manera eximia, en cada Eucaristía. Jesús, el Cristo de Dios, que vendrá, al final de los tiempos, a dar su pleno sentido a la historia de la humanidad.

Si confiesas con la boca que Jesús es Señor,
si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte,
te salvarás.
Con el corazón creemos para ser justos,
con la boca confesamos para ser salvos,
pues la Escritura dice quien se fía de Él no fracasará.
(Rom 10, 9-11)

2. Heraldos del Evangelio

Pero, ¿quién creerá nuestro anuncio? "¿Cómo lo invocarán si no han creído en Él?, ¿Cómo creerán si no han oído hablar de Él? ¿Cómo oirán si nadie les anuncia? ¿Cómo anunciarán si nadie los envía? Como está escrito, qué bellos son los pies de los heraldos de buenas noticias". (Rom 10,13-16)

Jesús ha tenido el cuidado de elegir a sus mensajeros. Parte de su Evangelio consiste en haber formado el colegio apostólico, con sus colaboradores, para que se pueda anunciar la Buena Nueva en todas las generaciones.

Por eso, las preguntas de San Pablo no nos dejan indiferentes. Interpelan la fuente y el origen de nuestra vocación. Por misericordia de Dios nos pusimos de pie el día en que Él nos hizo esa pregunta y nos incorporó al número de los presbíteros de la Iglesia, para que fuéramos a anunciar su Evangelio hasta los confines del hombre, del mundo, de la historia. Nosotros y el pueblo al cual servimos, que es corresponsable en el anuncio del Evangelio.

2.1. Se necesitan misioneros

Pero, hay que reconocerlo, con los años hemos perdido ímpetu misionero. Muchos han perdido el entusiasmo. No somos malos sacerdotes, pero nos falta el ardor y el fervor propios del primer amor. Cumplimos nuestro ministerio con mucha abnegación pero con poca ilusión.

¿Será que nos acostumbramos a que la gente viniera, que dejamos de salir? ¿Será que nos dedicamos más al Sacramento que a la Palabra, más a administrar que a proclamar? ¿Será que se nos hizo rutina la Palabra o que dejamos de creer en su eficacia? ¿O será que, simplemente, por respeto a la creencia ajena, en esta sociedad pluralista, pensamos que podíamos ofender con nuestro anuncio y nos dedicamos a escuchar más que a anunciar?

Sinceramente pregunto con respeto. No soy juez; soy servidor. Y porque soy presbítero conozco en carne propia las dificultades del ministerio. Pero el hecho es que nuestras Iglesias particulares, o gran parte de ellas, tanto en América como en Europa y el Caribe, han perdido el ímpetu misionero. Nos lamentamos del avance de las sectas, del movimiento pentecostal, de las nuevas religiones, pero en general, los presbíteros no vivimos en estado de misión.

2.2. Se necesitan maestros de la fe

En el mundo hay mucho agobio, mucho sufrimiento, mucho sin sentido. Se requiere urgente la proclamación del Evangelio y hay oídos muy atentos para escuchar su mensaje. Por algo las puertas se abren cuando llega el mensajero de buenas nuevas, sin mirar la religión que representa. Es un signo del hambre de Dios que tiene la gente y las preguntas quemantes con que buscan a los Maestros de la fe.

¿Por qué Dios, que es tan bueno, permite tanto sufrimiento? ¿Por qué el sufrimiento de los niños inocentes? ¿Por qué a mí, dice Job, que he procurado ser fiel a todas tus palabras?

Y en los países en guerra, en los conflictos interminables, sentimos el clamor angustioso que surge desde la destrucción y la violencia: ¿dónde está Dios en el rugir de los cañones y en cada nuevo bombardeo? ¿Qué hace Dios ante tanta violencia, ante el abuso de las armas, ante los secuestros o las búsquedas excluyentes de poder?

¿Cómo seguir creyendo a los que dicen que mañana será mejor cuando tantas mañanas amanecen sin pan y sin respuesta? ¿Cómo creer tantas promesas que a la larga se quedan en palabras? ¿Será verdad que Dios ama a los pobres? Entonces, ¿hasta cuándo?

Y se siente crudamente la ausencia de Dios, el silencio de Dios.

Y, ¡para qué mirar a los demás! Cada uno de nosotros, o tal vez muchos, podríamos decir: "yo mismo me he prometido tantas cosas que no he sido capaz de cumplir. He pedido la gracia y no he sido escuchado. He soñado con cambiar y he vuelto a tropezar. He dejado de creer en las promesas, he dejado de creer en la palabra. Y, lo que es peor, he dejado de creer en mi palabra. Me he empezado a despreciar, a desacreditar".

Lentamente el escepticismo se apodera de nosotros. ¡Se nos envejece el alma! No creemos que sea posible intentar de nuevo y, mucho menos, volver a comenzar.

La fe que se oscurece pide a gritos un testigo, una presencia. Reclama a un hombre o a una mujer que algo tenga de Abraham, el padre de la fe. A alguien que nos devuelva el sentido y las ganas de vivir.

Para un Pastor ninguna de estas preguntas nos puede dejar indiferentes. Tampoco el consumismo de este mundo, convertido en gran mercado, que busca con ansiedad maestros de sentido. No. No puede haber indiferencia. Pero hay cansancio y, a veces, la sensación de que no se tiene la respuesta. Por eso nuestra reflexión se pone al servicio de la renovación de nuestras vidas, del nuevo ardor que tanto pide el Papa, con su palabra y con su ejemplo.

2.3. Se necesita renovar la gracia de la imposición de manos

Escuchamos la palabra autorizada del Apóstol Pablo a Timoteo, uno de sus colaboradores más cercanos. Así nos habla a cada uno de nosotros, presbíteros de la Iglesia:

"Doy gracias al Dios de mis antepasados,
a quien venero con ciencia limpia,
siempre que te menciono en mis oraciones,
noche y día.

Recuerdo tu fe sincera...
por eso te recomiendo que avives el carisma de Dios
que recibiste por la imposición de mis manos.
El Espíritu que Dios nos dio no es de cobardía
sino de fuerza, amor y templanza.

No te avergüences de dar testimonio de Dios,
ni de este su prisionero;
antes, con la fuerza de Dios,
comparte los sufrimientos por la buena noticia.

Él nos salvó y nos llamó a una vocación santa,
no por mérito de nuestras obras,
sino por su designio y gracia,
que se nos concede desde la eternidad
en nombre de Cristo Jesús,

y que se nos manifiesta ahora por la aparición
de nuestro Salvador Jesucristo;
el cual ha destruido la muerte
e iluminado la vida inmortal
por medio de la buena noticia.
De ella me han nombrado heraldo, apóstol y maestro.

Por esa causa padezco estas cosas
pero no me siento fracasado,
pues se en quien he puesto mi confianza
y estoy convencido que puede guardar mi depósito
hasta el día de su venida ".
(2 Tim 1, 3-12)

Con palabras de afecto, pero sin ocultar la exigencia, San Pablo nos recomienda renovar la gracia que obra en nosotros, por la imposición de manos ¡Ha dado en el blanco! En este tiempo de preparación al Gran Jubileo, los presbíteros pedimos la gracia de ser renovados por el Espíritu para poder ingresar al III Milenio de la fe con una conciencia más limpia y un entusiasmo nuevo. De esa manera seremos mejores servidores de la fe, encargo primordial que la Iglesia nos confía y que el pueblo creyente nos reclama.

Pero, para renovar la misión, es importante remontar los obstáculos que, a veces, sentimos al ejercer nuestro ministerio. Releyendo a San Pablo, cuando nos habla del ministerio apostólico, queremos acreditarnos con nuestras obras ante la comunidad a la cual servimos. Y, tal como él, experimentamos dificultades que vienen de fuera y que se manifiestan en incomprensión, en exceso de exigencia y, no pocas veces, en persecución (Cfr. 2 Cor 6,3-12). Pero, con la mano en el corazón, reconocemos también las incoherencias, las tibiezas, las lentitudes y tantas dificultades interiores que se exteriorizan como cansancio, en razón de la intensidad del ministerio, pero que suelen tener causas más profundas que nos llaman a convertirnos al primer amor.

3. El cansancio en el ministerio pastoral

Es frecuente encontrar cansancio en la vida de los sacerdotes. El paso de la vida... el tiempo del año... el exceso de trabajo... el temperamento depresivo... Hay algunos cansados, pero felices. Otros, en cambio, viven un cansancio crónico que arriesga a caer en el hastío, o simplemente, en un agobio permanente por causa del estilo de vida o por las responsabilidades pastorales.

El sólo hecho de estar cansados no dice nada malo. Un obrero que trabaja ocho horas al día y gasta dos y tres movilizándose desde su hogar al trabajo... una madre de familia que debe cuidar de su hogar y de sus hijos... un joven estudiante exigido por el colegio, la universidad y los otros compromisos de la vida... Es lógico que haya cansancio. Sobre todo con las tensiones que agrega la vida en la ciudad con todos sus apuros.

Así lo vemos en Jesús, que no tiene problema de sentarse junto al pozo a pedir un vaso de agua... ni de invitar a los discípulos a descansar y a orar después de terminada la primera Gran Misión. Él se da el tiempo para visitar a unos amigos en Betania, se deja servir por la suegra de Pedro y acariciar por esa mujer "que mucho había amado"... (Lc 7, 47).

Distinto es cuando el cansancio se transforma en hastío. Jesús también lo experimenta con los discípulos... "con esta generación"... o cuando siente el temor y el tedio de la hora final y un ángel lo reconforta para el combate. El cansancio físico se resuelve con más facilidad. El hastío, en cambio, exige recogerse para dar el salto, buscar en las profundidades, entrar en un diálogo más intenso con el Padre.

Pero, vamos por parte. Primero veremos las raíces de nuestro cansancio y después procuraremos buscarle algunos remedios, alentados por el ejemplo de Jesús y la presencia de su Espíritu.

3.1. Un estilo de vida inadecuado

Lo primero, y lo más obvio, proviene de un estilo de vida inadecuado. Vivir solos, sin nadie con quien compartir lo cotidiano... Creer que todos los espacios de la agenda son para llenarlos con todo tipo de compromisos y sentir mala conciencia si se deja alguno en blanco...

Rezar a la carrera entre los recados y tareas por cumplir que zumban en la cabeza... No tener espacios gratuitos para visitar a los amigos... para escuchar música... para ir alguna vez al cine, al teatro, al estadio... E incluso, vivir en espacios sin belleza, funcionales, sin "hogar"...

Si así vivimos, es obvio que nos vamos a cansar y no sólo de la fatiga del día: nos sobrevendrá la fatiga psicológica y moral propias de una vida estresada. Y el estrés nos hará más vulnerables a la dejación, a la negatividad, a buscar el primer apoyo que pasó o el primer cariño que se ofrece.

3.2. El peso de la misión

Más profundo y más complejo es el cansancio que conlleva el peso de la misión. Ese lo sintieron los grandes santos. El Cura de Ars quiso escapar tres veces de su pequeña parroquia porque lo sobrepasaba la responsabilidad, el peso de los pecados ajenos, la fatiga de la escucha atenta. Antes, mucho antes, lo experimentó Moisés, y el Señor le indicó que compartiera su espíritu con otros setenta y dos y que no se echara sobre sí mismo todo el peso de su pueblo.

Pero, a esta actitud virtuosa, se puede agregar la actitud viciosa de buscar ser amados por lo que hacemos y no por lo que somos... el que nosotros y nuestros superiores nos evalúen por la eficacia, por los números, por los resultados visibles... el que no hayamos descubierto la enorme eficiencia de la gratuidad... el que en la actual figura del sacerdote católico de occidente se espere de nosotros que seamos buenos predicadores, que sepamos celebrar con creatividad, que practiquemos la dirección espiritual, la atención a los enfermos, el consuelo de los tristes, que sepamos de organización y de comunicación social, que a todos acojamos con una sonrisa, siempre y en cualquier momento, y que resolvamos adecuadamente nuestros conflictos afectivos, cosa que se da por descontado.

A veces, el problema viene de que nos come el rol: dejamos de ser personas y nos transformamos en personajes. Se nos desequilibra la vida en favor de la acción o del ensimismamiento... y terminamos huyendo de nuestra propia sombra...

No. Eso no es virtud. No es tampoco nuestra misión. Hay confusión de planos, sobre-expectativas, y hasta un cierto abuso con el sacerdote, cuando no el temor (y hasta el rechazo) a construir una Iglesia ministerial más conforme al proyecto de Jesús y a los signos de los tiempos.

Pero, sumando y restando, el peso de la misión es otra fuente de agobio y de cansancio.

3.3. El fracaso en el apostolado

No es menor el cansancio producido por el aparente fracaso en el apostolado o por la falta del fruto visible en nuestra acción pastoral. Es la experiencia paradójica de Jonás cuando termina de predicar la conversión y espera el castigo... pero sobreviene el perdón y él se siente un fracasado.

Es la experiencia de Jesús en su relación con los doce cuando no entendían las parábolas o fueron incapaces de expulsar el espíritu inmundo de un niño, al bajar del monte Tabor... O cuando, después de la Cena, "con la hostia en la boca", se disputaban los primeros puestos... (Lc 22,24-30)

Jesús lo sufrió en su persona, en el tedio y la fatiga del Huerto y en la muerte ignominiosa en que sintió el mayor abandono y, humanamente, el mayor fracaso. Pero no claudicó. Tanto en su agonía, como en otras oportunidades, el vigor le vino de un diálogo aún más intenso con el Padre, hasta lograr el acto de confianza, la actitud de abandono con que descansó su espíritu como preludio de la Resurrección definitiva. Es el mayor ejemplo de la fuerza en la debilidad que tan claro expone San Pablo: "mi gracia te basta..."

3.4. Una espiritualidad insuficiente

Pero, también en nuestro caso, en la raíz del cansancio suele haber una espiritualidad insuficiente, deficitaria, o simplemente defectuosa.

En cuanto a la oración... nos acostumbramos al mínimo, se nos hace rutina la Eucaristía, la Liturgia de las Horas se nos cae de las manos. No tenemos tiempo... para estar con el Señor... En Jesús, en cambio, aprendemos que sus cansancios se resuelven subiendo temprano a la montaña a orar, después de la tarde fatigosa, o alejándose a un lugar apartado cuando comienzan los conflictos, en la experiencia mística de la Transfiguración, en la oración dolorosa del Huerto... ¡Siempre con el Padre!

Es verdad que el sello del pastor -la caridad pastoral- es dar la vida. Y darla hasta el último suspiro. Pero a eso habría que añadir que hay que entregar calidad de vida... por respeto a Jesús, a la misión y a la gente que Él nos confía. Y para eso es necesario practicar las mínimas normas de higiene espiritual: cuidar el sueño, las comidas, los momentos de silencio, los tiempos de soledad, las buenas amistades...

Y, por otra parte, ser conscientes y practicantes de los rasgos de la propia espiritualidad. En nuestro caso, de la espiritualidad secular diocesana que, bien vivida, es fuente de consuelo, de energía, de identidad pastoral y personal, de proyección y creatividad en la misión. Con todo respeto, creo que no es necesario tener que hacerse miembro, partícipe o numerario de otras formas de espiritualidad. Con todo respeto y libertad, porque a quien le sirve: ¡bendito sea Dios! Pero que sea por una opción, por una adhesión interior, y no por una fuga de la propia condición o por ignorancia sobre la propia espiritualidad.

Raro, muy raro, sería que el Señor a través de su Iglesia, nos llamara a un estilo de vida insostenible o inviable. Y la vocación al ministerio secular es parte esencial de la vida eclesial: es la vocación apostólica... la de Pedro, Pablo, Juan y Andrés... que han sido columnas de la espiritualidad de la Iglesia.

Eso mismo nos indica que una raíz del cansancio psicológico y espiritual, se encuentra en la pérdida de sentido de nuestra propia identidad, o una falta de perspectiva con respecto a la misión. Y una fuente de descanso, de alivio, se encuentra al volver a descubrir los rasgos esenciales de la propia llamada.

3.5. La conversión aplazada

En fin, una raíz muy profunda de nuestra fatiga, unida al escepticismo tan propio de cierto clero, es el aplazamiento de nuestra conversión: ya sea la del corazón, ya sea la conversión de costumbres o la conversión intelectual.

Hay una tremenda pérdida de energía en la creación de escenarios para vivir el propio capricho, un desborde de sensualidad, una apetencia de poder. La misma que posteriormente requerimos para lamentar amargamente el vacío que nos dejó el ídolo que tanto acariciamos.

Hay una pérdida muy grande de energía cuando cohabita en nosotros un pecado -o una actitud de pecado- contra el cual dejamos de luchar. ¡Nada peor que la convivencia entre la lucidez y la inacción! En su extremo, nos lleva a la culpabilidad enfermiza y al desprecio de nosotros mismos que produce un profundo cansancio del alma. Este rasgo se acentúa aún más en quien, por oficio, debe proclamar la Palabra, explicitar en otros los llamados de Dios, escuchar confidencias de luchas interiores o, simplemente, ser ministro de la confesión sacramental. ¡Imposible hacerse el sordo por mucho tiempo!

Y esto que se da en el campo de la conversión de costumbres, de la purificación de los afectos, también se da a nivel intelectual. El Evangelio postula un cambio de mentalidad, nos invita a plegarnos a los criterios de Dios, a la lógica de Jesucristo, al sentir del Espíritu, y a no dejarnos llevar por los criterios de este mundo que terminan produciendo vacío y hastío. (Cfr. Rom 12,1-2).

Una tal conversión supone oración, estudio, contacto asiduo con la Palabra de Dios, acompañamiento espiritual, la práctica frecuente del sacramento de la confesión. Tanto mejor si se tiene una comunidad y si hay amistad suficiente como para practicar la fraternidad apostólica en que hay corrección pero, sobre todo, mutuo estímulo.

4. Remedios para el cansancio ministerial

Muchos son los remedios para superar el cansancio. Algunos ya han sido insinuados al hablar de sus raíces, otros son evidentes. Sin embargo, por aquello de que por sabido se calla y por callado se olvida... me permito insistir...

Pero antes, una distinción: una cosa es des-cansar, es decir, hacer algo o dejar de hacerlo para que se me quite el cansancio. Eso es necesario, pero no basta. En castellano hay otra palabra que indica la actitud positiva de superar el cansancio, y esa es la de re-posar. Es decir, volver a posar el corazón, la mente, los afectos en algo, o mejor, en Alguien que me llena de amor, de serenidad, de energía.

4.1. Los remedios psicológicos

Los remedios psicológicos comienzan por hacerse un horario higiénico en que se deje tiempo para el descanso físico y el descanso espiritual. Dormir bien es clave. Darse un día de descanso a la semana, como Dios lo mandó para toda la creación... no es un lujo: es simple obediencia. Cultivar las buenas amistades, aquellas en que uno puede vaciar el alma... No olvidar una buena lectura, alguna experiencia estética, preocuparse por la armonía del entorno, tanto en la casa, en la oficina, como en la propia habitación...

Pero, más allá, de estos consejos obvios -aunque a veces poco practicados- es importante tener un sano realismo sobre sí mismo: conocer los dones, los talentos, las limitaciones, las incapacidades. De esa manera no nos vamos a sobre exigir ni a infravalorar. Esto es algo que reposa el alma... pero, algo que no se adquiere de una vez y para siempre. Gracias a Dios, nosotros también somos un misterio que se va develando con el tiempo en admiración, en estupor. Por eso hay que poner los medios adecuados a las etapas de la vida: cuando somos jóvenes sacerdotes, recién ordenados, cuando afrontamos la crisis de los cuarenta, cuando nos empinamos sobre la tercera edad, cuando tenemos la oportunidad de convertirnos plenamente en presbíteros, en años y en sabiduría.

4.2. El cultivo de los afectos

4.2.1. La relación afectiva

En varones y mujeres que hemos sido llamados a la virginidad consagrada, o simplemente al celibato, es muy importante el cultivo de los afectos en presencia del Señor. Pienso tanto en el afecto de la amistad, de la fraternidad, como en el de la paternidad o la maternidad. Una fuente de cansancios es tanto la represión permanente de nuestra sensibilidad como su desborde incontrolado. El asunto se vuelve apremiante porque nuestra vocación primera es vocación al amor. Y ésta no se da en la idea: es una experiencia.

El amor atrae, asusta, se aprende, a veces hiere, es fuente de sufrimiento y de encanto pero, cuando se madura, procura indefectiblemente la quietud del alma.

Este rasgo tan humano y tan divino... Dios es amor... hay que vivirlo necesariamente en la relación con Él. Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón.

¿Por qué avergonzarse, entonces, de sentir? ¿Porqué ocultar la amistad, la predilección? ¿Por qué no confesar la paternidad que nos llena de orgullo y de alegría?

En las actitudes clandestinas siempre hay campo para el Mal espíritu. Este nos aleja de la actitud de Jesús que, a la vista de todos, distinguió con su amor a Pedro, Santiago, Judas y Juan... Y nos aleja también del deseo de Dios que sueña con que nos parezcamos a Él en su paternidad... para que seamos completos... plenamente hombres... plenamente curas...

4.2.2. La oración afectiva

En la vida de los grandes santos se descubre la fuerza de su oración apasionada: en Teresa, la mística que la lleva a amar con todos sus sentidos - sensualmente - la humanidad del Señor; en Ignacio que, en toda su sobriedad, desata los sentidos cuando se trata de hacer composición de lugar para mejor comprender y amar al Señor, y que nos enseña el interno sentir que produce la oración; en Francisco... el hermano del agua y del sol... empobrecido por una opción de amor, dueño de cantar y alabar al Señor en cada criatura; en Agustín que cae rendido de amor ante Su belleza tan antigua y siempre nueva...

Y podríamos seguir... o mejor, comenzar con Jesús que, tomado por el Espíritu, rompe en alabanza por lo que Dios revela a los pequeños, que abre el secreto de su corazón y despliega sus afectos en la intimidad de la Cena, que derrama su alma agonizante en la soledad del Huerto, que clama con lágrimas de angustia, que ama tan intensamente a cada persona que cruza su camino.

Muchos de nosotros, en cambio, nos limitamos a una oración intelectual. Así nos enseñaron. Y por eso, en muchos hay la sensación de que la oración afectiva es para los adolescentes o, por lo menos, para los recién iniciados. De una u otra manera tememos caer en la censura o en el desprecio que el ambiente clerical procura a los "afectivos"... y terminamos viviendo a escondidas, lo que Dios nos llama a vivir a plena luz del día.

Dios es amor... y no puede sino dar amor. Y por esa simple razón ésta es la actitud y el misterio en que encuentra su mayor reposo el alma. Es el alivio que produce el "yugo suave" de Jesús que quita todo agobio. El alivio no viene del menor peso de la coyunda sino del hecho de ser "enyugados" para siempre con Jesús para recorrer en su compañía los caminos de la vida.

5. El primer amor: haz las obras del principio...

Pero, el reposo por excelencia se encuentra cuando volvemos a posarnos con todo el ser en el primer amor. Es muy sabio el llamado del Apocalipsis:

"Escribe al ángel de la Iglesia de Éfeso:

Esto dice el que sujeta en la diestra las siete estrellas,
el que camina entre las siete lámparas de oro:
Conozco tus obras, tus fatigas, tu paciencia...
has soportado y aguantado
por mi causa sin desfallecer.
Pero, tengo algo contra ti:
que has abandonado tu amor primero.
Fíjate de dónde has caído
y haz las obras del principio...

Quien tenga oídos,
escuche lo que dice el Espíritu a las Iglesias.
Al vencedor
le permitiré comer del árbol de la vida
que está en el paraíso de Dios"
(Ap 2,1-7)

¿Cuál es para un presbítero el amor primero? ¿Cuáles son las obras del principio?

A menudo, cuando se trata del amor primero, pensamos en el Seminario, en el Noviciado, en el tiempo en que decidimos nuestra vocación. Y está bien. Otras veces, volvemos a la historia de nuestra vocación o a las primicias de nuestro ministerio. Bendito sea Dios. Todo ello nos ayuda. Pero, lo más importante, es regresar al momento en que el mismo Señor decidió nuestro llamado y que es anterior, incluso, al momento en que lo percibimos.

Poner la mirada en nuestra decisión es privilegiar la voluntad, el esfuerzo, la respuesta y, ciertamente, la generosidad del elegido. Poner la mirada en la elección es subrayar la gracia, el don y, ciertamente, la generosidad de Dios que llama a quien Él quiere. Ambos producen gozo y paz. Pero el re-poso del primer amor llega plenamente cuando se sabe, y se siente, que ese amor es voluntad de Dios, (por más débil que sea mi respuesta), y que Dios jamás revoca su elección. A la voluntad le inquieta el para siempre de nuestro compromiso. En cambio, el alma encuentra su reposo cuando sabe -¡y cuando experimenta!- que el amor de Dios es eterno y que con ese amor hemos sido llamados.

Si volvemos al escenario de nuestra elección, en el capítulo tercero de San Marcos, veremos que a tres cosas hemos sido llamados en una noche de vigilia. A esas tres tenemos que volver en ese mismo espíritu de vigilia: a estar con Él, a proclamar su Reinado y a exorcizar con su poder. Y a una cuarta que encabeza este llamado: a ser doce, a ser comunión... y no solitarios ni evadidos de la fraternidad ministerial (Cfr. Mc 3,13-17).

5.1. Nos llamó para estar con Él...

En su compañía se encuentra el mayor descanso. "Inquieto está mi corazón hasta que no reposa en ti..."

Volver a ese lugar con la ternura de Juan, con el ímpetu de Pedro, con la inquietud de Agustín... -cada uno con la manera que Dios le dio- es volver al epicentro del primer amor. Es regresar también a la admiración, a la contemplación, como siempre la practican dos personas que se aman.

La vida es lucha y es don. También lo es nuestra vocación. Pero, como enseña lúcidamente San Francisco, hay que aprender a pasar por la vida con la serenidad de los grandes ríos.

Cuenta la historia que el Hermano Rufino había ofendido gravemente a San Francisco. Después de un largo desencuentro llega el momento de la reconciliación. El diálogo fraterno, cálido, hermoso, concluye así:

"Escucha hermano, es preciso que te diga una cosa...
dijo Francisco.

- Con la ayuda del Señor has vencido tu voluntad de dominio y de prestigio. Pero no sólo una vez, sino diez, veinte, cien veces más tendrás que vencerla.

- Me das miedo, padre - dijo Rufino. No me siento hecho para sostener una lucha así.

- No llegarás a ello luchando, sino adorando - replicó dulcemente Francisco -. El hombre que adora a Dios reconoce que no hay otro Todopoderoso más que Él solo. Lo reconoce y lo acepta. Profundamente, cordialmente. Se goza en que Dios sea Dios. Dios es, eso le basta. Y eso le hace libre. ¿Comprendes?

- Sí, padre, comprendo - respondió Rufino.

- Si supiéramos adorar -dijo Francisco- nada podría verdaderamente turbarnos: atravesaríamos el mundo con la tranquilidad de los grandes ríos"1.

1 ELOY LECLERCQ, La Sabiduría de un Pobre, Marova, XII Ed., pág. 113.

La lucha contra nosotros mismos, y contra todo aquello que nos llena de fatiga, se vence con adoración más que con voluntad, con amor contemplativo más que con violencia. Y la imitación de Jesús, o su seguimiento, es el fruto maduro de quien pone en Él largamente su mirada y no del que vive vuelto hacia sí mismo. Eso es lo que reposa el alma...

5.2. Nos llamó para enviarnos a predicar... y, ¡ay de mí si no Evangelizare!

Es cierto que el anuncio de la Palabra es vocación, pero es también tormento. Sin embargo, como toda criatura que se engendra, cuando ponemos nuestro corazón, nuestras entrañas, nuestros sentimientos y nuestra inteligencia al servicio de la Palabra, a los dolores de parto sigue el gozo de la vida nueva que el Espíritu de Dios ha engendrado por nuestro intermedio.

"Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba:
tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón,
porque tu Nombre fue pronunciado sobre mí, Señor, ¡Dios
de los ejércitos!" (Jer 15,15)

Una manera de encontrar re-poso es redescubrir la Palabra: darle primacía en nuestro ministerio. Así ella será "gozo y alegría de mi corazón". Pero, además, los presbíteros tenemos otro don: la posibilidad de proclamarla y celebrarla con toda el alma en la Liturgia sacramental. En ella hacemos fiesta por el paso del Señor por la vida de los hombres: lo reconocemos, lo delatamos, lo proponemos, lo ofrecemos. La Liturgia se transforma en un tiempo donde impera lo gratuito, lo inesperado, donde vuelve a primar el don sobre el cansancio de la lucha. Este es un espacio propicio para amar, para servir, para sentir, para engendrar y para encontrar el reposo que buscamos.

¡Que Dios nos dé la gracia de celebrar con los demás y no sólo para los demás! ¡Que nos haga animadores y concelebrantes, más que Presidentes! Y que nos ayude a ser fieles a la voz de la Iglesia que, así como nos invita a celebrar diariamente, nos prohibe celebrar más de dos Misas en día laboral y más de tres en día festivo...

Pero, volviendo al llamado, la invitación a proclamar simboliza también la misión en su conjunto. En consecuencia, volver al primer amor es ponernos de cara frente a la misión que el Señor nos vuelve a confiar. Y hacerlo con inteligencia, con discernimiento, con creatividad -como amigo más que como siervo- en escucha atenta a las opciones pastorales de la Iglesia y a la voz de Dios en nuestros talentos y limitaciones.

No lo podemos hacer todo. Hay que priorizar. Pero, esto último hay que hacerlo desde el Señor y no desde nuestra comodidad o nuestro antojo. Y más que eso, es necesario reconocer que la Misión pertenece al Padre y que nosotros somos sus simples enviados. Es Él quien da el fruto, la eficacia, y no nosotros. Esto cuesta más. Pero, una vez hecho el acto de abandono, sin quitar nada a nuestros talentos ni a nuestros desvelos, el espíritu del apóstol encuentra su reposo y una serenidad que, paradójicamente, confiere incluso más eficacia a sus trabajos.

Es curioso, al preguntar a la gente -en especial a los jóvenes- qué imagen tienen de los curas, alguna vez me han mostrado una libreta repleta de compromisos. ¡Somos gente sin tiempo! A mí, ciertamente, me lo han criticado. Y, claro, pocos quieren ser curas para vivir agobiados. Más lo querrían si nos vieran disfrutando del trabajo y también el descanso, al cual todo obrero tiene su derecho...

Si estar con el Señor significa crecer en intimidad a través de la contemplación y la adoración, ser enviados en misión significa buscar tener los mismos sentimientos de Jesús (Cfr. Fil 2). Es crecer en amistad con Él, ser más sensible a sus intereses, a sus puntos de vista, a su mirada sobre la gente y sobre el mundo. La intimidad y la misión son dos caras de una misma moneda. Es amigo el enviado... y es enviado el amigo... Y esto nos hace descubrir la paz aún en medio de las mayores responsabilidades.

5.3. Nos llamó con poder... para exorcizar...

Los sentimientos de Jesús nos introducen en el tercer aspecto de nuestra llamada que consiste en exorcizar, con su Espíritu, lo diabólico de la vida, de mi vida. A echar el Ungüento del Espíritu para que sanen las rupturas, los desgarros, las incoherencias, las compensaciones, los apegos que nos quitan libertad y nos lanzan al abismo del cansancio y del hastío. Exorcizar es dar la cara, con el poder del Señor, a nuestras conversiones aplazadas. Entonces, llega la serenidad, se aleja el cansancio.

Esto en el plano personal. Pero, obviamente, también en nuestro ministerio, prodigando ánimo y consuelo, ejerciendo el sacramento del perdón, denunciando la injusticia y ayudando a que el Señorío de Jesucristo sea experimentado en plenitud. Eso es algo que produce gozo y paz -reposo- no exento de fatiga física, pero con el consuelo que produce la coherencia personal y la vida en el Señor. Y con la alegría que nos da ayudar a que los pobres, los mansos, los pacificadores, los hambrientos y sedientos de justicia, los limpios de corazón, los misericordiosos y los que padecen persecución por causa de la justicia experimenten la Bienaventuranza del Señor.

Es cosa de ver qué es lo que sucede cada vez que Jesús impone su autoridad por sobre los demonios... A quienes son sanados les cambia el rostro, les renace la alegría, dejan de echar espumarajos para encontrar el reposo, la quietud y el deseo incontenible de confesar Su Nombre y de seguir a Jesús a donde quiera que vaya.

Si estar con Él significa volver a la contemplación, si ser enviados implica redescubrir la amistad y los sentimientos de Jesús, el mejor exorcismo se encuentra en el corazón y los labios que saben bendecir. Ahí esta Job: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó, ¡bendito sea Dios! "Y ahí esta María, la del Magníficat, que exorciza con su canto agradecido las miserias más profundas de la humanidad.

5.4. Nos llamó y... nos hizo doce...

Este programa no se puede realizar en soledad, como tampoco se puede evangelizar aisladamente ni en forma sectaria. El texto de Marcos dice que el Señor los llamó por su nombre y "los hizo doce". Eso quiere decir que nuestra identidad ministerial nos vincula sacramentalmente a los co-presbíteros y al Obispo de quien somos hermanos y colaboradores.

Parte del cansancio nos viene precisamente del querer acumular todos los roles que ejerce un sacerdote, y de querer ejercerlos en forma aislada... para marcarlo todo con nuestra impronta... o, por lo menos, para no tener problemas... ¡Fatal! Es el síndrome del individualismo que resta apoyo al ministro del Señor, resta eficacia a nuestro ministerio, y se convierte en una de las mayores fuentes de tensión, de fatiga y de agobio en la vida de los sacerdotes.

Otra fuente de agobio es la falta de comunión con el Obispo. Su figura forma parte de nuestro ser sacramental. Es imagen del Padre, por la autoridad que ejerce, por el lugar que tiene en la Iglesia y porque nuestro sacerdocio ministerial depende del suyo, como lo dice la Oración Consacratoria de la ordenación sacerdotal. Es comprensible, entonces, que muchos presbíteros sufran una tremenda frustración al no sentirse acogidos o valorados por el propio Pastor.

En cambio, el descanso sicológico y espiritual que necesitamos se encuentra en la relación madura -fraterna y filial, con los co-presbíteros y con el Obispo- en la fraternidad vivida, en las cargas compartidas, en el discernimiento comunitario, en la emulación fraterna... Todo ello va formando un corazón maduro en el amor y aleja de nuestros labios y de nuestro corazón la crítica hiriente, la envidia disfrazada de virtud, los celos posesivos que privan de libertad a quienes ayudamos a engendrar y son fuente de enemistad entre sacerdotes.

Es curioso: las mismas competencias desleales que criticamos al modelo neoliberal, las solemos practicar nosotros entre parroquias, movimientos, grupos de espiritualidad o, simplemente, disputándonos el acompañamiento y la estima de las mismas personas. Nos importa mucho saber si son de Pablo o de Apolo y se nos olvida que lo importante es que sean de Cristo. Que Pablo siembre, que Apolo riegue y que la Iglesia recoja los frutos...

Dejarnos amar, por Jesús y por la gente, dejarnos llevar, renunciar a los celos y entronizar la admiración, la alabanza, la gratitud, es inaugurar una hermosa manera de ser Iglesia de Dios y renunciar a vivir sectariamente.

No es bueno que el hombre esté solo, dijo el Señor el sexto día de la Creación. Y también el sexto día Jesús entregó su vida para romper la enemistad y recrear el vínculo de amor. Desde entonces El siempre nos acompaña. Con esa misma autoridad Él nos envía de dos en dos a proclamar y a vivir el proyecto del Reino que exorciza el individualismo y entroniza la comunión. Esta es la actitud de fondo en que va a encontrar reposo nuestro corazón. Y así, como los discípulos más cercanos a Jesús, podremos encontrar un gran gozo en el testimonio de su Nombre y, nuestro re-poso, al dejar que Él lave nuestros pies cansados y al reclinar el peso de nuestras preocupaciones sobre el corazón de quien nos ha llamado.

En ese momento, eucarístico por excelencia, se experimenta la intimidad, se recrea la misión y se exorcizan las distancias y las dudas que producen sobresalto en el corazón del ministro consagrado.

Esa es la gracia que pedimos, invocando el amparo de María, quien nos introduce complacida a la experiencia del salmista:

"Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a El"




Para la oración personal


Leer: Mt 11, 28-30; Ap 2, 1-7.

Hacerse las siguientes preguntas:

1. ¿Cómo he experimentado el cansancio ministerial
   o el cansancio en mi vida espiritual?

2. ¿Qué reacciones tengo cuando me siento cansado
   de servir, o cansado en mi vida espiritual?

3. ¿Cuáles son los remedios que aplico en mi vida,
   para salir del cansancio espiritual y/o ministerial?

4. Dejar un tiempo largo para volver admirado
  al primer amor...