XXXI DOMINGO
TODOS LOS SANTOS
01 de noviembre 2009, Ciclo B

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Proyecto de homilía     Dios Hoy




Casulla Blanca

Esta solemnidad nos representa visualmente a toda la multitud de los redimidos, para descubrirnos el destino que nos espera también a nosotros, peregrinos. Es, además, un motivo para hacernos conscientes de nuestra solidaridad con todos aquellos que nos han precedido en el mundo del espíritu. Todos ellos, que viven frente a Dios, son nuestros intercesores, que dan impulso a nuestra vida.


ANTÍFONA DE ENTRADA    

Alegrémonos en el Señor al celebrar la solemnidad de Todos los Santos, por la cual se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios.

Se dice Gloria

ORACIÓN COLECTA

Dios omnipotente y eterno, que otorgas a tu Iglesia la alegría de celebrar, en esta solemnidad, los méritos y la gloria de todos los santos, concede a tu pueblo, por intercesión de todos estos hermanos nuestros, la abundancia de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo...

PRIMERA LECTURA

Vi una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas.

Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan: 7,2-4.9-14

Yo, Juan, vi a un ángel que venía del oriente. Traía consigo el sello del Dios vivo y gritaba con voz poderosa a los cuatro ángeles encargados de hacer daño a la tierra y al mar. Les dijo: "iNo hagan daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que terminemos de marcar con el sello la frente de los servidores de nuestro Dios!" Y pude oír el número de los que habían sido marcados: eran ciento cuarenta y cuatro mil, procedentes de todas las tribus de Israel.

Vi luego una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas. Todos estaban de pie, delante del trono y del Cordero; iban vestidos con una túnica blanca; llevaban palmas en las manos y exclamaban con voz poderosa: "La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero".

Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, cayeron rostro en tierra delante del trono y adoraron a Dios, diciendo: "Amén. La alabanza, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza, se le deben para siempre a nuestro Dios".

Entonces uno de los ancianos me preguntó: "¿Quiénes son y de dónde han venido los que llevan la túnica blanca?" Yo le respondí: "Señor mío, tú eres quien lo sabe". Entonces él me dijo: "Son los que han pasado por la gran persecución y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero".
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL Del salmo 23

R/. Ésta es la clase de hombres que te buscan, Señor.

Del Señor es la tierra y lo que ella tiene,
el orbe todo y los que en él habitan,
pues él lo edificó sobre los mares,
él fue quien lo asentó sobre los ríos. R/.

¿Quién subirá hasta el monte del Señor?
¿Quién podrá entrar en su recinto santo?
El de corazón limpio y manos puras
y que no jura en falso. R/.

Ese obtendrá la bendición de Dios,
y Dios, su salvador, le hará justicia.
Ésta es la clase de hombres que te buscan
y vienen ante ti, Dios de Jacob. R/.

SEGUNDA LECTURA

Veremos a Dios tal cual es.

De la primera carta del apóstol san Juan: 3,1-3

Queridos hijos: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él.

Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como él.
Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. 2 Tim 1,10

R/. Aleluya, aleluya.

Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio, dice el Señor. R/.

EVANGELIO

EVANGELIO Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos.

+ Del santo Evangelio según san Mateo: 5,1-12

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles y les dijo:

"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos".
Palabra del Señor.

Se dice Credo.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Acepta, Señor, el sacrificio de alabanza que vamos a ofrecerte al celebrar hoy la fiesta de todos aquellos que gozan ya de tu vida inmortal, y concédenos experimentar siempre su protección y su ayuda en nuestro camino hacia ti. Por Jesucristo, nuestro Señor.

PREFACIO

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Por Cristo, Señor nuestro.

Porque hoy nos concedes celebrar la gloria de todos los santos, asamblea de la Jerusalén celestial que eternamente te alaba.

Hacia ella, peregrinos en la tierra, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de nuestros hermanos; en ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad.

Por eso, unidos a los santos y a los coros de los ángeles, te glorificamos y cantamos, diciendo:

Santo, Santo, Santo...

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Mt 5,8-10

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dios nuestro, fuente única de toda santidad y admirable en todos tus santos, haz que este sacramento nos encienda en el fuego de tu amor y nos prepare para la alegría de tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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Tempestad

UNA FELICIDAD DISTINTA

La gente estaba en el llano, su vida era plana y vacía. Pero tenían un anhelo, el anhelo de todo hombre de ser feliz. Jesús ve a esta gente con amor, se interesa por ellos. Sube al monte, lugar del encuentro con Dios. Se sienta como quien va enseñar. Y es entonces cuando los discípulos dejan el llano y se acercan a Jesús. El propone una felicidad distinta, insólita, sorprendente... Todo está en acercarse a él.

- La felicidad de la pobreza de espíritu. Es no estar apegado a cosa alguna, buscar lo trascendente, esperar todo de Dios. Ante el Reino de los cielos no hay ninguna riqueza comparable.

- La felicidad de los que lloran. Dios, desde siempre, escucha el llanto del hombre, ve sus lágrimas... lo acompaña y consuela con ternura.

- La felicidad del que sufre. Unir los propios sufrimientos a los de Cristo, con serenidad y confianza. Dios reivindica y defiende al que sufre.

- La felicidad de los que tienen hambre y sed de justicia. Justicia es hacer lo que Dios quiere. Los que la practican o se esfuerzan por vivirla son felices.

- La felicidad de la misericordia. Misericordia es amor, comprensión y perdón. Ver al otro con los ojos de Dios. Es feliz quien mira así.

- La felicidad de los limpios de corazón. Son felices los que no tienen nada que esconder, los que son transparentes; los que experimentan a Dios y lo muestran a los otros.

- La felicidad de los que trabajan por la paz. Aquellos que promueven la paz, construyen un mundo mejor.

- La felicidad de la persecución. Son felices los que anuncian con valentía y generosidad el Evangelio, los que viven los valores del Reino hasta las últimas consecuencias. Dios los premiará.

Que al recordar a todos los santos, a quienes hoy celebramos, descubramos esta felicidad que proviene de Dios.

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Notas exegéticas

* 1ª lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14

En esta visión del Apocalipsis se describe la universalidad de la salvación. El lenguaje es simbólico y de carácter apocalíptico. Lo descrito se presenta como "visión" que tuvo el autor del libro: "Vi luego..." (v. 2). No necesariamente se trata de una visión sobrenatural, sino de una visión de fe de la historia y del final de esa historia.

Un ángel le pide a otros cuatro ángeles, encargados de inaugurar el juicio de Dios al final de los tiempos, que no den inicio a su obra de "hacer daño a la tierra y al mar" es decir, de ejecutar la sentencia de Dios sobre la historia, sin antes haber marcado con el sello en la frente a los siervos de nuestro Dios (v. 3). El sello es símbolo de pertenencia (Cfr. 2 Cor 1,22; Ef 1,13; 4,30). Los que han vivido en obediencia a Dios y han acatado su señorío en la historia aparecen sellados, mostrando visiblemente su identidad más profunda.

El número de los sellados es significativo: "ciento cuarenta y cuatro mil" (v. 4). Este número es un múltiplo de doce, el número de las tribus del antiguo pueblo de Dios (doce por doce), multiplicado por mil. Simbólicamente representa al pueblo de los siervos de Dios, provenientes de todos los pueblos y razas de la tierra. Aparecen vestidos de blanco, compartiendo con Cristo resucitado su condición gloriosa (Cfr. Apoc 1,14; 19,13-14); con las palmas de la victoria en sus manos, pues han vencido en "la gran persecución", en medio de las pruebas y oscuridades de la historia. Esta inmensa muchedumbre, al mismo tiempo que aparece victoriosa y redimida, proclama gozosamente la gratuidad de la salvación que han recibido como un don (Cfr. vv. 10.14).

* 2ª lectura: 1 Juan 39,1-3

La filiación divina es un don del amor de Dios, que no sólo nos ha dado un título honorífico, sino que nos ha hecho realmente sus hijos en Cristo Jesús, pues "a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios" (Jn 1,12). Sin embargo, la condición filial del creyente queda oculta a los ojos del mundo que, por no conocer a Dios, tampoco puede reconocer la filiación divina de los hijos de Dios.

Ser hijos de Dios es una realidad presente y operante en la historia ("ahora somos hijos de Dios"), pero que todavía no ha alcanzado su plenitud, la cual coincide con la participación de la vida divina en plenitud, cuando "vamos a ser semejantes a él", cuando hayamos podido alcanzar el sueño de los creyentes de todos los tiempos, cuando "lo veremos tal cual es" (v. 2).

* 3ª lectura: Mateo 5,1-12

Jesús proclama los principios fundamentales del Evangelio del Reino e indica quiénes se encuentran en la situación más propicia para recibirlo. Las bienaventuranzas no son un simple elenco de virtudes, sino que describen la actitud de fondo con la que el hombre se dispone y acoge el Reino de Dios. Son auténtico camino y expresión de santidad evangélica, pues encarnan y anuncian los mismos sentimientos y opciones de Jesús.

Los pobres de espíritu son los que ponen toda su confianza en Dios y se adhieren sin condiciones a su voluntad; los que lloran son los que sufren a causa de alguna situación dolorosa y saben encontrar en Dios el auténtico consuelo que libera y transforma. Los mansos (apacibles o humildes), que traduce el término griego praeis mejor que "sufridos", son los que rechazan el camino de los orgullosos y de los violentos (Cfr. sal 37,9-11).

Los que tienen hambre y sed de justicia anhelan como un deseo intenso y una necesidad sentida la justicia, que para Mateo es la experiencia religiosa auténtica, basada en la voluntad de Dios buscada y vivida en el plano personal y social. Los misericordiosos encarnan uno de los mayores atributos de Dios, que es "rico en misericordia" (Cfr. Ex 34,6); los limpios de corazón buscan a Dios con rectitud de conciencia, realizando íntegramente su voluntad a partir de intenciones profundas arraigadas en el corazón (Cfr. sal 24,4).

Los que trabajan por la paz se comprometen activamente con un aspecto esencial de la obra del Mesías, que es una obra de paz, que en sentido bíblico indica el bienestar humano en todas sus formas y la armonía y reconciliación entre los hombres y de los hombres con Dios. Los perseguidos por mi causa (v. 10), son los que a causa de su compromiso y coherencia con el Evangelio del Reino, comparten con Jesús el camino de la cruz que lleva a la gloria de la resurrección.

SILVIO JOSÉ BÁEZ

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Orientaciones para la celebración

La colecta ya nos marca el sentido de la celebración de esta solemnidad, que tiene dos objetivos; por un lado, celebramos los méritos de todos los santos; y por otro, imploramos la misericordia de Dios a través de estos santos que son intercesores. El prefacio expresa cómo los santos celebran, o mejor podríamos decir manifiestan con su vida, la gloria de la Jerusalén celestial. Pero esta fiesta no se limita a admirar y celebrar la gracia de Dios que ha sido derramada en los hombres y mujeres que se han acercado a la santidad de Dios, sino que los creyentes también queremos ir avanzando en nuestro peregrinaje hacia la santidad de Dios, y que la ayuda (la intercesión) y su vida ejemplar son para todos nosotros un verdadero estímulo.

QUIÉN ES SANTO

En la Biblia está claro que sólo Dios es Santo. O mejor aún, la santidad no es un atributo de Dios, sino su nombre verdadero. Esta santidad define la trascendencia inaccesible de Dios. Cuando Dios escoge a Israel como su pueblo, le comunica su santidad. Israel se convierte en un pueblo santo al que Dios le exige una santidad de vida. A lo largo de la historia, los profetas deberán hacer comprender las exigencias de la santidad: el culto que Dios quiere es el de la obediencia y del amor, o mejor dicho, el de la acogida profunda del don de Dios; por esto es importante cambiar el corazón de piedra por uno de carne. Lleno del Espíritu Santo, Jesucristo es el Santo de Dios. La santidad de Jesús es la santidad del Hijo de Dios. La ha recibido de su Padre, pero le pertenece, es suya. Esta santidad impregna profundamente su humanidad.

La santidad cristiana la recibimos, como nos lo hará ver la Lumen Gentium n. 39, como Cristo ama a la Iglesia y la toma como Esposa. Todo aquel que pertenece a la Iglesia está llamado a la santidad. "Esta santidad de la Iglesia... se expresa de múltiples modos en todos aquellos que, son edificación de los demás". Para ser santo es preciso vivir la unión con Cristo. La segunda lectura expresa esta línea de la santidad a la que estamos llamados cuando afirma: "Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos", para acabar afirmando: "Todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como él". La santidad exige un proceso de purificación en la persona para acoger verdaderamente la unión con Cristo.

LOS TESTIGOS DE HOY Y DE SIEMPRE

La santidad de Dios que revela Jesús y que es derramada por la gracia a los hombres, debe ser acogida. Son muchas las personas que a lo largo de la historia han dejado el sello de su personalidad impregnada del amor santificador de Dios; son personas que han vivido, sufrido y amado como cualquiera pero que han abierto su corazón a la gracia, se han dejado conducir por el Espíritu. Cada uno con su talante, en el momento histórico que le ha tocado vivir, ha sabido responder a la llamada del Evangelio. Su vida fue, y es aún, Buena Nueva.

La lectura de las bienaventuranzas manifiesta el pluraiismo que, desde siempre, ha habido en medio de la Iglesia y que manifiesta la santidad original de Dios. Cuando proclamamos el Evangelio, no tendríamos que entender la palabra felices como aquellos que lo han pasado francamente bien; sino que han sabido comprender que, desde su situación, era una bendición poder estar comprometidos, es decir, amando en profundidad todas las realidades que les tocaba vivir, porque así podían conocer mejor el significado del reino de Dios.

Si lo miramos bien, veremos que todos los enunciados que vienen después de la palabra felices no son situaciones de éxito, sino de lucha, de pobreza, de limitación, pero que van más allá porque en ellos hay esperanza. Los pobres poseerán el Reino; los que están de luto recibirán consuelo, aunque no necesariamente ahora; los que tienen hambre y sed de justicia, vendrá el día en que serán saciados; por ahora su deseo no ha sido saciado. Los compasivos, y por lo tanto viviendo una situación de desgarramiento interior, se sentirán comprendidos por Dios. Los que han sido víctimas a causa de su fe, y por lo tanto han conocido el martirio, son los que más adelante estarán ante Dios "Son los que han pasado por la gran persecución y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero"; son los que han vivido a su manera, con un sentido profundo de comunión con Cristo, su pasión y muerte y que por la fe creen también en la resurrección.

Puede ser bueno tener siempre presente que su testimonio nos da coraje para configurarnos en Cristo, el Santo.

LUIS PLANAS

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Proyecto de homilía

En el AntiguoTestamento, la palabra "santo" es por excelencia una definición de Dios, y expresa sobre todo su trascendencia, su separación, de la esfera de lo humano. Pero ya Isaías, al introducir la locución "Santo de Israel" propone la posibilidad de una relación entre el Dios-santo y la humanidad-santa. Una frase que se repite constantemente en varios capítulos del Levítico es: «Sean ustedes santos porque yo soy santo» (Lev 11,44).

También en el Nuevo Testamento la santidad es el fundamento del "Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia", una "comunión de santos". Los "santos" no son, pues, la excepción sino la norma de la existencia cristiana.

A esta fisonomía común del creyente, que es la santidad, sólo nos puede llevar el mensaje esencial y radical del cristianismo: las Bienaventuranzas (evangelio). Jesús, en la montaña como un nuevo Moisés, lanza el llamado para la construcción de la nueva comunidad santa, ligada a Dios con una nueva alianza. Es un llamado que va a las raíces y al corazón de la existencia humana, obligándola a ponerse ante los ojos, no modelos de santos humanos, sino el modelo del Santo por excelencia. La santidad auténtica es la donación de todo el ser en la "pobreza", es decir en la apertura total a Dios, a su reino y al prójimo. Es la actitud de quien "tiene hambre y sed de justicia"; de quien desea la paz y trabaja por alcanzarla; de quien es humilde y está dispuesto a dar la vida por el Reino y su justicia.

De esta orientación de vida nace el nuevo "hijo de Dios", como sugiere el texto de la Carta de San Juan (segunda lectura). Se puede decir que allí se resumen las articulaciones de las Bienaventuranzas en dos dimensiones radicales: la verdad -es decir, la fe en Cristo- y la caridad. Con estas dos trayectorias esenciales, el creyente actúa en sí mismo un proceso de conformación con Dios y, por tanto, de santificación. Así llegará a la experiencia de la comunión íntima con Dios.

El pueblo santo ya está en marcha hacia esa experiencia definitiva. No es sólo un grupo de privilegiados o de místicos extáticos; es "una multitud inmensa que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas" (Apoc 7,9).

El autor del Apocalipsis piensa, en primer lugar, en los mártires de la "gran persecución" que el imperio romano suscitó contra la Iglesia. Pero el texto quiere ciertamente incluir también a todos aquellos "testigos", que han sabido tomar su cruz cada día para seguir a Cristo (Cfr. Lc 9,23). Son todos los creyentes que han creído en el Hijo y por eso tienen vida eterna (Jn 3,36), es decir, la misma vida divina. Son todos los creyentes que "han lavado sus vestidos con la sangre del Cordero" (Apoc 7,14); es decir, se han confiado a la eficacia salvadora de la sangre de Cristo, dejándola que penetre plenamente sus vidas.

Que nuestra participación en la Eucaristía nos haga formar parte, cada día más, de esta multitud de "santos", para llegar a estar un día juntamente con ellos en la gloria del cielo.

CARLOS SOLTERO, S.J.

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LA PALABRA DE DIOS HOY

SAN PÉREZ, PATRONO DE PERSONAS
COMO USTED Y COMO YO

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