
1. El día de hoy y el de mañana, por una antiquísima tradición, la Iglesia omite por completo la celebración del sacrificio eucarístico.
2. El altar debe estar desnudo por completo: sin cruz, sin candelabros y sin manteles.
3. Después del mediodía, alrededor de las tres de la tarde, a no ser que por razón pastoral se elija una hora más avanzada, se celebra la Pasión del Señor, que consta de tres partes: Liturgia de la Palabra, Adoración de la Cruz y Sagrada Comunión.
En este día la sagrada comunión se distribuye a los Eleles únicamente dentro de la celebración de la Pasión del Señor; pero a los enfermos que no puedan tomar parte en esta celebración, se les puede llevar a cualquier hora del día.
4. El sacerdote y el diácono, revestidos de color rojo como para la misa, se dirigen al altar, y hecha la debida reverencia, se postran rostro en tierra o, si se juzga mejor, se arrodillan, y todos oran en silencio durante algún espacio de tiempo.
5. Después el sacerdote, con los ministros, se dirige a la sede, donde, vuelto hacia el pueblo, con las manos juntas, dice una de las siguientes oraciones:
ORACIÓN **
No se dice "Oremos"
Padre nuestro misericordioso, santifica y protege siempre a esta familia tuya, por cuya salvación derramó su Sangre y resucitó glorioso Jesucristo, tu Hijo. El cual vive y reina por los siglos de los siglos.
R/. Amén.
O bien:
Tú que con la Pasión de Cristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, nos libraste de la muerte, que heredamos todos a consecuencia del primer pecado, concédenos, Señor, a cuantos por nacimiento somos pecadores, asemejarnos plenamente, por tu gracia, a Jesucristo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.
R/. Amén.
6. Luego todos se sientan y se hace la primera lectura, tomada del profeta Isaías, con su salmo.
PRIMERA LECTURA
Él fue traspasado por nuestros crímenes.
Del libro del profeta Isaías: 52,13-53,12
He aquí que mi siervo prosperará, será engrandecido y exaltado, será puesto en alto. Muchos se horrorizaron al verlo, porque estaba desfigurado su semblante, que no tenía ya aspecto de hombre; pero muchos pueblos se llenaron de asombro. Ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán lo que nunca se habían imaginado.
¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? ¿A quién se le revelará el poder del Señor? Creció en su presencia como planta débil, como una raíz en el desierto. No tenía gracia ni belleza. No vimos en él ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado.
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados.
Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Cuando lo maltrataban, se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado a degollar; como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.
Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron. ¿Quién se preocupó de su suerte? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron de muerte por los pecados de mi pueblo, le dieron sepultura con los malhechores a la hora de su muerte, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos.
Por eso le daré una parte entre los grandes, y con los fuertes repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y fue contado entre los malhechores, cuando tomó sobre sí las culpas de todos e intercedió por los pecadores.
Palabra de Dios.
| SALMO RESPONSORIAL | Del salmo 30 |
R/. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
A ti, Señor, me acojo,
que no quede yo nunca defraudado.
En tus manos encomiendo mi espíritu
y tú, mi Dios leal, me librarás. R/.
Se burlan de mí mis enemigos,
mis vecinos y parientes de mí se espantan,
los que me ven pasar huyen de mí.
Estoy en el olvido, como un muerto,
como un objeto tirado en la basura. R/.
Pero yo, Señor, en ti confío.
Tú eres mi Dios,
y en tus manos está mi destino.
Líbrame de los enemigos que me persiguen. R/.
Vuelve, Señor, tus ojos a tu siervo
y sálvame, por tu misericordia.
Sean fuertes y valientes de corazón,
ustedes, los que esperan en el Señor. R/.
7. A continuación se hace la segunda lectura, tomada de la carta a los hebreos, con el canto antes del Evangelio.
SEGUNDA LECTURA
Aprendió a obedecer y se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen.
De la carta a los hebreos: 4,14-16; 5,7-9
Hermanos: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo. Mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por lo tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno.
Precisamente por eso, Cristo, durante su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen.
Palabra de Dios.
| ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO | Flp 2,8-9 |
R/. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre. R/.
8. Finalmente se lee la Pasión del Señor según san Juan, del mismo modo que el domingo precedente.
PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN: 18,1-19,42Los amó hasta el extremo.
En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos.
Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas.
Jesús, sabiendo todo lo que iba a suceder, se adelantó y les dijo: "¿A quién buscan?" Le contestaron: "A Jesús, el nazareno". Les dijo Jesús: "Yo soy". Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles 'Yo soy', retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les volvió a preguntar: "¿A quién buscan?" Ellos dijeron: "A Jesús, el nazareno". Jesús contestó: "Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan". Así se cumplió lo que Jesús había dicho: 'No he perdido a ninguno de los que me diste'.
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: "Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?"
Llevaron a Jesús primero ante Anás
El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: 'Conviene que muera un solo hombre por el pueblo'.
Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: "¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?" El dijo: "No lo soy". Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó: "Yo he hablado abiertamente al mundo y he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reunen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, sobre lo que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho".
Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús, diciéndole: "¿Así contestas al sumo sacerdote?" Jesús le respondió: "Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?" Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.
¿No eres tú también uno de sus discípulos? No lo soy
Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: "¿No eres tú también uno de sus discípulos?" El lo negó diciendo: "No lo soy". Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo: "¿Qué no te vi yo con él en el huerto?" Pedro volvió a negarlo y en seguida cantó un gallo.
Mi Reino no es de este mundo
Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era muy de mañana y ellos no entraron en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua.
Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y les dijo: "¿De qué acusan a este hombre?" Le contestaron: "Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído". Pilato les dijo: "Pues llévenselo y júzguenlo según su ley". Los judíos le respondieron: "No estamos autorizados para dar muerte a nadie". Así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Jesús le contestó: "¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?" Pilato le respondió: "¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?" Jesús le contestó: "Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí'. Pilato le dijo: "¿Con que tú eres rey?" Jesús le contestó: "Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz". Pilato le dijo: "¿Y qué es la verdad?"
Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: "No encuentro en él ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua ponga en libertad a un preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?" Pero todos ellos gritaron: "¡No, a ése no! ¡A Barrabás!" (El tal Barrabás era un bandido).
¡Viva el rey de los judíos!
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le echaron encima un manto color púrpura, y acercándose a él, le decían: "¡Viva el rey de los judíos!", y le daban de bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo: "Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa". Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: "Aquí está el hombre". Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y sus servidores, gritaron: "¡Crucifícalo, crucifícalo!" Pilato les dijo: "Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él". Los judíos le contestaron: "Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios".
Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: "¿De dónde eres tú?" Pero Jesús no le respondió. Pilato le dijo entonces: "¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?" Jesús le contestó: "No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor".
¡Fuera, fuera! Crucifícalo
Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: "¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César!; porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del César". Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman "el Enlosado" (en hebreo Gábbata). Era el día de la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: "Aquí tienen a su rey". Ellos gritaron: "¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!" Pilato les dijo: "¿A su rey voy a crucificar?" Contestaron los sumos sacerdotes: "No tenemos más rey que el César". Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Crucificaron a Jesús y con él a otros dos
Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz se dirigió hacia el sitio llamado "la Calavera" (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno de cada lado, y en medio Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima de la cruz; en él estaba escrito: 'Jesús el nazareno, el rey de los judíos'. Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: "No escribas: 'El rey de los judíos', sino: 'Éste ha dicho: Soy rey de los judíos' ". Pilato les contestó: "Lo escrito, escrito está".
Se repartieron mi ropa
Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba a abajo. Por eso se dijeron: "No la rasguemos, sino echemos suertes para ver a quién le toca". Así se cumplió lo que dice la Escritura: Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica. Y eso hicieron los soldados.
Ahí está tu hijo - Ahí está tu madre
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: "Mujer, ahí está tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Ahí está tu madre". Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él.
Todo está cumplido
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: "Tengo sed". Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: "Todo está cumplido", e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa.
Inmediatamente salió sangre y agua
Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua.
El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.
Vendaron el cuerpo de Jesús y lo perfumaron
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que lo dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. El fue entonces y se llevó el cuerpo.
Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se acostumbra enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la preparación de la Pascua y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús.
Palabra del Señor.
9. Después de la lectura de la Pasión, se tiene, si parece oportuno, una breve homilía, después de la cual el sacerdote puede exhortar a los fieles a orar durante un breve espacio de tiempo.
10. La Liturgia de la Palabra se termina con la Oración universal, que se hace de esta manera: el diácono, junto al ambón, dice el invitatorio, en el cual se expresa la intención. Enseguida oran todos en silencio durante un breve espacio de tiempo y luego el sacerdote, de pie junto a la sede o ante el altar, dice la oración con las manos extendidas. Los fieles pueden permanecer arrodillados o de pie durante todo el tiempo de las oraciones.
11. Las Conferencias Episcopales pueden aprobar algunas aclamaciones del pueblo antes de cada oración del sacerdote o disponer que se conserve la invitación tradicional del diácono: "Arrodillémonos, Levantémonos" y la costumbre de que los fieles se arrodillen en silencio durante la oración. 12. Cuando hay una grave necesidad pública, el Ordinario del lugar puede permitir o prescribir que se añada alguna intención especial. 13. De las oraciones que se presentan en el Misal, el sacerdote puede escoger las que sean más apropiadas para las circunstancias del lugar, cuidando, sin embargo, de que se conserve la serie de intenciones establecidas para la Oración Universal (Instrucción General del Misal Romano, n. 46).Oremos, hermanos, por la santa Iglesia de Dios, para que el Señor le conceda la paz y la unidad, la proteja en todo el mundo y nos conceda una vida serena, para alabar a Dios Padre todopoderoso.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo revelaste tu gloria a todas las naciones, conserva la obra de tu amor, para que tu Iglesia, extendida por todo el mundo persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Oremos también por nuestro santo padre el Papa N., para que Dios nuestro Señor, que lo eligió entre los obispos, lo asista y proteja para bien de su Iglesia, como guía y pastor del pueblo santo de Dios.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, cuya providencia gobierna todas las cosas, atiende a nuestras súplicas y protege con tu amor al Papa que nos has elegido, para que el pueblo cristiano, confiado por ti a su guía pastoral, progrese siempre en la fe. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Sobre la forma de mencionar al obispo, Cfr. Instr. Gen. n. 109
Oremos también por nuestro obispo N., por todos los obispos, presbíteros, diáconos, por todos los que ejercen algún ministerio en la Iglesia y por todo el pueblo de Dios.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, que con tu Espíritu santificas y gobiernas a toda tu Iglesia, escucha nuestras súplicas y concédenos tu gracia, para que todos, según nuestra vocación, podamos servirte con fidelidad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Oremos también por los (nuestros) catecúmenos, para que Dios nuestro Señor los ilumine interiormente y les comunique su amor; y para que, mediante el bautismo, se les perdonen todos sus pecados y queden incorporados a Cristo nuestro Señor.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, que sin cesar concedes nuevos hijos a tu Iglesia, aumenta en los (nuestros) catecúmenos el conocimiento de su fe, para que puedan renacer por el bautismo a la vida nueva de tus hijos de adopción. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Oremos también por todos los hermanos que creen en Cristo, para que Dios nuestro Señor les conceda vivir sinceramente lo que profesan y se digne reunirlos para siempre en un solo rebaño, bajo un solo pastor.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, tú que reunes a los que están dispersos y los mantienes en la unidad, mira con amor a todos los cristianos, a fin de que, cuantos están consagrados por un solo bautismo, formen una sola familia, unida por el amor y la integridad de la fe. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Oremos también por el pueblo judío, al que Dios se digno hablar por medio de los profetas, para que el Señor le conceda progresar continuamente en el amor a su nombre y en la fidelidad a su alianza.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, que prometiste llenar de bendiciones a Abraham y a su descendencia, escucha las súplicas de tu Iglesia, y concede al pueblo de la primitiva alianza alcanzar la plenitud de la redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Oremos también por los que no creen en Cristo, para que, iluminados por el Espíritu Santo, puedan encontrar el camino de la salvación.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en Cristo buscar sinceramente agradarte, para que encuentren la verdad; y a nosotros tus fieles, concédenos progresar en el amor fraterno y en el deseo de conocerte más, para dar al mundo un testimonio creíble de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Oremos también por los que no conocen a Dios, para que obren siempre con bondad y rectitud y puedan llegar así a conocer a Dios.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, que has hecho a los hombres en tal forma que en todo, aun sin saberlo, te busquen y sólo al encontrarte hallen descanso, concédenos que, en medio de las adversidades de este mundo, todos reconozcan las señales de tu amor y, estimulados por el testimonio de nuestra vida, tengan por fin la alegría de creer en ti, único Dios verdadero y Padre de todos los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Oremos también por los jefes de Estado y todos los responsables de los asuntos públicos, para que Dios nuestro Señor les inspire decisiones que promuevan el bien común, en un ambiente de paz y libertad.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, en cuya mano está mover el corazón de los hombres y defender los derechos de los pueblos, mira con bondad a nuestros gobernantes, para que, con tu ayuda, promuevan una paz duradera, un auténtico progreso social y una verdadera libertad religiosa. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que libre al mundo de todas sus miserias, dé salud a los enfermos y pan a los que tienen hambre, libere a los encarcelados y haga justicia a los oprimidos, conceda seguridad a los que viajan, un pronto retorno a los que se encuentran lejos del hogar y la vida eterna a los monbundos.
Se ora un momento en silencio. Luego prosigue el sacerdote:
Dios todopoderoso y eterno, consuelo de los afligidos y fortaleza de los que sufren, escucha a los que te invocan en su tribulación, para que experimenten todos la alegría de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
14. Terminada la Oración universal, se hace la adoración solemne de la santa Cruz. De las dos formas que se proponen a continuación para el descubrimiento de la cruz, elíjase la que se juzgue más apropiada pastoralmente, de acuerdo con las circunstancias.
15. Se lleva al altar la cruz, cubierta con un velo y acompañada por dos acólitos con velas encendidas.
El sacerdote, de pie ante el altar, recibe la cruz, descubre un poco su extremo superior, la eleva y comienza a cantar el invitatorio "Mirad el árbol de la Cruz", cuyo canto prosigue juntamente con los ministros sagrados o, si es necesario, con el coro. Todos responden: "Venid y adoremos".
Terminado el canto, todos se arrodillan y adoran en silencio, durante algunos instantes, la cruz que el sacerdote, de pie, mantiene en alto.
Enseguida el sacerdote descubre el brazo derecho de la cruz y, elevándola de nuevo, comienza a cantar (en el mismo tono que antes) el invitatorio "Mirad el árbol de la Cruz", y se prosigue como la primera vez.
Finalmente descubre por completo la cruz y, volviéndola a elevar, comienza por tercera vez el invitatorio "Mirad el árbol de la Cruz", como la primera vez.
16. Enseguida, acompañado por dos acólitos con velas encendidas, el sacerdote lleva la cruz a la entrada del presbiterio o a otro sitio adecuado y la coloca ahí, o la entrega a los ministros o acólitos para que la sostengan, y se colocan las dos velas encendidas a los lados de la cruz.
Se hace luego la adoración de la santa Cruz como se indica más abajo, en el número 18.
17. El sacerdote, el diácono u otro ministro idóneo, va a la puerta del templo juntamente con los acólitos.
Ahí recibe la cruz ya descubierta. Los acólitos toman los ciriales encendidos, y todos avanzan en forma de procesión hacia el presbiterio a través del templo.
Cerca de la puerta del templo, el que lleva la cruz la levanta y canta el invitatorio "Mirad el árbol de la Cruz". Todos responden: "Venid y adoremos" y se arrodillan después de la respuesta, adorando un momento en silencio. Esto mismo se repite a la mitad de la iglesia y a la entrada del presbiterio. (El invitatorio se canta las tres veces en el mismo tono).
Enseguida se coloca la cruz a la entrada del presbiterio y se ponen a sus lados los ciriales, como se indica en el número 16.
V. Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavado Cristo, el Salvador del mundo.
R. Venid y adoremos.
18. El sacerdote, el clero y los fieles se acercan procesionalmente y adoran la cruz, haciendo delante de ella una genuflexión simple o algún otro signo de veneración (como el de besarla), según la costumbre de la región.
Mientras tanto, se canta la antífona "Tu Cruz adoramos", los Improperios, u otros cánticos apropiados. Todos, conforme van terminando de adorar la cruz, regresan a su lugar y se sientan.
19. Expóngase solamente una cruz a la adoración de los fieles. Si por el gran número de asistentes no todos pudieren acercarse, el sacerdote, después de que una parte de los fieles haya hecho la adoración, toma la cruz y "de pie ante el altar, invita a todo el pueblo, con breves palabras, a adorar la santa Cruz. Luego la levanta en alto por un momento, para que los fieles la adoren en silencio.
20. Terminada la adoración, la cruz es llevada al altar y puesta en su lugar. Los ciriales encendidos son colocados a los lados del altar o junto a la cruz.
Las partes que corresponden al primer coro, se indican con el número 1; las que corresponden al segundo, con el número 2; las que deben cantarse juntamente por los dos coros, con los números 1 y 2.
1 y 2. ANTÍFONA
Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos, pues del árbol de la Cruz ha venido la alegría al mundo entero.
1. SALMO 66,2
Que el Señor se apiade de nosotros y nos bendiga, que nos muestre su rostro radiante y misericordioso.
1 y 2. ANTÍFONA
Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos, pues del árbol de la Cruz ha venido la alegría al mundo entero.
1 y 2. Pueblo mío, ¿qué mal te he causado, o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.
1. ¿Porque yo te saqué de Egipto, tú le has preparado una cruz a tu Salvador?
2. Pueblo mío, ¿qué mal te he causado, o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.
1. Sanctus Deus. 2. Santo Dios.
1. Santos Fortis. 2. Santo fuerte.
1. Santos Immortalis, miserere nobis. 2. Santo inmortal, ten piedad de nosotros.
1 y 2. ¿Porque yo te guié cuarenta años por el desierto, te alimenté con el maná y te introduje en una tierra fértil, tú le preparaste una cruz a tu Salvador?
Sanctus Deus, etc.
1 y 2. ¿Qué más pude hacer, o qué dejé sin hacer por ti? Yo mismo te elegí y te planté, hermosa viña mía, pero tú te has vuelto áspera y amarga conmigo, porque en mi sed me diste de beber vinagre y has plantado una lanza en el costado a tu Salvador.
Sanctus Deus, etc.
1. Por ti yo azoté a Egipto y a sus primogénitos y tú me has entregado para que me azoten.
2. R/. Pueblo mío, ¿qué mal te he causado, o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.
1. Yo te saqué de Egipto y te libré del faraón en el mar Rojo, y tú me has entregado a los sumos sacerdotes. 2. R/.
1. Yo te abrí camino por el mar y tú me has abierto el costado con tu lanza. 2. R/.
1. Yo te serví de guía con una columna de nubes y tú me has conducido al pretorio de Pilato. 2. R/.
1. Yo te di de comer maná en el desierto y tú me has dado de bofetadas y de azotes. 2. R/.
1. Yo te di a beber el agua salvadora que brotó de la peña y tú me has dado a beber hiel y vinagre. 2. R/.
1. Por ti yo herí a los reyes cananeos y tú, con una caña, me has herido en la cabeza. 2. R/.
1. Yo puse en tus manos un cetro real y tú me has puesto en la cabeza una corona de espinas. 2. R/.
1. Yo te exalté con mi omnipotencia y tú me has hecho subir a la deshonra de la Cruz. 2. R/.
Después de cada estrofa, se van diciendo alternados los versos R. 1 y R. 2.
| Cruz amable y redentora, árbol noble, espléndido. Ningún árbol fue tan rico, ni en sus frutos ni en su flor. Dulce leño, dulces clavos, dulce el fruto que nos dio. |
Hecho un niño está llorando, de un pesebre en la estrechez. En Belén, la Virgen Madre en pañales lo envolvió. He allí al Dios potente, pobre, débil, párvulo. R. 1 |
| Canta, oh lengua jubilosa el combate singular en que el Salvador del mundo, inmolado en una cruz, con su sangre redentora a los hombres rescató. |
Cuando el cuerpo del Dios-Hombre alcanzó su plenitud, al tormento, libremente, cual cordero, se entregó, pues a ello vino al mundo a morir en una cruz. R. 2 |
| R. 1 Cruz amable y redentora, árbol noble, espléndido. Ningún árbol fue tan rico, ni en sus frutos ni en su flor. |
Ya se enfrenta a las injurias, a los golpes y al rencor, ya la sangre está brotando de la fuente de salud. En qué río tan divino se ha lavado la creación. R. 1 |
| Cuando Adán, movido a engaño, comió el fruto del Edén, el Creador, compadecido, desde entonces decretó que un árbol nos devolviera, lo que un árbol nos quitó. |
Arbol santo, cruz excelsa, tu dureza ablanda ya, que tus ramas se dobleguen al morir el Redentor y en tu tronco suavizado, lo sostengas con piedad. R. 2 |
| R. 2
Dulce leño, dulces clavos, dulce el fruto que nos dio. |
Feliz puerto preparaste para el mundo náufrago y el rescate presentaste para nuestra redención, pues la Sangre del Cordero en tus brazos se ofrendó. R. 1 |
| Quiso con sus propias armas, vencer Dios al seductor, la sabiduría a la astucia fiero duelo le aceptó, para hacer surgir la vida donde la muerte brotó. R. 1 |
Cuando el tiempo hubo llegado, el Eterno nos envió a su Hijo desde el cielo, Dios eterno como él, que en el seno de una Virgen carne humana revistió. R. 2 |
| Conclusión que nunca debe omitirse: R. 1 y R.2 Elevemos jubilosos a la augusta Trinidad nuestra gratitud inmensa por su amor y redención, al eterno Padre, al Hijo, y al Espíritu de amor. Amén. |
21. Se extiende un mantel sobre el altar y se pone sobre él un corporal y el libro. Enseguida el diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote, trae el Santísimo Sacramento del lugar del depósito directamente al altar, mientras todos permanecen de pie y en silencio. Dos acólitos, con candelabros encendidos, acompañan al Santísimo Sacramento y depositan luego los candelabros a los lados del altar o sobre él.
22. Después de que el diácono ha depositado el Santísimo Sacramento sobre el altar y ha descubierto el copón, se acerca el sacerdote y, previa genuflexión, sube al altar. Ahí, teniendo las manos juntas, dice con voz clara:
Fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
El sacerdote, con las manos extendidas, dice junto con el pueblo:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.
El sacerdote, con las manos extendidas, prosigue él solo en voz alta:
Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Junta las manos. El pueblo concluye la oración, aclamando:
Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor.
23. A continuación el sacerdote, con las manos juntas, dice en secreto:
Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable.
24. Enseguida hace genuflexión, toma una partícula, la mantiene un poco elevada sobre el pixis y dice en voz alta de cara al pueblo:
Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
Y, juntamente con el pueblo, añade una sola vez:
Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Luego, comulga reverentemente el Cuerpo de Cristo.
25. Después distribuye la comunión a los fieles. Durante la comunión se pueden entonar cantos apropiados.
26. Acabada la comunión, un ministro idóneo lleva el pixis a algún lugar especialmente preparado fuera de la iglesia, o bien, si lo exigen las circunstancias, lo reserva en el sagrario.
27. Después el sacerdote, guardado si lo cree oportuno un breve silencio, dice la siguiente oración:
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Oremos. Dios todopoderoso y eterno, que nos has redimido con la gloriosa muerte y resurrección de Jesucristo, por medio de nuestra participación en este sacramento prosigue en nosotros la obra de tu amor y ayúdanos a vivir entregados siempre a tu servicio. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
28. Como despedida, el sacerdote, de pie y vuelto hacia el pueblo, extendiendo las manos sobre él, dice la siguiente oración:
ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO
Envía, Señor, tu bendición sobre estos fieles tuyos que han conmemorado la muerte de tu Hijo y esperan resucitar con él; concédeles tu perdón y tu consuelo, fortalece su fe y condúcelos a su eterna salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.
Y todos se retiran en silencio. A su debido tiempo se desnuda el altar.
29. Los que asistieron a esta solemne acción litúrgica de la tarde, no están obligados a rezar Vísperas.
* 1ª Iectura: Isaías 52,13-53,12
El último de los cánticos del Siervo del Señor en el Deutero-Isaías, habla de un personaje que sufre pacientemente y que al final es glorificado por Dios. Como en los otros cánticos, es difícil la identificación del siervo. Se han propuesto diversos nombres: Moisés, Josías, Jeremías, etc. Podría tratarse también de la población pobre e inocente de Israel, que sufrió la prepotencia de los poderosos en el exilio, pero que con su fidelidad colaboró misteriosamente con los planes de Dios. La tradición cristiana lo ha identificado con Cristo (Cfr. Hech 8,32-35).
En la parte central del cántico (Is 53,1-10) un grupo narra la historia de sufrimiento y de éxito del siervo: fue despreciado y desfigurado; siendo inocente, sufrió las consecuencias del pecado de los otros; padeció en silencio; fue condenado injustamente y colocado en una tumba como un malvado. Su dolor, sin embargo, entraba en los planes de Dios: su muerte ha traído la rehabilitación y el perdón a los que lo habían condenado (vv. 10-12).
Al inicio y al final del cántico habla Dios ofreciendo el sentido profundo de aquellos sufrimientos. Al final el siervo tendrá éxito y será glorificado; como asombraba desfigurado, así también su exaltación provocará admiración (52,13-15); en contra de la condena que pesaba sobre él, será declarado inocente y sus sufrimientos servirán de expiación para que otros sean declarados justos (53,11-12) . Sus padecimientos y su muerte se han convertido en intercesión, su silencio y su no violencia se han vuelto fuerza de salvación.
* 2ª lectura: Hebreos 4,14-16; 5,7-9
Jesús es presentado como el verdadero Sumo Sacerdote bajo una doble perspectiva. Por una parte, es el Hijo de Dios, que ha entrado definitivamente "en el cielo", de donde deriva la invitación a perseverar en la profesión de fe (Heb 4,14). Por otra parte, se insiste en su plena condición humana, pues "ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado", de donde deriva la exhortación a acercarnos con confianza a Dios para obtener misericordia (4,15).
Cristo, a pesar de ser el Hijo, padeció el sufrimiento. En medio del dolor y la humillación "aprendió", es decir, vivió y manifestó su extrema obediencia al Padre, de la cual su oracion es fuente y expresión fundamental. De este modo llegó a alcanzar la perfección suprema de la resurrección y se convirtió en fuente de salvación para todos los hombres (5,7-9).
* 3ª lectura: Juan 18,1-19,42
Juan nos ofrece una perspectiva singular de la pasión y muerte de Jesús. Sus padecimientos y su crucifixión son el camino a la gloria; es el rey que victorioso vence al mundo y al príncipe de este mundo (Cfr. Jn 12,31); elevado sobre la cruz juzga al mundo y atrae a todos hacia él (Cfr. Jn 12,32).
El episodio del huerto muestra el enfrentamiento entre la luz y las tinieblas. Jesús, "luz del mundo" (Jn 8,12), se adelanta soberano (18,4). Judas y sus acompañantes, que se presentan con "linternas y antorchas", encarnan el rechazo a la luz verdadera. Ante su declaración solemne: "Yo soy" (18,5), todos retroceden y caen (Cfr. sal 27,2; 35,4). Jesús aparece como el Buen Pastor que no abandona a sus ovejas: "Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan" (18,8).
Durante el proceso Jesús aparece dueño de la situación, sereno y soberano. Desenmascara la ambigüedad de la autoridad de Pilato (19,11). Él, en cambio, habla de su reino: "Mi Reino no es de este mundo" (18,36), es decir, no es como los reinos de la tierra. Su reino se basa en "la verdad" (18,37). se entra en él aceptando su palabra: "Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" (18,37) . Las burlas y humillaciones que recibe revelan paradójicamente el misterio de su persona. Como un rey, es coronado de espinas y revestido de un manto (19,1-3). Así lo saludan los soldados: "iViva el rey de los judíos!" (19,3). Pilato lo presenta a la turba como "el hombre" (19,5), pero la muchedumbre lo rechaza (19,15).
Junto a la cruz de Jesús aparece congregada simbólicamente la Iglesia, en la persona de "su madre" y del "discípulo que tanto quería" (19,25-27). Su Madre evoca a Sión-Jerusalén, que en medio del dolor engendra a sus hijos (Cfr. Is 66,8-9). El discípulo es figura del creyente, que acoge a la Madre de Jesús como suya.
Al morir, Jesús entrega el Espíritu, fuente de la vida, que lleva a la verdad plena (Jn 16,13). De su cuerpo brota "sangre y agua" (19,34), probable alusión a los dones de Cristo glorificado a su comunidad: el Bautismo (Jn 3) y la Eucaristía (Jn 6). Su cuerpo, colocado en un sepulcro nuevo, será de ahora en adelante el verdadero templo de Dios, fuente de vida y de salvación para la humanidad (Cfr. Jn 2,21).
SILVIO JOSÉ BÁEZ
UNA CELEBRACIÓN DISTINTA
La del Viernes Santo es una celebración con características propias. Esto nos obliga a detenernos para redescubrirla al cabo de un año de haberla celebrado por última vez. Necesitamos, pues, dedicar tiempo a la preparación.
Cuando nos sentemos para esta tarea, será bueno que nos aproximemos a la celebración con un sentimiento de búsqueda de algo nuevo. Esto nos ayudará, por un lado, a vivir la novedad que es siempre el seguimiento de Cristo, evitando así caer en áridas rutinas. Por otro, esta actitud nos ayudará a recuperar lo que es de siempre, sin confundir cosas que, si sólo nos servimos de la memoria, podríamos confundir. Asegurado esto, deberemos prestar atención a los aspectos concretos. Éstos son algunos:
* Tomar conciencia de las diversas partes que tiene la celebración: la entrada en silencio, con la plegaria en silencio y la oración colecta; la liturgia de la Palabra; la oración universal, que aun siendo parte de la liturgia de la Palabra, hoy toma un relieve muy especial; la adoración de la Santa Cruz; la Comunión; y la breve despedida, con la oración sobre el pueblo y el silencio.
* Tomar conciencia de la necesidad de leer bien, tanto las lecturas, en especial la de la pasión, como la oración universal. Y prepararlas. Una manera, además de la preparación personal que haga cada lector, es leerlas en la reunión del equipo que prepara la celebración, ayudándose los unos a los otros con la corrección fraterna que todos necesitamos.
* Pensar en el clima de la celebración. Esto quiere decir pensar en los cantos, que ayuden a participar, a rezar (y, por esto, no es preciso que sean diferentes a los del año pasado, a no ser que, revisándolos, se viera que no eran adecuados); en los silencios; en los movimientos procesionales (para la adoración de la Santa Cruz y para la Comunión). Naturalmente, también quiere decir pensar en la acogida, en el tono de las moniciones, en el tono de la homilía, etc.
* Respecto al silencio, muy propio de algunos momentos de esta celebración, no se trata tanto de conseguir el silencio físico como de una actitud: la oración. Por ejemplo, en la entrada, no se trata sólo de que no haya música ni canto, de lo que se trata es de que nadie haga otra cosa que rezar en silencio.
* Sobre la adoración de la cruz, habrá que pensar bien cómo se organiza, de modo que todo el mundo pueda participar. También será bueno que pensemos en la agilidad, pero sin obsesionarnos: no pasa nada con que se alargue si todos pueden participar de una manera personalizada. Lo importante es no improvisar.
* Hoy se acaba en silencio. Habrá que prepararlo, también, pues si hay avisos (por ejemplo, decir la hora de la Vigilia Pascual) se deberán decir acabada la oración de poscomunión y antes de la oración sobre el pueblo, que precede inmediatamente al silencio en el que se produce la dispersión de los que se han congregado para celebrar. Este silencio indica, por sí mismo, la actitud de oración para el resto del día y el día siguiente, en la espera de la Vigilia Pascual.
PISTAS PARA CONTEMPLAR LA PASIÓN DE JESUCRISTO
Toda la celebración nos sitúa ante Jesús crucificado y muerto. Ante El cada uno vive la experiencia del propio camino con la cruz a cuestas, del camino que tantas caras tiene de dolor y de muerte. Camino, por otra parte, cargado de fidelidad al amor recibido y dado. Estamos, pues, ante Alguien con quien cada uno se puede identificar.
Sin promover "dolorismos" que paralizan y anulan la capacidad de avanzar, vale la pena que una de las pistas que ofrezca la homilía, de cara a la contemplación de la cruz, sea la de ayudar a identificarnos con Jesús.
De todas maneras, lo más importante que deberá hacer la homilía será ayudar a fijarnos en Jesús, concretamente en aquellos detalles que muestran que es él, paradójicamente, quien lleva la iniciativa en todo el relato de la Pasión. Es decir, es él quien continúa en la dinámica de la encarnación, quien continúa diciéndonos: "Vengan a ver", como al inicio del evangelio de Juan. Que nos ofrece agua viva, como a la mujer samaritana. Que nos dice, como lo hizo con el ciego: 'Ve a lavarte". Hasta el final, Jesús hace propuestas: "Mujer, ahí está tu hijo"... "Ahí está tu madre".
También sería posible escoger otro aspecto (pero no acumularlos y sumarlos). La Pasión según san Juan nos ayuda a contemplar, en Jesús, la humanidad de Dios. Dice Pilato: "Aquí está el hombre". Nos podríamos fijar en qué imagen de hombre da Jesús. Y en cómo esta imagen está presente o ausente en nuestro entorno, en el mundo que cada día vemos a través de los medios de comunicación. No hay que salirse, sin embargo, del tono contemplativo que pide una celebración como ésta. Y que, con toda seguridad, esperan las personas congregadas.
Otra posibilidad es la de contemplar cómo Jesús, que en la Pasión ha dicho: "Soy rey", reina verdaderamente en la vida de la Iglesia, de la propia comunidad, de cada uno de los cristianos. Cuestionémonos si dejamos que un crucificado "reine" sobre nuestras vidas, con todas las consecuencias que esto puede tener.
JOSÉ M. ROMAGUERA
La acción litúrgica de hoy está dominada por la cruz, manifestación luminosa del amor divino llevado hasta la locura.
Los profetas (Cfr. primera lectura) describen al Siervo del Señor en el momento en que lleva a cabo la misión de liberar al pueblo de sus pecados: Cordero inocente, cargado con los delitos de su pueblo, se deja conducir silenciosamente al matadero. De esa muerte libremente aceptada brota la justificación de muchos.
Los caminos de Dios nos desconciertan: la omnipotencia renuncia a imponerse por la fuerza, y se vuelve impotencia. Pero Jesús vive el fracaso de la aparente derrota, fruto de la entrega a Dios y a los hombres, con una irreductible confianza en Dios, que es su Padre.
Jesús muere en el momento en que en el templo se inmolan los corderos destinados a la celebración de la Pascua, cosa que sucedía cada año. Su sacrificio se lleva a cabo de una vez para siempre; porque la víctima 'espiritual' hace inútiles las demás víctimas materiales. De su costado traspasado brota la sangre que marca misteriosamente a los que pertenecen al nuevo pueblo de Dios, a aquellos que reciben la salvación. Cristo crucificado es el "verdadero Cordero pascual"; es "nuestra Pascua" que ha sido inmolada (Cfr. 1 Co 5,7)."Verdadero", porque es la realidad de lo que los sacrificios antiguos expresaban: la alianza con Dios y la participación en su proyecto salvador.
La pasión de Jesús es en verdad una "pasión gloriosa"; porque el Padre ha dado ya su respuesta, que transforma la derrota en victoria y el lugar de la infamia en centro de atracción universal: "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn t2,32). En la carne del Cordero inmolado "todo está cumplido" (Jn 19,30). Se realiza el plan trazado por el Padre, de reunir en unidad a los hijos de Dios dispersos por el pecado (Jn 11,52). Por medio de la sangre del Cordero pascual Dios reconcilia consigo a la humanidad, de modo que ella puede entrar en una comunión de vida con Él (segunda lectura). En la muerte de Cristo el Espíritu es entregado al Padre, para que éste lo derrame sobre los hombres, como fuente de vida nueva.
El rito de la adoración de la cruz es una respuesta significativa al don inmerecidamente recibido y un cumplimiento de la palabra profética: "Mirarán al que traspasaron" (Zc 12,10; Jn 19,37). Es señal de fe y de amor; reconocimiento de la realeza de Cristo y de la esperanza que nace de la cruz. Es acción penitencial, pero también expresión de compromiso a vivir en obediencia a Dios y a promover con todas nuestras fuerzas la verdad y el amor.
La Comunión eucarística, que concluye la acción litúrgica, nos hace participar en la muerte gloriosa de Cristo y en sus frutos; nos introduce en la alianza sellada con la sangre del Cordero. Es señal de que acogemos al Espíritu que brota del costado de Cristo. Nos permite participar, ya desde ahora, en el banquete de bodas del Cordero, bodas que tendrán su pleno cumplimiento en la gran fiesta del cielo (Cfr. Apc 19,7-9).
CARLOS SOLTERO, S.J.
LA PALABRA DE DIOS HOY
¡ALTO... DETÉNGASE, VEA Y OIGA!
Hay un Cristo con su cruz en nuestro camino.
No es difícil distinguirlo:
Usted, deténgase y mire... y verá cómo lo distingue inmediatamente y, por supuesto, échele una manita o una manota con su cruz.