
| ANTÍFONA DE ENTRADA | Lc 2,16 |
Fueron los pastores a toda prisa y encontraron a María y a José y, recostado en un pesebre, al niño.
Se dice Gloria
ORACIÓN COLECTA
Señor y Dios nuestro, tú que nos has dado en la Sagrada Familia de tu Hijo, el modelo perfecto para nuestras familias, concédenos practicar sus virtudes domésticas y estar unidos por los lazos de tu amor, para que podamos ir a gozar con ella eternamente de la alegría de tu casa. Por nuestro Señor Jesucristo...
PRIMERA LECTURA
Tu heredero saldrá de tus entrañas.
Del libro del Génesis: 15,1-6; 21,1-3
En aquel tiempo, el Señor se le apareció a Abram y le dijo: "No temas, Abram. Yo soy tu protector y tu recompensa será muy grande". Abram le respondió: "Señor, Señor mío, ¿qué me vas a poder dar, puesto que voy a morir sin hijos? Ya que no me has dado descendientes, un criado de mi casa será mi heredero".
Pero el Señor le dijo: "Ése no será tu heredero, sino uno que saldrá de tus entrañas". Y haciéndolo salir de la casa, le dijo: "Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes". Luego añadió: "Así será tu descendencia". Abram creyó lo que el Señor le decía y, por esa fe, el Señor lo tuvo por justo.
Poco tiempo después, el Señor tuvo compasión de Sara, como lo había dicho y le cumplió lo que había prometido. Ella concibió y le dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios había predicho. Abraham le puso por nombre Isaac al hijo que le había nacido de Sara.
Palabra de Dios.
| SALMO RESPONSORIAL | Del salmo 104 |
R/. El Señor nunca olvida sus promesas.
Aclamen al Señor y denle gracias,
relaten sus prodigios a los pueblos.
Entonen en su honor himnos y cantos,
celebren sus portentos. R/.
Del nombre del Señor enorgullézcanse
y siéntase feliz el que lo busca.
Recurran al Señor y a su poder
y a su presencia acudan. R/.
Recuerden los prodigios que él ha hecho,
sus portentos y oráculos,
descendientes de Abraham, su servidor,
estirpe de Jacob, su predilecto. R/.
Ni aunque transcurran mil generaciones,
se olvidará el Señor de sus promesas,
de la alianza pactada con Abraham,
del juramento a Isaac, que un día le hiciera. R/.
SEGUNDA LECTURA
La fe de Abraham, de Sara y de Isaac.
De la carta a los hebreos: 11,8.11-12.17-19
Hermanos: Por su fe, Abraham, obediente al llamado de Dios, y sin saber a dónde iba, partió hacia la tierra que habría de recibir como herencia.
Por su fe, Sara, aun siendo estéril y a pesar de su avanzada edad, pudo concebir un hijo, porque creyó que Dios habría de ser fiel a la promesa; y así, de un solo hombre, ya anciano, nació una descendencia, numerosa como las estrellas del cielo e incontable como las arenas del mar.
Por su fe, Abraham, cuando Dios le puso una prueba, se dispuso a sacrificar a Isaac, su hijo único, garantía de la promesa, porque Dios le había dicho: De Isaac nacerá la descendencia que ha de llevar tu nombre. Abraham pensaba, en efecto, que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos; por eso le fue devuelto Isaac, que se convirtió así en un símbolo profético.
Palabra de Dios.
| ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO | Heb 1,1-2 |
R/. Aleluya, aleluya.
En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo. R/.
EVANGELIO
El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría.
+ Del santo Evangelio según san Lucas: 2,22-40
Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.
Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:
"Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel".
El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: "Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma".
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ana se acercó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.
Credo.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Acepta, Señor, este sacrificio de reconciliación y, por intercesión de la Virgen Madre de Dios y de san José, concede a nuestras familias vivir siempre en tu amistad y en tu paz. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio I-III de Navidad
Si se usa el Canon Romano, se dice "Reunidos en comunión" propio. (Se dice: "para celebrar el día santísimo en que..."). En la Plegaria eucarística II se dice "Acuérdate, Señor" propio. En la Plegaria eucarística III se dice "Atiende los deseos" correspondiente.
| ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN | Bar 3,38 |
Nuestro Dios apareció en el mundo y convivió con los hombres.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Padre lleno de amor, concede a los que acabamos de alimentarnos con este sacramento celestial, imitar siempre los ejemplos de la Sagrada Familia, para que, después de las pruebas de esta vida, podamos gozar eternamente con ellos en el cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
* 1ª lectura: Génesis 15,1-6; 21,1-3
El primer libro de la Biblia se abre con una peculiar visión de los orígenes del mundo y de la humanidad (Gén 1-11). A continuación se centra en la figura de Abraham (o Abram), presentado como el gran antepasado del pueblo de Israel y como "padre" y modelo de los creyentes.
En diversas ocasiones el libro del Génesis explica apariciones divinas a Abraham, muchas de ellas con contenidos semejantes. Los relatos siempre destacan las palabras de Dios, que suelen contener anuncios y promesas de bendición. Las respuestas de Abraham son generalmente muy breves y expresan una actitud de escucha atenta que acaba siempre en la aceptación activa de los anuncios divinos.
La promesa de Dios a Abraham se concreta en una descendencia extraordinaria, que era el mayor signo de bendición divina en aquella época. Sin embargo, la promesa parece no tener fundamento alguno en la realidad y va contra la lógica humana: Sara, la esposa de Abraham, es estéril, y él ya ha aceptado, siguiendo las costumbres de su tiempo, que su herencia vaya a parar a uno de sus servidores. En este contexto, el relato remarca la fe de Abraham: confianza firme puesta en Dios más allá de todas las evidencias. Este versículo (Gén 15,6) será muy usado por Pablo en su argumentación sobre el don gratuito de Dios que llega por medio de la fe y no de las obras (Cfr. Rom 4).
La lectura de hoy acaba con un fragmento posterior que constata el cumplimiento del anuncio de Dios, con el nacimiento de Isaac, hijo de Abraham y Sara. Los tres forman un grupo familiar que es expresión viva de la acción de Dios en la historia.
* 2ª lectura: Hebreos 11,8.11-12.17-19
El capítulo 11 de la Carta a los hebreos acentúa la importancia de la fe, presentando el ejemplo de diversos personajes del Antiguo Testamento. En la lectura de hoy se seleccionan algunos fragmentos que muestran la fe de Abraham y Sara.
El primer texto recuerda la respuesta inmediata de Abraham a la llamada de Dios que lo invita a dejar su tierra (Gén 12,1). El segundo habla más bien de Sara, quien concibió un hijo a pesar de su esterilidad y de su edad avanzada (Gén 17,17-19; 21,2). Finalmente, el autor recuerda el famoso episodio que presenta a Abraham dispuesto a sacrificar a su hijo cuando cree que Dios se lo exige (Gén 22,1-9).
En todos éstos y en otros casos, la Carta a los hebreos destaca la fe confiada, como actitud fundamental de Abraham que posibilita la intervención sorprendente de Dios. En muchos textos bíblicos se remarca que la iniciativa de actuar en la historia siempre es de Dios, pero que pide y espera la acogida, la confianza y la colaboración por parte de los hombres para llevar a cabo sus planes.
* 3ª lectura: Lucas 2,22-40
La última sección de los dos capítulos iniciales de Lucas presentan a Jesús llevado al templo de Jerusalén por sus padres, y relata brevemente una serie de episodios sucedidos en aquella ocasión.
El acento inicial recae sobre la fidelidad de María y José a la Ley del Antiguo Testamento. En realidad, van más allá de lo prescrito, que era la purificación de la madre mediante una ofrenda al templo (Lev 12,1-8) y el rescate de los primogénitos (Ex 13,2.12), para el que no era necesario llevar a los niños al templo. No obstante, Lucas quiere mostrar a Jesús como consagrado al Señor desde el inicio de su vida y ponerlo en relación con el templo, centro de la vida religiosa y de la concepción teológica de Israel.
Además de la familia de Jesús, en el texto tienen relevancia especial dos personas mayores vinculadas al templo, Simeón y Ana. Como es habitual en su evangelio, Lucas presenta de forma complementaria un episodio en el que el protagonista es un hombre, y otro en el que lo es una mujer. Simeón es el creyente sencillo y piadoso, el anciano que siempre ha vivido con su confianza puesta en Dios y al final de su vida proclama agradecido que sus esperanzas, y las de Israel entero, se han cumplido. De la misma manera que el anciano Zacarías había alabado a Dios en ocasión del nacimiento de Juan Bautista (Lc 1,68-79), el anciano Simeón lo alaba por el nacimiento de Jesús. Por su parte, también Ana proclama a Jesús como el libertador que el pueblo estaba esperando.
La conclusión del texto describe el retorno de la familia de Jesús a su pueblo de Nazaret y el crecimiento de Jesús. Esta última indicación constituye un nuevo paralelismo con Juan Bautista (Cfr. 1,80). Como siempre, el evangelio sugiere la superioridad de Jesús sobre Juan.
AGUSTÍN BORRELL
NAVIDAD, DOMINGO Y FAMILIA
Cuando preguntamos a la gente en qué se distinguen las fiestas navideñas, acostumbran contestar que son días más familiares, esto es, días para ser vividos en familia. Dicen también que son fechas muy tradicionales, en los que se han de ejecutar "tradiciones" determinadas. La publicidad, que tanto nos bombardea, aprovecha de lo lindo todos estos elementos.
De hecho, aciertan en algo fundamental de la Navidad: no podría haber nacido el Niño Dios sino en el seno de una familia. Cualquier otro camino hubiera comportado no encarnarse del todo en la realidad humana, y Dios no se hubiera hecho de verdad hermano nuestro.
La mirada del "domingo" después de la Navidad se dirige, por lo tanto, hacia la familia de Jesús. A María y a José, y con ellos, a su larga convivencia familiar vivida durante treinta años en la normalidad de la vida de Nazaret, donde el pueblo, su gente, era también como una gran familia que a la vez los unía a la gran familia del Pueblo de la Alianza del que formaban parte... Y, desde él, a la humanidad entera.
Jesús recibe en el contexto familiar (la tradición) todo aquello que necesita para poder vivir en la normalidad de la vida de la gente: educación, lengua, cultura, religión, tradiciones, costumbres, oficios... Todo lo cual brillará después en los evangelios.
Es bueno que la Navidad nos abra el espacio familiar; al de la propia familia, sea la que sea, sea como sea, y nos ayude a amarla, a valorarla y a potenciarla, como Jesús con su propia familia, que llega a ser "sagrada".
Y, a partir de ella, es bueno que nos abra a la familia mayor que es y ha de ser la comunidad eclesial en la que celebramos nuestra fe, el lugar en el que nos ha sido dado el mismo Jesús y su Buena Noticia, y nos abra a la comunión familiar con toda la Iglesia católica, extendida de Oriente a Occidente.
Y con toda la Iglesia compartimos el deseo de lograr formar con la humanidad entera una gran familia, en la que todo el mundo tenga cabida, en la que todos tengan lo necesario para vivir con dignidad, en una tierra donde reina la paz.
No es casual que esta mirada navideña y familiar la hagamos en el domingo después de Navidad. Ya que el domingo también debiera tener como distintivo este elemento familiar. Es decir: el domingo debiera marcar, con la Eucaristía y el descanso, la vida de las familias cristianas. A la vez el encuentro con la comunidad cristiana que celebra, debiera ser un encuentro verdaderamente familiar, en el que nos sintiéramos como "en casa", donde pudiéramos compartir nuestras alegrías y nuestras penas, y donde pudiéramos recibir (la tradición) toda la fuerza que nos llega de la Palabra y del alimento en que se nos da el Señor en persona para nuestra vida. Merece la pena releer la carta apostólica Dies Domini sobre el domingo.
LA FE DE ABRAHAM, DE SIMEÓN, DE ANA...
El evangelio que centra la celebración de la Sagrada Familia en este ciclo B es el de la presentación de Jesús niño en el templo. Cumplen todo lo que prescribía la Ley. De este modo, María y José introducen a su hijo en la vida y la tradición del pueblo; lo están encarnando. Lo hacen desde la situación familiar de pobreza (tan sólo un par de tórtolas o dos pichones). Lo presentan a Dios en el templo, y se agregan a la fe del pueblo fiel, expresada por las palabras y los gestos de dos ancianos: Simeón y Ana. El primero lo toma en brazos y bendice a Dios ("mis ojos han visto a tu Salvador") y bendice también a María. La segunda, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que vivían en la esperanza.
El Jesús niño es introducido en la fe de Abraham (si utilizamos las lecturas del ciclo B) y formará parte de la gran familia de los creyentes. La familia de los que saben, por la fe, que Dios hace posible aquello que parece imposible, que da vida allá donde no podría haberla, que asegura una descendencia incontable de creyentes y que llama a cada uno por su propio nombre. La familia que de ahí nace es la familia de Dios.
UNA COMUNIDAD CÁLIDA, FAMILIAR
La familia que nace de la Encarnación del Hijo de Dios es una familia en la que Dios es nuestro Padre, y Cristo es el hermano que nos hermana a todos los demás.
La familia está convocada, en estos días tan familiares, en torno a la mesa para participar, como cada domingo, del banquete del Reino, del banquete de los hermanos, de la Eucaristía.
JUAN TORRA
El largo pasaje del evangelio de San Lucas que hoy leemos está en el centro de nuestra celebración, como si se tratara de una acción simbólica profética. San Lucas subraya esto desde el principio de su relato sobre la presentación del Niño en el templo. No habla él de un "rescate" del primogénito Jesús, como se declaraba en el texto correspondiente de Éxodo 13,13.15; dice más bien que el Niño será "consagrado al Señor", como había dicho el ángel en la escena de la anunciación (Lc 1,35). Jesús no es un "rescatado" como los otros niños hebreos; su mismo nombre dice que es Él el que rescata; Él es el Salvador (Lc 2,11), el Santo, el plenamente consagrado a Dios.
También el encuentro con un anciano (Simeón) puede pertenecer a la coreografía normal de un nacimiento, como signo visible de la continuidad de la vida en el ámbito de una familia. Pero para Jesús la escena no es ya pintoresca o familiar; es un acto profético. De hecho, Lucas insiste en el papel que el Espíritu Santo tiene en esta parte del relato (Lc 2,26-27).
En ese niño la historia adquiere un nuevo sentido. El antiguo Israel da testimonio de que su esperanza ha llegado a su cumplimiento: «Deja que tu siervo se vaya en paz» (v.29), dice Simeón. Y el misterio del Niño es dibujado en el breve himno de acción de gracias que viene enseguida: Jesús es la "salvación", la "luz de las naciones", "la gloria de Israel" (vv.30-32).
Después del episodio de la profetisa Ana, nuevo símbolo de la esperanza hebrea ya saciada, aparece un dato normal de la existencia de un niño: su crecimiento. En un pueblecito de Palestina, Nazaret, Jesús "crecía y se fortalecía", como cualquier otro niño; pero Lucas añade otras dos notas, que separan a Jesús de sus coetáneos: «estaba lleno de sabiduría y la gracia de Dios estaba sobre Él" (v. 40). Podemos pensar que la familia de Nazaret, por la presencia excepcional de Cristo en ella, es una realidad inalcanzable para nuestras familias; pero, precisamente por la "humanidad" que Él hizo suya, su familia nos es también cercana e imitable.
Las otras dos lecturas bíblicas de hoy nos dan la clave para que podamos construir familias más límpidas y más cristianas. Esa clave es la fe.
Ante las repetidas promesas divinas, Abraham se queja con el Señor de que no tiene un hijo en quien se puedan cumplir esas promesas (primera lectura). Dios le asegura que va a tener un hijo (Gn 15,4), y Abraham cree en el Señor. Eso hizo a Abraham "justo"; es decir, conforme con la voluntad de Dios (v. 6). - Las últimas frases, tomadas de Génesis 21, refieren el cumplimiento de la promesa, el nacimiento de Isaac, hijo de Abraham. Es significativa la frase con que Sara, la esposa de Abraham, celebra su maternidad (frase que no está comprendida en el texto de la lectura): «Dios me ha dado de qué reír; todo el que lo oiga reirá conmigo» (Gn 21,6).
La segunda lectura, tomada de la Carta a los Hebreos, pone énfasis en la fe con que Abraham reaccionó en los momentos más importantes de su vida. Se celebra esa fe y se la presenta como modelo para los seguidores de Cristo, que somos "hijos de Abraham" precisamente por la fe.
Cuando celebramos la Eucaristía en esta fiesta de la Sagrada Familia, el Señor quiere hacer que crezca nuestra fe; para que podamos construir una familia como la de Abraham; más aún, como la de Jesús, María y José.
CARLOS SOLTERO, S.J.
LA PALABRA DE DIOS HOY
TREINTA AÑOS PARA SANTIFICAR LA FAMILIA
Y TRES PARA SALVAR AL MUNDO