Jueves
EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO
22 de mayo 2008, Ciclo A

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Proyecto de homilía     Dios Hoy





ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 80,17

Alimentó a su pueblo con lo mejor del trigo y lo sació con miel sacada de la roca.


Se dice Gloria

ORACIÓN COLECTA

Señor nuestro Jesucristo, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

PRIMERA LECTURA

Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes.

Del libro del Éxodo: 24,3-8

En aquellos días, Moisés bajó del monte Sinaí y refirió al pueblo todo lo que el Señor le había dicho y los mandamientos que le había dado. Y el pueblo contestó a una voz: "Haremos todo lo que dice el Señor".

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano, construyó un altar al pie del monte y puso al lado del altar doce piedras conmemorativas, en representación de las doce tribus de Israel.

Después mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos, como sacrificios pacíficos en honor del Señor; tomó la mitad de la sangre, la puso en vasijas y derramó sobre el altar la otra mitad.

Entonces tomó el libro de la alianza y lo leyó al pueblo, y el pueblo respondió: "Obedeceremos; haremos todo lo que manda el Señor".

Luego Moisés roció al pueblo con la sangre, diciendo: "Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído".
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL Del salmo 115

R/. Levantaré el cáliz de la salvación.

¿Cómo le pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Levantaré el cáliz de salvación
e invocaré el nombre del Señor. R/.

A los ojos del Señor es muy penoso
que mueran sus amigos.
De la muerte, Señor, me has librado,
a mí, tu esclavo e hijo de tu esclava. R/.

Te ofreceré con gratitud un sacrificio
e invocaré tu nombre.
Cumpliré mis promesas al Señor
ante todo su pueblo. R/.

SEGUNDA LECTURA

La sangre de Cristo purificará nuestra conciencia.

De la carta a los hebreos: 9,11-15

Hermanos: Cuando Cristo se presentó como sumo sacerdote que nos obtiene los bienes definitivos, penetró una sola vez y para siempre en el "lugar santísimo", a través de una tienda, que no estaba hecha por mano de hombres, ni pertenecía a esta creación. No llevó consigo sangre de animales, sino su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna.

Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera, cuando se esparcían sobre los impuros, eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior, ¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado, a fin de que demos culto al Dios vivo, ya que a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo como sacrificio inmaculado a Dios, y así podrá purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo!

Por eso, Cristo es el mediador de una alianza nueva. Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza, para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido.
Palabra de Dios.

SECUENCIA

(Puede omitirse o puede recitarse en forma abreviada, comenzando por la estrofa: * "El pan que del cielo baja" ).

  1. Al Salvador alabemos,
    que es nuestro pastor y guía.
    Alabémoslo con himnos
    y canciones de alegría.

  2. Alabémoslo sin límites
    y con nuestras fuerzas todas;
    pues tan grande es el Señor,
    que nuestra alabanza es poca.

  3. Gustosos hoy aclamamos
    a Cristo, que es nuestro pan,
    pues él es el pan de vida,
    que nos da vida inmortal.

  4. Doce eran los que cenaban
    y les dio pan a los doce.
    Doce entonces lo comieron,
    y, después, todos los hombres.

  5. Sea plena la alabanza
    y llena de alegres cantos;
    que nuestra alma se desborde
    en todo un concierto santo.

  6. Hoy celebramos con gozo
    la gloriosa institución
    de este banquete divino,
    el banquete del Señor.

  7. Ésta es la nueva Pascua,
    Pascua del único Rey,
    que termina con la alianza
    tan pesada de la ley.

  8. Esto nuevo, siempre nuevo,
    es la luz de la verdad,
    que sustituye a lo viejo
    con reciente claridad.

  9. En aquella última cena
    Cristo hizo la maravilla
    de dejar a sus amigos
    el memorial de su vida.

  10. Enseñados por la Iglesia,
    consagramos pan y vino,
    que a los hombres nos redimen,
    y dan fuerza en el camino.

  11. Es un dogma del cristiano
    que el pan se convierte en carne,
    y lo que antes era vino
    queda convertido en sangre.

  12. Hay cosas que no entendemos,
    pues no alcanza la razón;
    mas si las vemos con fe,
    entrarán al corazón.
  1. Bajo símbolos diversos
    y en diferentes figuras,
    se esconden ciertas verdades
    maravillosas, profundas.

  2. Su sangre es nuestra bebida;
    su carne, nuestro alimento;
    pero en el pan o en el vino
    Cristo está todo completo.

  3. Quien lo come no lo rompe,
    no lo parte ni divide;
    él es el todo y la parte;
    vivo está en quien lo recibe.

  4. Puede ser tan sólo uno
    el que se acerca al altar,
    o pueden ser multitudes:
    Cristo no se acabará.

  5. Lo comen buenos y malos,
    con provecho diferente;
    no es lo mismo tener vida
    que ser condenado a muerte.

  6. A los malos les da muerte
    y a los buenos les da vida.
    ¡Qué efecto tan diferente
    tiene la misma comida!

  7. Si lo parten, no te apures;
    sólo parten lo exterior;
    en el mínimo fragmento
    entero late el Señor.

  8. Cuando parten lo exterior,
    sólo parten lo que has visto;
    no es una disminución
    de la persona de Cristo.

  9. * EI pan que del cielo baja
    es comida de viajeros.
    Es un pan para los hijos.
    ¡No hay que tirarlo a los perros!

  10. Isaac, el inocente,
    es figura de este pan,
    con el cordero de Pascua
    y el misterioso maná.

  11. Ten compasión de nosotros,
    buen pastor, pan verdadero.
    Apaciéntanos y cuídanos
    y condúcenos al cielo.

  12. Todo lo puedes y sabes,
    pastor de ovejas, divino.
    Concédenos en el cielo
    gozar la herencia contigo. Amén.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 6,51

R/. Aleluya, aleluya.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor;

el que coma de este pan vivirá para siempre. R/.

EVANGELIO

Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 14,12-16.22-26

El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le preguntaron a Jesús sus discípulos: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?" El les dijo a dos de ellos: "Vayan a la ciudad. Encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa en donde entre: 'El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?' El les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes. Prepárennos allí la cena". Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen: esto es mi cuerpo". Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: "Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios".

Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos.
Palabra del Señor.

Credo

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor, concede a tu Iglesia los dones de la unidad y de la paz, simbolizados en las ofrendas sacramentales que te presentamos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

PREFACIO

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.

El cual, verdadero y eterno sacerdote, al instituir el sacrificio perdurable, se ofreció a ti como víctima salvadora y nos mandó que lo ofreciéramos como memorial suyo.

En efecto, cuando comemos su carne, inmolada por nosotros, quedamos fortalecidos; y cuando bebemos su sangre, derramada por nosotros, quedamos limpios de nuestros pecados.

Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo. . .

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Jn 6,56

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él, dice el Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Concédenos, Señor, disfrutar eternamente del gozo de tu divinidad que ahora pregustamos, en la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.




ElEspiritu2

Corpus Christi: la solemnidad del
Cuerpo y de la Sangre de Cristo

Celebramos en este jueves la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Fiesta de la Eucaristía. Solemnidad que nos convoca ante el misterio cotidiano del cuerpo entregado y de la sangre derramada por nosotros. Un misterio que en el Jueves Santo tiene la fiesta de su Institución y en el Corpus tiene una gozosa fiesta de la respuesta de fe. La edad media, de la que heredamos esta fiesta sintió el deber de darle un realce especial, para hacer un homenaje agradecido, público, multitudinario de la presencia real de Cristo; incluso para sacar en procesión el Santísimo Sacramento por las calles y las plazas, para afirmar el misterio del Dios con nosotros en la Eucaristía, su compañía, que por eso Santa Teresa lo llamaba a Cristo " compañero nuestro en el Santísimo Sacramento". Estos valores fundamentales de la fe católica que acentúa la presencia real y personal de Cristo en la Eucaristía siguen teniendo vigencia dogmática y pastoral. También hoy tenemos necesidad de renovar nuestra fe en la presencia verdadera de Cristo en la Eucaristía, de manifestarla de forma pública, de sentirnos en la procesión de Corpus pueblo de Dios en camino, presididos y precedidos por Cristo, Pastor y guía, presencia y viático de nuestro caminar, misteriosa compañía de Dios.

La Eucaristía sigue siendo la opción fundamental de nuestra fe. Ante el misterio del pan de vida el sacerdote tiene que renovar su adoración, el cristiano confesar que es un misterio que trasciende su inteligencia. La Eucaristía nos pone de rodillas, confunde nuestro orgullo y nos abre a la humildad y al gozo de la fe en la palabra y en el poder de Cristo. Solo así se convierte para nosotros en misterio de luz y de vida. La Eucaristía es, como recuerda el Vaticano II, el bien supremo de la Iglesia, Cristo Pan verdadero que con su carne vivificada y vivificante, por medio del Espíritu Santo, da la vida a los hombres. O como afirma el Decreto del ecumenismo hablando de la Iglesia oriental: por medio de la Eucaristía tenemos acceso a Dios Padre por medio de Cristo, Verbo Encarnado que ha muerto y ha sido glorificado, en la efusión del Espíritu Santo, entramos en comunión con la Santísima Trinidad, hechos partícipes de la naturaleza divina. O también con la Gaudium et Spes recordamos que en la Eucaristía tenemos una especie de anticipación de la Pascua del Universo, con elementos naturales que son transformados en el cuerpo y en la sangre gloriosos de Cristo y que son un anticipación del banquete de la fraternidad universal en la gloria. Estos textos del Vaticano II nos recuerdan con cuanto fervor la Iglesia de la segunda mitad del siglo XX ha confirmado su fe en la Eucaristía, en un momento en que tendencias racionalistas quería atenuar el realismo de la presencia, con un sutil recurso al simbolismo vacío de contenidos, no dándose cuenta que además de ir contra el realismo de la Escritura y de la fe del primer milenio cristiano rebajaban a puro simbolismo no solo la presencia sino en definitiva la realidad misma del sacrificio, de la comunión, de los efectos salvadores de la Eucaristía con la cual Cristo nos promete una verdadera comunión de vida, la santificación de nuestro cuerpo, incluso la resurrección futura. Si no hay una presencia real, no hay acciones reales, no hay efectos objetivos. Nos quedamos en nuestra miseria, sin la compañía de Cristo, sin el don del Espíritu, sin la comunión eclesial en un solo Cuerpo, sin el sacrificio real de la nueva y eterna alianza. Ya san Ignacio de Antioquía veía en la negación del realismo eucarístico una negación del realismo de la Encarnación, de la pasión salvadora, de la verdadera Resurrección de Cristo. Todo sería apariencia. No habría realismo salvador.

Pero no es así. Las palabras de la Institución de la Eucaristía que recoge en este ciclo el primitivo relato de Marcos nos hablan con crudeza, con realismo semítico, de la verdad del don que Jesús hace en la Cena: Tomad, esto es mi cuerpo. Ofrece a los discípulos algo para comer, no una idea para comprender. Y ese algo es su cuerpo, su persona misma, la que va a ser entregada; y entran en comunión con la misma persona de Cristo. Esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos. Y mientras los discípulos se pasan el cáliz, la copa de la pascua, y beben, saborean el misterio del vino - sangre de la uva - que les permite empaparse de la sangre redentora y purificadora, la que va a ser derramada. Es sangre del pacto, de la alianza. No hay pacto más serio que el de la sangre, el de la vida. Y Dios en su amor hacia los hombres ha sellado su alianza con nosotros con la sangre de su Hijo. Y como esta es la alianza nueva y eterna, cada día se hace presente el único sacrificio de la única alianza nueva. Cristo que en virtud de un Espíritu eterno, como zarza ardiente, se ofreció al Padre una vez para siempre es en el cielo la víctima sagrada, el sacrificio sin mancha, y se hace presente en la tierra, en cada altar. Es el mismo sacerdote, la misma víctima. Es el mismo sacrificio de Cristo en el sacrificio de la Iglesia. Iglesia unida Cristo en alianza esponsal, en comunión de vida. Ofrecida con Cristo, porque es el Cuerpo del Señor se ofrece en lo que ofrece, pues al levantar al cielo el cuerpo y la sangre de Cristo, toda la Iglesia se eleva en el mismo gesto de ofrenda. Por eso el Corpus es fiesta de la Alianza Nueva en la Eucaristía, el arco iris de la paz y de la reconciliación que Dios ofrece cada día. Una alianza que pide un sí de amor, el culto del Dios vivo, una vida que prolonga la de Jesús, hecha amor y servicio.




Notas exegéticas

* 1ª lectura: Éxodo 24,3-8

El texto relata el rito con el que se ratifica la alianza de Yahvé con Israel al pie del monte Sinaí. Los protagonistas de la acción son Dios y el pueblo. Moisés comunica al pueblo las palabras del Señor, sus leyes y preceptos, y el pueblo acepta: "Haremos todo lo que dice el Señor" (v. 3). A la iniciativa gratuita de Dios, sigue el consentimiento y la aceptación total del pueblo. Luego "Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor" (v. 4). Éste es el documento de la alianza, que le da validez y que permitirá que se conserve, a través de su lectura futura, para todas las generaciones.

El altar representa a Dios; las doce piedras representan al pueblo. Se ofrecen novillos en sacrificio, y con su sangre, se rocía tanto al altar como al pueblo. Moisés procede luego a la lectura del documento de la alianza. El pueblo vuelve a ratificar su aceptación (v. 7). La sangre -signo de la vida-, consagrada además por los sacrificios del altar, es derramada sobre el pueblo creando un vínculo de familiaridad entre Dios e Israel. Una misma sangre y una misma vida circula de hoy en adelante, entre Dios e Israel "su primogénito" (Ex 4,22). Un pacto de sangre los une en una existencia de fidelidad y de amor.

* 2ª lectura: Hebreos 9,11-15

Con elementos tomados de la liturgia del Antiguo Testamento, Cristo es presentado "sacerdote que nos obtiene los bienes definitivos" (Heb 9,11); el tabernáculo ("no estaba hecho por mano de hombre") es su cuerpo (Jn 2,9-11); la víctima es él mismo con su sangre; el santuario es el cielo, adonde entró una sola vez para siempre. Cristo no ofrece una liberación pasajera, sino "una redención eterna". Con su sangre, vivificada por el Espíritu Santo, "podrá purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte" (v. 14), uniéndonos total y definitivamente con Dios.

* 3ª lectura: Marcos 14,12-16.22-26

Marcos, con una clara intención teológica, narra la institución de la Eucaristía en el marco y el ambiente de un banquete de Pascua. De este modo intenta definir el significado más profundo de la muerte de Jesús. El texto subraya la iniciativa de Jesús, que invita y hace que los discípulos preparen para tal ocasión "una sala en el segundo piso, arreglada con divanes" (v. 15). Los discípulos, obedientes a la palabra del Maestro, "prepararon la cena de Pascua".

El texto de la institución de la Eucaristía presenta un claro sabor litúrgico, que no compromete en nada el valor histórico del hecho, sino que Io enriquece, mostrando que la comunidad había conservado su recuerdo a través de la celebración. De tal relato se conservan dos tradiciones distintas: Marcos y Mateo (¿Iglesia de Jerusalén?) por una parte; Lucas y Pablo (¿Iglesia de Antioquía?), por otra.

En el relato de Marcos, mientras quedan en la sombra los elementos de la cena pascual hebrea, resaltan los gestos y palabras de Jesús en relación al pan y al vino, a los cuales él les otorga un nuevo significado. Toma el pan, pronuncia la bendición y partiendo el pan dice: "Esto es mi cuerpo". La palabra "cuerpo" indica la persona en su totalidad. Jesús personalmente se dona como pan partido, interpretando anticipadamente su muerte como don total de sí mismo. Con la invitación "Tomen", asocia a sus discípulos a su propio destino. Ellos, tomando el pan donado por Jesús, entran en una nueva comunión vital con él y con su sacrificio de amor.

Las palabras sobre el cáliz, pronunciadas por Jesús después que los discípulos han bebido el vino, dan un nuevo significado al gesto. Aquel cáliz sella la alianza de los discípulos con Jesús y con Dios: "Ésta es mi sangre, sangre de la alianza". Una alianza que crea un vínculo nuevo, en cuanto es la sangre "que se derrama por todos", expresión de la fidelidad y del amor de Jesús llevados hasta el extremo. Bebiendo del cáliz, los discípulos participan vitalmente en la muerte de Jesús, como acto supremo de amor redentor.

La declaración final de Jesús sobre el vino nuevo en el reino, muestra la actitud de esperanza con la que vive la Cena y afronta su muerte. La muerte no será lo último, con su resurrección inicia la instauración definitiva del reino. La comunidad celebra la cena eucarística participando realmente del don de la existencia de Jesús. Su cuerpo y su sangre hacen presente la comunión con Dios y entre los hombres y anticipan la vida definitiva y plena del reino.

SILVIO JOSÉ BÁEZ




Orientaciones para la celebración

SITUACIÓN LITÚRGICA

En el Ciclo pascual celebramos el misterio de nuestra salvación. El domingo pasado, primero después del Ciclo de Pascua, recordamos la razón primera y última de toda la salvación: el misterio de Dios Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu Santo-. Hoy celebramos el centro y la causa: Jesucristo, muerto y resucitado, en el signo de la Eucaristía, "sacramento admirable" y "memorial de tu Pasión" (colecta). La fiesta se hace en jueves en recuerdo del Jueves Santo. La celebración de hoy no es una repetición. La del Jueves Santo en función del Triduo Pascual, y tiene delante especialmente la Pascua del Señor y su mensaje sobre el amor fraterno. La de hoy, sobre la misma base, subraya diversos aspectos complementarios que comentamos.

"MEMORIAL DETU PASIÓN" (oración colecta)

"Se ofreció a ti como Cordero sin mancha... como sacrificio de alabanza perfecta" (prefacio II). Es el centro de la fe cristiana; Jesucristo, al final de su vida, hizo de su muerte ignominiosa una entrega total al Padre y a los hombres. La segunda lectura, el texto central de la Carta a los hebreos, presenta los dos acentos de este misterio. El primero: "Cristo (por su sangre)..., penetró una sola vez y para siempre en el 'lugar santísimo' "; ofreciéndose él mismo (no con la ofrenda de otros), entró en la comunión total con el Padre llegando a la plenitud. Y el segundo: "con su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna"; aquella ofrenda suya realiza la verdadera salvación de la humanidad, de todos los hombres y mujeres de la historia.

El título litúrgico de la fiesta de hoy es "El Cuerpo y la Sangre de Cristo"; no sólo el Cuerpo (el Corpus tradicional), poniendo de relieve precisamente la realidad profunda del Cuerpo del Señor; es la humanidad de Jesús entregada al Padre en el derramamiento de su Sangre. Los signos del pan y el vino son el memorial sencillo y débil del misterio inmenso que ha cambiado la historia. Hacen presente sacramentalmente el amor salvador de Dios a la humanidad, también la actual, realizado en la muerte y la resurrección de Jesús.

"CON ESTE SACRAMENTO, ALIMENTAS Y SANTIFICAS ATUS FIELES" (prefacio II)

Repasamos ahora algunos aspectos de nuestra salvación que la Eucaristía manifiesta. Recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor es centralmente participar de su muerte y resurrección, por las cuales el Espíritu llevó a Jesús a la plenitud.

Nosotros participamos de la Pascua del Señor en nuestra vida real, en la medida en que vivimos amando, perdonando, dándonos, como hizo Jesús en la cruz y en la resurrección. La Eucaristía es el signo sacramental que expresa y alimenta nuestra participación vivida en la Pascua del Señor. Son "los dones de la unidad y de la paz, simbolizados en las ofrendas sacramentales" (oración sobre las ofrendas); "alimentas y santificas a tus fieles para que, a los hombres que habitan un mismo mundo, una misma fe los ilumine y un mismo amor los una" (prefacio II). "La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana" (LG 11).

El pan y el vino significan que la Pascua del Señor es alimento para los peregrinos. Jesús siguió fielmente su camino. También nosotros estamos llamados a seguir el nuestro, tendiendo a un amor cada día más justo, más generoso, más pacificador. De una manera entrañable, el Señor nos ha dejado como signo de su Pascua -Pan y Vino- un alimento que da fuerzas para vivir llevando la paz y el perdón en el desierto difícil de nuestra vida.

La confesión de la presencia real del Señor en la Eucaristía bajo las especies del pan y el vino ha sido objeto de confrontaciones y es uno de los acentos de la fiesta de hoy. Confesar la presencia real forma parte de la experiencia cristiana del amor de Dios que lo lleva a compartir la humanidad. El Verbo se hace "carne", él es "uno de los nuestros", "ha nacido de mujer", "realmente ha muerto y ha resucitado", "no es un fantasma". La Eucaristía es signo de la presencia real del Señor en la Iglesia y en el mundo para llevarlo al único camino de la vida, la participación en su muerte y resurrección. Con este espíritu debemos promover los actos de piedad propios de la fiesta de hoy: exposición y adoración del Santísimo, procesión, etc.

Por esto, la Iglesia, toda ella, se dice y se hace en la Eucaristía. La comunidad, que vive del Espíritu de su Señor en la medida que ama y hace un mundo más justo, más pacífico y más humano, se encuentra alrededor de la mesa, haciendo un signo de la gran ilusión de la Iglesia, de la cual ella es el sacramento; que todos los hombres y mujeres del mundo lleguemos a vivir como hermanos, compartiendo la misma mesa, participando del Espíritu de su Cabeza y Pastor.

Y como ámbito espiritual, el clima de acción de gracias. La Iglesia, el mundo, lo recibe todo de Dios en el don de su Hijo Jesucristo, y en este mismo don, significado en la Eucaristía, le da gracias. También esto es signo de una manera de vivir pacífica, reconciliada con la realidad, agradecida. Todo lo que somos y tenemos es gracia, especialmente el Espíritu de Dios, que llevó a Jesús a la fidelidad plena y que nos lleva también a nosotros a "disfrutar eternamente del gozo de tu divinidad que ahora pregustamos, en la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre" (oración después de la comunión).

GASPAR MORA




Proyecto de homilía

«Esta es mi sangre de la alianza". Las palabras pronunciadas por Jesús sobre la copa de la cena pascual son el motivo dominante alrededor del cual gira la serie de lecturas de la Misa de hoy.

Comencemos con el primer texto (primera lectura), que es un texto clásico en la teología de la alianza. En este pasaje se sella con un rito sacrificial el pacto que el Señor e Israel han querido concluir en la áspera soledad del Sinaí. Dios y los hombres han definido el mutuo deseo que los anima de comunión, de cercanía y de colaboración. Dios ofrece el don de la libertad y de su presencia; el hombre responde con su compromiso ético y existencial. El altar construido por Moisés es el símbolo de Dios; delante de él se reune Israel, y sobre ambos se derrama la sangre del sacrificio, signo de vida y de vinculación familiar. De ahora en adelante una misma sangre y una misma vida circulan entre Dios y su "primogénito".

Esta alianza será para Israel origen y prototipo de todas las demás que se celebrarán entre el Señor y su pueblo, en la sucesión de situaciones históricas por las que atravesará Israel. Y ella es también la base sobre la que el NuevoTestamento elabora su teología del sacrificio de Cristo, como aparece con claridad en el párrafo de la Carta a los Hebreos que leemos en la segunda lectura. Allí se toman todos los temas de la alianza sinaítica, para hacer resaltar su plena y definitiva realización en Cristo y su sacrificio.

Cristo es "sumo sacerdote", pero de bienes futuros, escatológicos. Cristo no celebra en una tienda material, como la del desierto, sino en "la tienda más grande y perfecta", de su cuerpo glorificado. Cristo no usa sangre de becerros y cabritos, sino su propia sangre. Cristo no nos ofrece una liberación transitoria, sino que nos da "una redención eterna". Cristo no purifica sólo ritualmente y "en la carne"; sino que con su sangre "purifica de las obras muertas nuestra conciencia", uniéndonos intimamente con Dios. Así nos introduce Cristo en el banquete del Reino, don del amor gratuito de Dios.

Este banquete de comunión es preparado en la Cena eucarística, de que nos habla el evangelio de Marcos. La iniciativa viene de Jesús, quien envía a dos de sus discípulos a preparar la cena (Mc 14,12-16). En el pan y en la copa compartidos por toda la familia en la cena pascual, el judio vela el don que Dios había hecho a Israel en la liberación del éxodo. Jesús, con las nuevas palabras con que acompaña la celebración de la Pascua, indica el nuevo don de Dios, el Cuerpo y la Sangre del nuevo sacrificio, la Sangre de la nueva alianza. En aquella "sala grande" del piso superior nace la nueva comunidad humana, vinculada con Dios de una manera nueva. Celebrando la Cena eucarística pascual, ella se prepara a pasar con Cristo a la Cena perfecta "en el Reino de Dios" (v. 25). En esta cena la comunidad se reconoce vinculada con Dios por siempre y unida interiormente por un amor y una fraternidad que no pueden ser destruidos.

Reconozcamos en nuestra celebración el alma profunda de la Iglesia, su estructura más profunda. Que el Señor nos transforme de verdad en cuerpo de Cristo, y seamos signo visible de su acción y de su palabra en el mundo.

CARLOS SOLTERO, S.J.






LA PALABRA DE DIOS HOY

LA EUCARISTÍA EN TRES ACTOS