
Propio Comentario Nota exegética Orientaciones para la celebración
| ANTÍFONA DE ENTRADA | Sal 80,17 |
Alimentó a su pueblo con lo mejor del trigo y lo sació con miel sacada de la roca.
Se dice Gloria
ORACIÓN COLECTA
Señor nuestro Jesucristo, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.
PRIMERA LECTURA
Te di un alinlento que ni tú ni tus padres conocían.
Del libro del Deuteronomio: 8,2-3.14-16
En aquel tiempo, habló Moisés al pueblo y le dijo: "Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para ponerte a prueba y conocer si ibas a guardar sus mandamientos o no.
Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.
No sea que te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto y de la esclavitud; que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, lleno de serpientes y alacranes; que en una tierra árida hizo brotar para ti agua de la roca más dura, y que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres".
Palabra de Dios.
| SALMO RESPONSORIAL | Del salmo 147 |
R/. Bendito sea el Señor.
Glorifica al Señor, Jerusalén,
a Dios ríndele honores, Israel.
El refuerza el cerrojo de tus puertas
y bendice a tus hijos en tu casa. R/.
El mantiene la paz en tus fronteras,
con su trigo mejor sacia tu hambre.
El envía a la tierra su mensaje
y su palabra corre velozmente. R/.
Le muestra a Jacob sus pensamientos,
sus normas y designios a Israel.
No ha hecho nada igual con ningún pueblo,
ni le ha confiado a otro sus proyectos. R/.
SEGUNDA LECTURA
El pan es uno y los que comemos de ese pan formamos un solo cuerpo.
De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 10,16-17
Hermanos: El cáliz de la bendición con el que damos gracias, ¿no nos une a Cristo por medio de su sangre? Y el pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su cuerpo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.
Palabra de Dios.
SECUENCIA
(Puede omitirse o puede recitarse en forma abreviada, comenzando por la estrofa: * "El pan que del cielo baja" ).
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| ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO | Jn 6,51 |
R/. Aleluya, aleluya.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor;
el que coma de este pan vivirá para siempre. R/.
EVANGELIO
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 6,51-58
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida".
Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"
Jesús les dijo: "Yo les aseguro: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.
Éste es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre".
Palabra del Señor.
Credo
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Señor, concede a tu Iglesia los dones de la unidad y de la paz, simbolizados en las ofrendas sacramentales que te presentamos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
El cual, verdadero y eterno sacerdote, al instituir el sacrificio perdurable, se ofreció a ti como víctima salvadora y nos mandó que lo ofreciéramos como memorial suyo.
En efecto, cuando comemos su carne, inmolada por nosotros, quedamos fortalecidos; y cuando bebemos su sangre, derramada por nosotros, quedamos limpios de nuestros pecados.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo. . .
| ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN | Jn 6,56 |
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él, dice el Señor.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Concédenos, Señor, disfrutar eternamente del gozo de tu divinidad que ahora pregustamos, en la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Corpus Christi: la solemnidad del
Cuerpo y de la Sangre de Cristo
Celebramos en este jueves la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Fiesta de la Eucaristía. Solemnidad que nos convoca ante el misterio cotidiano del cuerpo entregado y de la sangre derramada por nosotros. Un misterio que en el Jueves Santo tiene la fiesta de su Institución y en el Corpus tiene una gozosa fiesta de la respuesta de fe. La edad media, de la que heredamos esta fiesta sintió el deber de darle un realce especial, para hacer un homenaje agradecido, público, multitudinario de la presencia real de Cristo; incluso para sacar en procesión el Santísimo Sacramento por las calles y las plazas, para afirmar el misterio del Dios con nosotros en la Eucaristía, su compañía, que por eso Santa Teresa lo llamaba a Cristo " compañero nuestro en el Santísimo Sacramento". Estos valores fundamentales de la fe católica que acentúa la presencia real y personal de Cristo en la Eucaristía siguen teniendo vigencia dogmática y pastoral. También hoy tenemos necesidad de renovar nuestra fe en la presencia verdadera de Cristo en la Eucaristía, de manifestarla de forma pública, de sentirnos en la procesión de Corpus pueblo de Dios en camino, presididos y precedidos por Cristo, Pastor y guía, presencia y viático de nuestro caminar, misteriosa compañía de Dios.
La Eucaristía sigue siendo la opción fundamental de nuestra fe. Ante el misterio del pan de vida el sacerdote tiene que renovar su adoración, el cristiano confesar que es un misterio que trasciende su inteligencia. La Eucaristía nos pone de rodillas, confunde nuestro orgullo y nos abre a la humildad y al gozo de la fe en la palabra y en el poder de Cristo. Solo así se convierte para nosotros en misterio de luz y de vida. La Eucaristía es, como recuerda el Vaticano II, el bien supremo de la Iglesia, Cristo Pan verdadero que con su carne vivificada y vivificante, por medio del Espíritu Santo, da la vida a los hombres. O como afirma el Decreto del ecumenismo hablando de la Iglesia oriental: por medio de la Eucaristía tenemos acceso a Dios Padre por medio de Cristo, Verbo Encarnado que ha muerto y ha sido glorificado, en la efusión del Espíritu Santo, entramos en comunión con la Santísima Trinidad, hechos partícipes de la naturaleza divina. O también con la Gaudium et Spes recordamos que en la Eucaristía tenemos una especie de anticipación de la Pascua del Universo, con elementos naturales que son transformados en el cuerpo y en la sangre gloriosos de Cristo y que son un anticipación del banquete de la fraternidad universal en la gloria. Estos textos del Vaticano II nos recuerdan con cuanto fervor la Iglesia de la segunda mitad del siglo XX ha confirmado su fe en la Eucaristía, en un momento en que tendencias racionalistas quería atenuar el realismo de la presencia, con un sutil recurso al simbolismo vacío de contenidos, no dándose cuenta que además de ir contra el realismo de la Escritura y de la fe del primer milenio cristiano rebajaban a puro simbolismo no solo la presencia sino en definitiva la realidad misma del sacrificio, de la comunión, de los efectos salvadores de la Eucaristía con la cual Cristo nos promete una verdadera comunión de vida, la santificación de nuestro cuerpo, incluso la resurrección futura. Si no hay una presencia real, no hay acciones reales, no hay efectos objetivos. Nos quedamos en nuestra miseria, sin la compañía de Cristo, sin el don del Espíritu, sin la comunión eclesial en un solo Cuerpo, sin el sacrificio real de la nueva y eterna alianza. Ya san Ignacio de Antioquía veía en la negación del realismo eucarístico una negación del realismo de la Encarnación, de la pasión salvadora, de la verdadera Resurrección de Cristo. Todo sería apariencia. No habría realismo salvador.
Pero no es así. Las palabras de la Institución de la Eucaristía que recoge en este ciclo el primitivo relato de Marcos nos hablan con crudeza, con realismo semítico, de la verdad del don que Jesús hace en la Cena: Tomad, esto es mi cuerpo. Ofrece a los discípulos algo para comer, no una idea para comprender. Y ese algo es su cuerpo, su persona misma, la que va a ser entregada; y entran en comunión con la misma persona de Cristo. Esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos. Y mientras los discípulos se pasan el cáliz, la copa de la pascua, y beben, saborean el misterio del vino - sangre de la uva - que les permite empaparse de la sangre redentora y purificadora, la que va a ser derramada. Es sangre del pacto, de la alianza. No hay pacto más serio que el de la sangre, el de la vida. Y Dios en su amor hacia los hombres ha sellado su alianza con nosotros con la sangre de su Hijo. Y como esta es la alianza nueva y eterna, cada día se hace presente el único sacrificio de la única alianza nueva. Cristo que en virtud de un Espíritu eterno, como zarza ardiente, se ofreció al Padre una vez para siempre es en el cielo la víctima sagrada, el sacrificio sin mancha, y se hace presente en la tierra, en cada altar. Es el mismo sacerdote, la misma víctima. Es el mismo sacrificio de Cristo en el sacrificio de la Iglesia. Iglesia unida Cristo en alianza esponsal, en comunión de vida. Ofrecida con Cristo, porque es el Cuerpo del Señor se ofrece en lo que ofrece, pues al levantar al cielo el cuerpo y la sangre de Cristo, toda la Iglesia se eleva en el mismo gesto de ofrenda. Por eso el Corpus es fiesta de la Alianza Nueva en la Eucaristía, el arco iris de la paz y de la reconciliación que Dios ofrece cada día. Una alianza que pide un sí de amor, el culto del Dios vivo, una vida que prolonga la de Jesús, hecha amor y servicio.
* 1ª lectura: Deuteronomio 8,2-3.14-16
El camino de Israel en el desierto es interpretado como una prueba que ha humillado a Israel (vv. 2-3). La humillación consiste en que el pueblo ha experimentado "hambre", ha probado la incapacidad para procurarse con sus propias fuerzas el alimento y ha vivido la experiencia de recibir, como un niño, la comida de las manos de "otro": Dios lo ha nutrido con un alimento desconocido, el maná, un alimento "que ni tú ni tus padres conocían" (v. 3). En la experiencia de su impotencia y de su fragilidad, Israel descubrió un signo modesto pero eficaz del amor de Dios. El desierto ha enseñado a Israel que debe "comer", es decir, que debe aceptar y apropiarse de aquel pequeño signo de Dios para sobrevivir. Acoger este don es ya superar la prueba del desierto.
El maná es un signo de Dios y de su palabra, fuente de vida verdadera para el pueblo. Comprende el signo del maná quien reconoce que el hombre vive no solamente de pan, alimento que brota del esfuerzo del hombree sino también de la palabra del Señor "que sale de la boca de Dios", para entrar allí donde el hombre puede acogerla, en el oído y en el corazón.
El llamado que hace el Deuteronomio a la "memoria" del pueblo: "no sea que te olvides del Señor tu Dios" (v. 14), quien lo ha liberado de la esclavitud de Egipto y lo ha alimentado como un padre en el desierto, es una invitación a poner como fundamento de la existencia de Israel la presencia liberadora y providente del Señor.
* 2ª lectura: 1 Corintios 10,16-17
En esta breve alusión eucarística, Pablo subraya la dimensión de "participación" y de "comunión" que se deriva del hecho de recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor. La participación en la Eucaristía crea una comunión con Cristo tan profunda, que produce y sostiene la comunión entre los hermanos que forman la comunidad eclesial. Pablo establece un importante contraste entre la unidad del pan eucarístico y la multiplicidad de quienes participan en la mesa del Señor. El cuerpo eucarístico de Cristo es el fundamento y el alimento de la unidad del cuerpo eclesial. El pan único simboliza la unidad de la comunidad, la comida crea la comunión entre los que comen del mismo pan.
* 3ª lectura: Juan 20,19-23
En la última parte del discurso que Juan pone en boca de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús se presenta como "el pan vivo que ha bajado del cielo", que comunica la vida a quien lo "coma" (v. 51).
En el capítulo 6 de Juan, el discurso sobre la fe en Jesús y la alusión al sacramento eucarístico, conocido y vivido ya en las comunidades joánicas, están intrínsecamente relacionados. Todo el discurso es un llamado a la fe en Cristo encarnado durante su vida terrena y, al mismo tiempo, un llamado a la fe en Cristo presente sacramentalmente en el pan en el tiempo de la Iglesia. Ambas temáticas teológicas no son excluyentes y quieren acentuar el realismo de la encarnación del Hijo del hombre. La celebración eucarística, con su realismo sacramental, es el signo y el sello de la verdadera humanidad de Jesús.
En la afirmación: "el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida" (v. 51), el término "carne" (griego: sarx) designa la condición terrena de Jesús. El mundo encuentra la vida en la medida en que acepta y se adhiere incondicionalmente a Jesús, la Palabra hecha carne (Jn 1,14). El verbo "dar" en futuro, alude a la donación de la carne de Jesús en la cruz en un acto extremo de amor. Se afirma, por lo tanto, el efecto vivificante de la encarnación ("mi carne") y de la muerte de Jesús ("yo les voy a dar").
Los vv. 53-56 profundizan la misma temática. Los términos "carne" y "sangre" designan la condición humana del Hijo del hombre, y los verbos "comer" y "beber" significan el acto de fe como adhesión sin reservas a Cristo, que se ha entregado a la muerte por la salvación del mundo. Por medio de la fe se crea una comunión recíproca y misteriosa entre Cristo y el creyente, que va más allá de la vida terrena (v. 54: "yo lo resucitaré") y que Juan designa con el verbo "habitar" o "permanecer" (griego: meno): "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él" (v. 56). La comunión del discípulo con Cristo, se fundamenta y se nutre de aquella otra relación eterna y originaria, que es la comunión entre el Padre y el Hijo: "El Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por me' (v. 57).
El cuarto evangelio quiere mostrar que en Jesucristo se realiza la culminación del objetivo de la alianza entre Dios y el hombre. Este misterio de amor y de comunión se actualiza de forma excepcional en el misterio de la Eucaristía, en donde el mismo Jesús se une a quienes lo reciben, que llegan a vivir de él y serán resucitados por él "el último día" (v. 54). El alimento sacramental del pan y del vino dona al creyente la gracia de la comunión personal con Jesús.
SILVIO JOSÉ BÁEZ
IMPORTANCIA DE LA EUCARISTIA
Diversos documentos nos están recordando últimamente la importancia que tiene la Eucaristia en la vida de la comunidad cristiana. Especial relieve tuvo la encíclica del Papa "Ecclesia de Eucharistia" (2003). Y Juan Pablo II declaró que desde octubre del 2004 hasta el mismo mes de 2005, se celebrara el Año de la Eucaristía; esto fue acompañado de una carta apostólica, "Mane nobiscum Domine", que explica su sentido y objetivos. Todo ello destinado a profundizar y mejorar la comprensión, el aprecio y la celebración de este sacramento que Cristo nos dejó y que constituye su mejor herencia y el motor de toda la vida eclesial. Recordemos lo que dijo el Concilio Vaticano ll: la liturgia es "la fuente y la cima" de toda la vida cristiana, y en la cumbre, la Eucaristía (SC, 10; LG, 11). Vale la pena, pues, aprovechar la fiesta del Corpus para potenciar lo que el Santo Padre propone como objetivo principal de este Año: reavivar en todas las comunidades cristianas la celebración de la Misa dominical e incrementar la adoración eucarística fuera de la Misa" (n. 29).
ALIMENTO PARA LA VIDA CRISTIANA
La encíclica papal comienza afirmando que "la Iglesia vive de la Eucaristía". Efectivamente, el sacramento de la Eucaristia es el alimento que permite vivir a la comunidad y a cada uno de sus miembros. Y no sólo alimenta la vida actual, sino que nos abre a la vida para siempre. Este aspecto es especialmente subrayado en los textos de la liturgia de hoy. Sobre todo en el evangelio, donde se proclama un fragmento del capítulo 6 de san Juan: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo". Quien come este pan y bebe este vino, o sea su cuerpo ("mi carne") y su sangre, "tiene vida eterna". ya en la primera lectura se nos introducia este tema del alimento, con el texto del Deuteronomio en el que Dios alimenta con el maná al pueblo que pasa hambre en el desierto. Pero el alimento verdadero, "la verdadera comida y la verdadera bebida", más que el maná que Dios dio a los israelitas, es el Cuerpo y la Sangre de Jesús que recibimos en la Eucaristia.
ASOMBRO Y GRATITUD
La Eucaristía tiene una gran riqueza de contenidos a nivel teológico y espiritual. Recordemos que es el memorial de la muerte y resurrección del Señor, instituido por él mismo en la Última Cena con sus discípulos; que actualiza y hace presente el sacrificio de Jesús en la cruz; que es presencia real de Jesús en el pan y el vino... Los textos eucológicos se encargan de recordarlos.
Hoy, sin embargo, valdría la pena insistir en los "sentimientos de asombro y gratitud" que el misterio de la Eucaristía ha de suscitar en los creyentes por un misterio tan grande dado por Dios a su Iglesia. "Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística", dice el Santo Padre en su enciclica (n. 5). Y son también estas actitudes de adoración, de agradecimiento, de estima hacia Cristo presente en la Eucaristía, las que han motivado los actos de culto fuera de la Misa. Todos los documentos recientes insisten en subrayar (incluso recuperar) algunos de estos actos, debidamente purificados de exageraciones o desviaciones, para destacar esa dimensión que tan bien recoge la oración colecta de la Misa: "concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención". Habrá, pues, que destacar y potenciar hoy algún acto de este tipo: la procesión, sea por la calle o por dentro de la iglesia, allí donde sea posible; un acto de oración con exposición del Santísimo o ante el sagrario; o incluso un breve momento de adoración al final de cada Misa. Siempre, eso sí, asegurando la conexión entre estos actos de adoración eucarística y la misma celebración de la Misa.
COMUNIÓN Y SOLIDARIDAD
La celebración de la Eucaristía debe tener repercusiones en la vida de la comunidad y de cada uno de sus miembros. En primer lugar, el sentido de comunión y fraternidad entre todos los que formamos la comunidad y la Iglesia. San Pablo, en la segunda lectura de hoy, recordaba a los corintios: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan". La Eucaristía es el cuerpo de Cristo, pero la Iglesia también es el Cuerpo de Cristo, y el pan compartido nos debe ayudar a sentirnos hermanos.
Y, en la misma línea, la Eucaristía es también "principio y proyecto de misión", según el título que el mismo Juan Pablo II dio al capítulo IV de su carta apostólica. La Eucaristía debe animarnos a dar testimonio de nuestra fe, y también a comprometernos en un "proyecto de solidaridad para toda la humanidad", en un "compromiso activo por la edificación de una sociedad más justa y fraterna". Recordemos que hoy tiene lugar la colecta de Cáritas a favor de los más necesitados, que es una buena forma de concretar ese compromiso: "Por el amor recíproco y, en especial, por el desvelo por el necesitado seremos reconocidos como discípulos auténticos de Cristo. Éste es el criterio básico con arreglo al cual se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas" (n. 27-28).
XAVIER AYMERICH
El ser humano se acostumbra fácilmente a las cosas extraordinarias y tiende a considerarlas como normales, sin reconocerles ya la riqueza de significado interior que les es propia. Ésa es la actitud de muchos cristianos (¿también la nuestra?) frente al regalo de la Eucaristía hecho por Cristo a su Iglesia. Nos falta la capacidad de sorprendernos y maravillarnos ante tan gran misterio de nuestra fe. Las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy parecen orientadas precisamente a despertar ese sentido de maravilla ante lo increíble; una maravilla que se traduzca en actitudes de vida coherentes.
Ya la primera lectura, que nos ayuda a comprender muchas alusiones que encontraremos en el discurso eucarístico de Jesús, trata de evocar en el corazón de los israelitas, después de tantos años, no sólo el recuerdo de los beneficios pasados, sino también la conmoción ante la benevolencia de Dios para con sus padres durante la fatigosa peregrinación por el desierto.
Lo que el desierto no podía dar por sí solo, lo había realizado «la palabra que sale de la boca del Señor» (Dt 8,3). Por eso nada impide que en los tiempos de la Nueva Alianza supere Dios el regalo mismo del "maná" con un Alimento aún más misterioso y rico, para saciar el hambre de su pueblo, que continúa la difícil peregrinación por el desierto de la vida.
Ese Alimento nuevo, más misterioso y rico, que Dios nos da, prefigurado por el maná y por el agua brotada de la roca, será la Carne y la Sangre de Cristo, inmolado por nosotros en la cruz.
El pasaje del evangelio es sólo una pequeña parte del maravilloso discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. Como sucede muchas veces en el evangelio de Juan, la incomprensión de los oyentes da a Jesús la oportunidad de insistir en su pensamiento y de profundizarlo. Así tenemos aquí estas palabras de Jesús (Jn 6,53-58), que llegan a la cumbre de la revelación del misterio que Él quiere transmitir y que sin duda causan mayor asombro, si hay que entenderlas no como una simple metáfora sino como algo real.
Precisamente por eso, Jesús se expresa con un gran realismo.Tenemos en primer lugar el énfasis de la frase «en verdad, en verdad les digo» en el v.53. Luego habla El de "verdadera comida" y "verdadera bebida" (v.55). Además, el verbo con que se designa la acción de "comer" (vv. 54.56.57.58) es un verbo griego (trogo) muy intenso, que significa propiamente "triturar", "devorar", con el que no se describe una acción simbólica sino crudamente realista.
También hay que notar cómo Jesús habla insistentemente en estos versículos de la "vida" que tendrán quienes coman de Él: versos 51, 54 y 58. Y esta "vida", comunicada por la participación en el Cuerpo y la Sangre del Señor, es la misma vida que hoy vive el Hijo de Dios en la gloria (v. 57); es una vida de resucitados en Cristo. Cristo vive "por el Padre", porque de Él recibe todo su ser, al interior del misterio trinitario, y porque de Él ha recibido la vida nueva en la resurrección. El cristiano vive "por Cristo" en la medida en que en todo lo que hace y piensa se deja guiar por Él y a Él se orienta todo entero. De tal modo, la Eucaristía es para el cristiano el medio indispensable de participación en el mundo de lo divino; para tener la plenitud de la vida que viene de Dios.
¡Que nuestra celebración eucarística en esta hermosa fiesta nos obtenga del Señor todas las gracias que Él quiere comunicarnos por medio de este sacramento!
CARLOS SOLTERO, S.J.
LA PALABRA DE DIOS HOY
SI NO COMEN USTEDES DE ESTE PAN,
NO TENDRÁN VIDA
"PORQUE EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE, PERMANECE EN MÍ Y YO EN ÉL".