III DOMINGO DE PASCUA
6 de abril 2008, Ciclo A

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Proyecto de homilía     Dios Hoy




Casulla_Blanca

ANTÍFONA DE ENTRADA Del salmo 65,1-2

Aclamen al Señor, habitantes todos de la tierra canten un himno a su nombre, denle gracias y alábenlo. Aleluya.


ORACIÓN COLECTA

Señor, tú que nos has renovado en el espíritu al devolvernos la dignidad de hijos tuyos, concédenos aguardar, llenos de júbilo y esperanza, el día glorioso de la resurrección.
Por nuestro Señor Jesucristo...

PRIMERA LECTURA

No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 2,14.22-33

El día de Pentecostés, se presentó Pedro, junto con los Once, ante la multitud, y levantando la voz, dijo: "Israelitas, escúchenme. Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes, mediante los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por medio de él y que ustedes bien conocen. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, Jesús fue entregado, y ustedes utilizaron a los paganos para clavarlo en la cruz.

Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, ya que no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. En efecto, David dice, refiriéndose a él: Yo veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que él está a mi lado para que yo no tropiece. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua se alboroza; por eso también mi cuerpo vivirá en la esperanza, porque tú, Señor, no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que tu santo sufra la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia.

Hermanos, que me sea permitido hablarles con toda claridad; el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente suyo ocuparla su trono, con visión profética habló de la resurrección de Cristo, el cual no fue abandonado a la muerte ni sufrió la corrupción.

Pues bien, a este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Llevado a los cielos por el poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido a él y lo ha comunicado, como ustedes lo están viendo y oyendo".
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL Del salmo 15

R/. Enséñame, Señor, el camino de la vida. Aleluya.

Protégeme Dios mío, pues eres mi refugio.
Yo siempre he dicho que tú eres mi Señor.
El Señor es la parte que me ha tocado en herencia:
mi vida está en sus manos. R/.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor
y con él a mi lado, jamás tropezaré. R/.

Por eso se me alegran el corazón y el alma
y mi cuerpo vivirá tranquilo,
porque tú no me abandonarás a la muerte
ni dejarás que sufra yo la corrupción. R/.

Enséñame el camino de la vida,
sáciame de gozo en tu presencia
y de alegría perpetua junto a ti. R/.

SEGUNDA LECTURA

Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha.

De la primera carta del apóstol san Pedro: 1,17-21

Hermanos: Puesto que ustedes llaman Padre a Dios, que juzga imparcialmente la conducta de cada uno según sus obras, vivan siempre con temor filial durante su peregrinar por a tierra.

Bien saben ustedes que de su estéril manera de vivir, heredada de sus padres, los ha rescatado Dios, no con bienes efímeros, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, al cual Dios había elegido desde antes de la creación del mundo y, por amor a ustedes, lo ha manifestado en estos tiempos, que son los últimos. Por Cristo, ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo llenó de gloria, a fin de que la fe de ustedes sea también esperanza en Dios.
Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr Lc 24,32

R/. Aleluya, aleluya.

Señor Jesús, haz que comprendamos las Escrituras. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas. R/.

EVANGELIO

Lo reconocieron al partir el pan.

Del santo Evangelio según san Lucas: 24,13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" El les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el Nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicto las mujeres, pero a él no lo vieron.

Entonces Jesús les dijo: ¿¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer." Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.

Credo

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Acepta, Señor, los dones que te presentamos llenos de júbilo por la resurrección de tu Hijo, y concédenos participar con él, un día, de la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Pascua I-V

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Lc 24,35

Al atardecer del día de la resurrección, los discípulos reconocieron al Señor cuando partió el pan. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Mira, Señor, con bondad a estos hijos tuyos que has renovado por medio de los sacramentos, y condúcelos al gozo eterno de la resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor.

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Emaus

ABRIR LOS OJOS
Y RECONOCER A JESÚS

En el día de la resurrección, dos discípulos desconocidos para nosotros caminaban hacia un pueblo llamado Emaús. Conversaban y discutían sobre todo lo sucedido a su maestro. Estaban tristes, confundidos, llenos de rabia e impotencia. Jesús les sale al encuentro. Se interesa por ellos, por lo que platican, por lo que sienten. Jesús camina a su lado, los acompaña, los escucha... aunque éstos sigan con su dureza de corazón y sus ojos velados. Jesús -sin revelar de entrada su identidad- les ayuda a recuperar la historia a través de preguntas. Una historia llena de luces y sombras. Los dos reconocen que Jesús "era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo", pero no pueden creer que sea el Mesías. La muerte de Jesús, buscada y aprobada por los jefes políticos y religiosos, no deja de ser un escándalo. Se sienten mal por haber creído y apostado por Jesús: "Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo...". Reconocen algunos datos de la historia más reciente que pueden ser esperanzadores: el sepulcro vacío, el testimonio de las mujeres y algunos discípulos, el anuncio de los ángeles... pero ellos siguen en su ceguera. Y es aquí cuando Jesús interviene y les dice: "¡Que insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara a su gloria?". Con la misma paciencia con que Jesús los escuchó y les ayudó a recuperar la historia, ahora les explica las Escrituras que se refieren a él. Y aún así no lo reconocieron. Al caer la tarde, ya casi llegando a Emaús, Jesús acepta la invitación de quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa y Jesús parte y comparte el pan... por fin se les abren los ojos y lo reconocen. Esto los llena de fe, alegría, esperanza...

El evangelio de este domingo nos invita a abrir los ojos y reconocer a Jesús en la vida diaria, en la historia, en la Palabra, en la Eucaristía... "De veras ha resucitado el Señor", éste es nuestro gozo y nuestro anuncio.

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Notas exegéticas

* 1ª lectura: Hechos 2,14.22-33

El texto es un fragmento del primer discurso de Pedro dirigido a Israel. Inicia con una invitación a la escucha: "escúchenme" (v. 22), como en los grandes discursos del Deuteronomio (Cfr Deut 4,1; 5,1; 6,4; 9,1; etc.). Después expone sintéticamente la praxis de Jesús, que con sus milagros y signos ha inaugurado el tiempo de la salvación y ha hecho presente el poder liberador de Dios (v. 22). En tercer lugar denuncia la injusta muerte a la que fue condenado, como parte del misterioso designio divino. Finalmente Pedro anuncia la intervención de Dios que ha librado a Jesús de la muerte: "Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte" (v. 24).

El texto griego del v. 24 se refiere textualmente a los "dolores de la muerte" (odines tou thánatou). La palabra griega odin indica los dolores que acompañan el parto (Cfr Mt 24,8; Mc 13,8; 1 Tes 5,3), que en la escatología judía tardía eran símbolo del final de la historia. La muerte es representada como una mujer que da a luz, y la Resurrección como un nacimiento en el seno de la muerte. Esta última no ha podido impedir este "parto", de igual forma que una mujer no puede retener en su seno al hijo que está a punto de nacer. Dios ha puesto fin a "los dolores de la muerte", arrancando a Jesús de sus entrañas: "no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio" (v. 24).

El núcleo central del discurso de Pedro es la Pascua de Cristo, que según una praxis exegética de la comunidad cristiana primitiva se describe utilizando un texto bíblico: el texto griego del Salmo 16 (vv. 25-28), que expresa la fidelidad gozosa del creyente y su certeza de salvación y felicidad plena.

* 2ª lectura: 1 Pedro 1,17-21

Se exhorta a los cristianos a que asuman con seriedad y responsabilidad la propia existencia. Tal exhortación se fundamenta en el evento pascual, que ha "rescatado" al cristiano de una existencia vacía y sin sentido (v. 18), en virtud de "la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha" (v. 19).

Su sangre es el precio que ha redimido a la humanidad esclavizada; como "Cordero" se ha sacrificado y ha expiado los pecados de los hombres (Cfr Is 53). El misterio de Cristo es presentado en tres momentos: su origen eterno, su manifestación histórica al final de los tiempos, y su Pascua, fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.

* 3a lectura: Lucas 24,13-35

La narración se articula en torno a dos escenas principales. En la primera escena (vv. 13-29), mientras los dos discípulos conversan durante el camino, Jesús les explica las Escrituras; en la segunda escena (vv. 30-32), sentados a la mesa, los dos discípulos reconocen a Jesús al recibir de sus manos el pan. La primera escena está centrada en la escucha de la palabra de Jesús, cuando los ojos de los discípulos "estaban velados y no lo reconocieron" (v. 16); la segunda parte culmina cuando "se les abrieron los ojos y lo reconocieron" (v. 31). La escucha prepara el reconocimiento del Resucitado, que no es perceptible a los ojos materiales, sino solamente reconocido en la fe. De hecho, apenas lo reconocen, "él se les desapareció" (v. 31). su presencia es más que presencia física.

Cristo Resucitado es quien toma la iniciativa de acercarse a aquellos hombres que caminan tristes y sin esperanza, revelando así la gratuidad del encuentro y la particular comprensión lucana de la resurrección. Sin embargo, no basta que Jesús sea cercano para que sea reconocido. El simple ver de los ojos no basta (v. 16). Jesús toma de nuevo la iniciativa, los interroga y los escucha. Y a partir de la realidad comienza a explicarles la Escritura (v. 27). El Resucitado es el "exegeta" por excelencia de las antiguas Escrituras (Cfr 2 Cor 3,14-16), que se convierten en la clave fundamental para interpretar la vida y la historia. Los dos discípulos conocían unos datos, Jesús Resucitado les revela su sentido. Más tarde comentarán: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!" (v. 32).

A cierto punto del camino, ellos lo invitan a quedarse en casa (v. 29). A la acogida sigue la fracción del pan (v. 30). El compartir el mismo pan es más que la hospitalidad. En la Biblia el compartir la mesa crea comunión entre los comensales. Al poner en común el pan se crea, en cierto modo, alianza y amistad. Lucas, con la frase: "tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió. . ." (v. 30), da a aquella comida la forma litúrgica de una Eucaristía, el signo por excelencia de comunión entre Dios y el hombre, y de los hombres entre sí. Este ambiente de amistad y de acogida, de fe y de fraternidad, es condición imprescindible para experimentar al Resucitado: "Entonces se les abrieron los ojos" (v. 31).

La fe ha ocupado el lugar de la tristeza y de la desesperanza. Regresan a Jerusalén y son portadores de una palabra de vida (v. 35). En medio de la noche no dudan en iniciar el camino de regreso para contar a los hermanos la extraordinaria experiencia (vv. 32-35).

SILVIO JOSÉ BÁEZ

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Orientaciones para la celebración

CLIMA PASCUAL

Estamos ya en la tercera semana de Pascua, y todas las celebraciones dominicales -empezando exactamente igual por las Eucaristías adelantadas al sábado- deberían tener un ambiente claramente pascual.

Esto se nota en los cantos, en el adorno festivo del lugar celebrativo, en el Cirio destacado, y sobre todo en el tono de las moniciones y de la homilía, que deben corresponder al entusiasmo que respiran las lecturas de hoy. En el conjunto debe oírse claramente el pregón que sigue teniendo plena actualidad: que Dios ha resucitado a Cristo Jesús de una vez por todas. Esta es la noticia que da sentido a nuestra vida de cristianos.

La celebración misma -tanto las lecturas como las oraciones y esperemos que los cantos- tienen una dinámica interior llena de esperanza y optimismo. Deberíamos respetarla y potenciarla.

NUESTRO VIAJE A EMAÚS...

También a nosotros nos puede pasar lo que a los dos discípulos que escaparon de Jerusalén y se dirigieron a su casita de Emaús.

También nosotros sabernos de momentos de duda, de desilusión ("Nosotros esperábamos..."), de incredulidad (ellos no creyeron ni a las mujeres ni a los otros discípulos que habían visto el sepulcro vacío), de "ceguera" espiritual (ellos no supieron reconocer al Señor en el viajero que se les acercó).

También en nuestra vida hay momentos de crisis, de eclipse, de ojos cerrados, porque si tal vez nunca ha sido fácil ser cristianos, ahora lo es menos. Y hace falta bastante valentía para descubrir la presencia de Cristo en nuestra vida y dar testimonio de él en el mundo de hoy.

Lo peor es que abandonemos la comunidad, como aquellos dos, y nos vayamos a nuestro "Emaús" particular. A la comunidad no se la abandona, sobre todo en momentos de crisis. Prescindir de ella nos hace todavía más difícil "reconocer al Señor" en nuestro camino.

...Y NUESTRA VUELTA A JERUSALÉN

Ojalá nos pase lo que les sucedió a los de Emaús. A pesar de su torpeza mental -Jesús se la echó en cara-, finalmente llegaron a reconocer al Señor.

Podríamos decir que el cambio empezó en su detalle de caridad: tuvieron la delicadeza de invitar al "peregrino" a quedarse con ellos. También fue decisiva la escucha de sus palabras, con las que les fue explicando las Escrituras y ayudándoles a entender los planes de Dios. Ya entonces "les ardía el corazón".

Pero sobre todo se les abrieron los ojos en la "fracción del pan", que aquel día no podía ser aún la Eucaristía (hasta Pentecostés no se concibe que se pusiera en marcha la vida de la comunidad), pero que Lucas nos cuenta con terminología claramente eucarística, porque tiene la intención de invitarnos a nosotros, las generaciones siguientes, a tener este mismo "encuentro" con el Señor, y precisamente en "la Eucaristía del primer día de la semana".

También podemos ver cómo, además de "reconocer" al Resucitado en la caridad, en la Palabra y en la Eucaristía, esto se completó con la comunidad. Cuando volvieron a Jerusalén -esta vez corriendo, llenos de alegría y con los ojos bien abiertos- se encontraron con los otros discípulos que les aseguraban que sí, que había resucitado el Señor. ¿No son las mismas "claves" de nuestro encuentro con el Resucitado: la comunidad reunida, la escucha de la Palabra, la Eucaristía y el compromiso de la caridad fraterna?

LOS EFECTOS EN NUESTRA VIDA

Como a aquellos primeros cristianos, también a nosotros el encuentro con el Señor, sobre todo en la Eucaristía dominical, debería transformar nuestra vida. ¿Se está notando que las dos primeras semanas de la Cincuentena nos han cambiado la cara, que hay más alegría, más ánimos, más valentía en nosotros? Podríamos vernos reflejados en el valiente discurso de Pedro el día de Pentecostés, delante de todo el pueblo. Pocos días después de la crucifixión de Cristo y de la muestra de cobardía de Pedro, negándolo por tres veces, ahora éste último proclama a todos que Dios ha resucitado a Cristo y que sólo en él puede la humanidad encontrar la salvación.

También la Carta de Pedro nos recomienda que tomemos en serio nuestra vida de cristianos. Habiendo sido rescatados al precio de la sangre de Cristo Jesús, y apoyados en la fe y esperanza que hemos puesto en Dios, deberíamos ir creciendo en nuestra vida pascual y ser testigos del Resucitado en nuestra familia, en nuestro círculo de trabajo y amistad, en la sociedad en la que vivimos, que necesita, más que de discursos y teorías, de ejemplos de vida consecuente.

J. ALDAZÁBAL

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Proyecto de homilía

Continúa la atmósfera de alegría por el acontecimiento pascual que aún estamos celebrando. Da de ello testimonio la antífona que introduce nuestra celebración (Sal 65,1-2). Pero juntamente con esa alegría hay también un esfuerzo por penetrar mejor, a la luz de la fe, el significado permanente de la Pascua para cada uno de nosotros. Esfuerzo que hicieron ciertamente los primeros cristianos y que debemos seguir haciendo nosotros, en las diversas situaciones en que hemos de dar testimonio de que Dios «ha resucitado a Cristo de entre los muertos y le ha dado la gloria; de modo que nuestra fe y nuestra esperanza estén fijas en Dios» (1 Pe 1,21).

En esta línea parecen moverse las tres hermosas lecturas bíblicas de hoy, que nos dan ejemplos concretos de interpretación y de acercamiento vital al misterio siempre nuevo de la Pascua.

La primera lectura está tomada del largo discurso de San Pedro el día de Pentecostés, con el que quería explicar a sus oyentes el significado de aquel acontecimiento. La venida del Espíritu es la demostración de la verdad de la resurrección del Señor. Precisamente porque Cristo ha resucitado de entre los muertos, pudo enviarnos su Espíritu de donde está junto al Padre.

Además de eso, Pedro se esfuerza por hacer comprender que todo lo que le había sucedido a Jesús de Nazaret entraba en un designio preestablecido por Dios. Lo que a muchos había podido aparecer como una desgracia y un fracaso era, en realidad, la exaltación de la omnipotencia y del amor del Padre para con los hombres.

También la segunda lectura nos hace comprender que somos destinatarios de un proyecto de amor de parte de Dios, que se ha manifestado y realizado en Cristo. La Sagrada Escritura está ahí para revelárnoslo.

El hermoso pasaje evangélico, que nos describe la aparición de Jesús a los discípulo que se iban a Emaús, tiene su clave de interpretación en una atenta relectura de las páginas del Antiguo Testamento, que ya preanunciaban y preparaban el misterio de Cristo, incomprensible sin ese mensaje.

Los dos discípulos están convencidos de que todo ha terminado con la condena a muerte de Jesús. La sospecha de la resurrección ni los toca siquiera. Para ellos, las esperanzas de una "liberación" de Israel se han derrumbado para siempre (Lc 24,21). Esto último nos indica qué tipo de Mesías esperaban esos dos discípulos, y todos los demás: un Mesías poderoso que habría aplastado fácilmente a sus enemigos. ¡Todo lo contrario de lo que había sucedido en la cruz!

Precisamente de allí comienza Jesús a catequizar a los discípulos, haciéndoles ver cómo la Escritura había preanunciado precisamente ese escándalo (vv. 25-27). La Palabra de Dios vuelve a ser un mensaje de fe, que sólo puede ser asimilada en toda su riqueza con una disposición de fe. Es lo que experimentan los discípulos, cuando el Maestro les explica las Escrituras, como reconocerán más tarde.

Pero, junto con la Escritura, hay otro signo en el que se reconoce la presencia del Señor resucitado en medio de nosotros: el signo eucarístico. Los discípulos invitan a Jesús a una cena ordinaria; pero las acciones que Él realiza aluden a una celebración eucarística (v. 30). Es evidente la conexión que quiere hacer San Lucas con el relato de la institución de la Eucaristía (Cf. Lc 22,19).

Es importante advertir que el relato del encuentro de aquellos discípulos con el resucitado termina con las palabras "lo reconocieron en el partir el pan".

También nosotros, en la celebración de la Eucaristía nos reunimos para la lectura de la Sagrada Escritura para pronunciar nuestra profesión de fe y para que el Señor parta para nosotros el pan. Pidámosle que también nosotros sintamos arder nuestros corazones y crezca más cada día nuestra fe en Él.

CARLOS SOLTERO, S.J.

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LA PALABRA DE DIOS HOY

NOSOTROS ESPERÁBAMOS...

Si era necesario que Cristo padeciera todo esto para entrar en su gloria, también es necesario que nosotros suframos algo para entrar en ella junto con él.

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