La Cena del Señor

El Viñador

INICIACIÓN EUCARÍSTICA
Autor: Alberto Aranda C. M.Sp. S.


INTRODUCCIÓN

El domingo 12 de febrero del año 304, un grupo de 49 cristianos fue sorprendido celebrando la Eucaristía en Abitina, en la actual Túnez. Estaba totalmente prohibido, bajo pena de muerte, el culto cristiano. La administración romana cuidadosamente les sigue un proceso, cuyas actas se conservan.

«¿Asististe a la reunión?», es la pregunta que se hace a cada uno de los convictos, entre los que hay jóvenes, niños y viejos, hombres y mujeres. «Soy cristiano» es también la respuesta de todos. «No te pregunto si eres cristiano sino si asististe a la reunión». «Es que no puedo ser cristiano sin la Eucaristía», es la admirable respuesta.

«No puedo ser cristiano sin la Eucaristía dominical», y hay que recordar que en aquella época, por una parte el domingo no era todavía día de descanso y que la obligación legal de la asistencia dominical a la Eucaristía todavía estaba lejana de ser codificada.

«No puedo ser cristiano sin la Eucaristía dominical», ¡qué clara y decidida convicción! ¿De dónde procedía?

Cómo contrasta con otras afirmaciones que hoy, a veces, escuchamos. Como Mimí, la heroína de la ópera La Bohème, muchísimos cristianos dicen: «No voy siempre a Misa, pero siempre ruego al Señor», o también: «yo soy cristiano pero a mi modo». ¿Se puede ser cristiano de modo distinto al de Cristo?

«Yo voy a Misa cuando 'me nace'», ¿se puede ser cristiano sólo desde una oportunidad de sentimiento?, ¿y no desde una convicción amorosa?

La ambición de este sencillo libro, sin pretensiones científicas, es lograr en sus lectores esa convicción amorosa.

Una conocida obra musical --«Godspell»-- de notable inspiración religiosa, tenía una bella canción: «Tres cosas te pido, Señor: conocerte más luminosamente, amarte más tiernamente, seguirte más de cerca».

Este también es mi deseo para esta obra.

No esperes, pues, un «Directorio» de la celebración de la Misa, ni un tratado histórico o dogmático. No esperes encontrar ni un aparato crítico ni una bibliografía.

El documento básico de la renovación conciliar de la liturgia es la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC).

Cuatro son los principales documentos eclesiales sobre Eucaristía:

La Instrucción General para el uso del Misal Romano (IGMR).

La Ordenación de las lecturas de la Misa (OLM)

El Directorio de Misas para niños (DMN)

El Ritual de la Sagrada Comunión y culto eucarístico fuera de la Misa (RSC)

Encontrarás, al final de cada capítulo, unas reflexiones.

Son solamente sugerencias para discusión comunitaria o para profundización personal. Puedes, desde luego, variarlas, aumentarlas, suprimirlas.

En las dudas dirígete a los textos eclesiales citados más arriba.

Quiero dedicar esta obra a todas las personas que me han ayudado a conocer y amar la Eucaristía, la primera, a mi madre.

Agradezco profundamente la ayuda que recibí del Padre Pedro Ignacio Rovalo, S.J., compañero de trabajo, por sus sugerencias y correcciones, y de todas las personas que hicieron posible esta publicación.


I. LOS ORIGENES

A. EL PRINCIPIO

El origen está en el mandato del mismo Cristo a sus apóstoles, de repetir en conmemoración suya los gestos y las palabras con las que él había celebrado el rito pascual de la Cena y con las que establecía su propio memorial de la Pascua. La narración más antigua que tenemos de la Cena del Señor es del año 55. Pablo estaba muy preocupado por la forma abusiva como se estaba celebrando en Corinto. Sentía Pablo que se estaba hiriendo algo fundamental en la comunidad, y escribe desde Efeso: «Porque yo recibí del Señor lo que yo les transmití, que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: 'Esto es mi Cuerpo entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía. Del mismo modo tomó también la copa y dijo: «Este cáliz es la nueva alianza, sellada con mi sangre. Cuantas veces beban de él, háganlo en memoria mía. Así pues, siempre que coman de este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor hasta que él venga» (I Cor 11, 23-26).

En forma muy similar, tenemos las narraciones de los evangelistas sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas. En ellos es muy claro el contexto pascual de la última Cena. Lucas es el que da más detalles de la cena pascual y, al igual que Pablo, nos presenta el mandato de Cristo: «Hagan esto en memoria mía». Las narraciones de Mateo y Marcos denotan ya un uso litúrgico.

Nos podría extrañar que Juan no tenga la narración de la Institución, pero nos da, con gran riqueza, la doctrina eucarística en el capítulo sexto de su evangelio, en el llamado «Sermón del Pan de Vida».

Lucas también nos hablará de la experiencia que tuvieron de Cristo, la noche misma del día de Pascua, los discípulos de Emaús, que reconocieron a Cristo «en la fracción del pan» (24, 13-35).

Juan nos habla de la misma experiencia dominical del Señor el día mismo de la resurrección y «ocho días después» (20, 19-29).

Luego Lucas nos narrará una «Misa» en Troade. «El primer día de la semana (domingo) estando nosotros reunidos para la fracción del pan...» (Hech 20, 7-12).

• Leer atentamente las cuatro narraciones de la Cena del Señor:

               Mateo 26, 17-30
               Marcos 14, 12-26
               Lucas 22, 7-38;
               Pablo I Corintios 11, 17-34

     ¿ En qué coinciden estas narraciones?

      ¿En qué son distintas?

      • Leer también el capítulo VI del evangelio de Juan, especialmente «el sermón
        del Pan de Vida».

                - 6, 1-15 - la multiplicación de los panes
                - 6, 22-71- «El Sermón»

      • Leer Juan 20, 19-25 - la primera aparición a los discípulos

                20, 26-29 - la aparición «ocho días después»
                Hech 20, 7-12 - la Misa en Troade.

B. LOS ANTECEDENTES

Nuestra Eucaristía tiene dos antecedentes que vienen del judaísmo. No nos extrañe; Jesús, los apóstoles, la comunidad primitiva, eran judíos.

-- Para nuestra liturgia de la Palabra, el antecedente es la reunión sabática de las sinagogas.

Sabemos que, muy probablemente, se desarrollaba así:

- Después de un canto bendicional, se hacía

- una proclamación de la unidad de Dios, seguida de «las dieciocho bendiciones», a cada una de las
                    cuales el pueblo clamaba: Amén.

- Venían las lecturas:

1a. La ley, es decir, tomada de uno de los primeros cinco libros de la Biblia (Torah o Pentateuco).

2a. Los profetas, tomada de uno de los otros libros bíblicos considerados complemento de los
                        primeros.

- La «homilía», un comentario de las lecturas leídas, según la tradición oral o midrash.

- Oraciones por las necesidades de la comunidad hebrea, y una bendición.

- Se terminaba con una colecta para los pobres.

-- Nuestra liturgia eucarística tiene su origen en uno de los ritos principales de la liturgia judía: la cena
    pascual.

Sabemos cómo este rito conmemorativo de la liberación del pueblo hebreo al salir de la opresión de Egipto, conjunta dos ritos diferentes, uno más primitivo, el del cordero pascual, propio de un grupo nómada pastor, y otro, el del pan nuevo, sin levadura, posterior y propio de un pueblo sedentario, agrícola.

El rito tiene cuatro partes, cada una de ellas marcada con una bendición a Dios por todos sus beneficios, expresados por medio de una copa de la que se comparte.

1. Preparación. Primera bendición, el lavado ritual de las manos, las hierbas amargas, recuerdo de la
                      esclavitud.

2. Una gran catequesis, con la explicación de los textos del Exodo, cumpliendo con lo que pide 12,
                      26 y 27, y 13, 8.

Se canta la primera parte del Hallel, Salmos 113— 114,8.

La cena ritual.

3. La principal bendición de la noche con la tercera copa, «la copa de bendición».

Ver Lucas 22, 20 y 1 Cor 10, 16.

4. Se termina el Hallel, Salmos 114, 9-118. El gran Hallel, salmo 136.

-- Se ve también un influjo en las cenas sabáticas de Haburah (de Haber=amigo), grupos de amigos unidos por su fe. una comida con una amplia introducción y conclusión oracionales.

Aún hoy, los judíos pueden decir: «Nuestras mesa pueden ser convertidas en altares de Dios... el comer participa de la naturaleza del sacrificio y está revestido de la naturaleza de lo sagrado...» (Síntesis del ShulVan Aruj de Iosef Karo, Ed. Sigal, 1968, p. 64).

• ¿Qué parecidos encuentras entre las celebraciones judías de la sinagoga, la cena
     pascual y las cenas de Haburah con nuestra Misa?

• Busca Luc 22, 17 y 22 ¿por qué habla Lucas de dos copas?

• Igualmente Mateo 26, 30 y su paralelo, Marcos 14, 26: ¿qué revelan de la cena
   pascual judía?

• La narración de la cena en Juan 13, 1-20, ¿qué dice del rito judío de la cena?


II. EL DESARROLLO


La comunidad cristiana recibió el mandato de Cristo: «Hagan esto en memoria mía», y lo consideró desde el principio su máxima expresión.

Tenemos datos muy antiguos, veamos algunos:

-- La Didajé, es un escrito del siglo I. Es una compilación de diversas fuentes tomadas de la tradición de varias comunidades.

Capítulo XIV. La Eucaristía del domingo

«El día del Señor, congréguense en asamblea para la fracción del pan y la Eucaristía, tras haber confesado sus pecados, para que su sacrificio sea puro.

Todo aquel que tenga alguna contienda con un compañero suyo, no se junte a ustedes, mientras no se haya reconciliado, para que no se profane su sacrificio.

Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor: «En todo lugar y en todo tiempo se me ofrece un sacrificio puro, porque yo soy un rey grande, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones.»

-- La Apología primera de Justino

Justino, filósofo de origen palestino, convertido al cristianismo. Escribió dos apologías dirigidas al emperadorAntonino Pio (138-161). Murió mártir.

- Apología I

66. Eucaristía después del Bautismo

«...Después de así lavado el que ha creído y se ha incorporado a nosotros, lo llevamos a los llamados hermanos, allí donde están reunidos, con el fin de elevar fervorosamente oraciones en común por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado, y por todos los demás esparcidos por el mundo entero, suplicando se nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, ser hallados, por nuestras obras, hombres de buena conducta y cumplidores de lo que se nos ha mandado, de suerte que podamos conseguir la vida eterna.

Terminadas las preces, nos damos mutuamente el beso de paz. Luego, al que preside entre los hermanos, se le ofrece pan y una copa de agua y de vino mezclado con agua y, tomándolos, él tributa alabanza y gloria al Padre del Universo, por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo, y pronuncia una larga Eucaristía, por habernos concedido esos dones que de él nos vienen.

Y cuando el Presidente ha terminado las preces y la Eucaristía, todo el pueblo presente aclama diciendo: «Amén».

«Amén» en hebreo quiere decir: «Así sea». Y una vez que el Presidente ha pronunciado la Eucaristía y que todo el pueblo ha aclamado, los que entre nosotros se llaman diáconos, dan a cada uno de los asistentes parte del pan y del vino y agua eucaristizados, y lo llevan también a los ausentes.»

67. Eucaristía dominical

«El día que se llama del Sol, se celebra una reunión de todos los que habitan en las ciudades o en los campos. Allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, las Memorias de los Apóstoles o los escritos de los Profetas. Luego, cuando el lector termina, el Presidente, de palabra hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos.

Seguidamente, nos levantamos todos a una y elevamos nuestras plegarias, cuando se terminan, como ya dijimos, se ofrece pan y vino y agua, y el Presidente, según sus fuerzas, eleva igualmente a Dios sus plegarias y Eucaristías y todo el pueblo aclama diciendo «Amén».

Viene a continuación la distribución y participación de los alimentos eucaristizados y su envío, por medio de los diáconos, a los ausentes.

Los que tienen bienes y quieren, cada uno según su libre determinación, dan lo que bien les parece; y lo recogido se entrega al Presidente y él socorre con ello a huérfanos y viudas, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso. En una palabra, él se constituye en provisor de cuantos se hallan en necesidad.

Celebramos esta reunión el día del Sol por ser el día primero en el cual Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo; y también por ser el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Pues es de saber que le crucificaron el día antes al de Saturno; y el día siguiente al de Saturno, que es el día del Sol, apareciéndose a sus Apóstoles y discípulos, nos enseñó estas mismas cosas que nosotros os exponemos para vuestro examen.»

-- «La Tradición Apostólica» de Hipólito

Hipólito es un sacerdote influyente, escritor fecundo, adversario del Papa Calixto, cismático; se reconcilió con el Papa Ponciano y murió en el destierro.

La Tradición Apostólica nos da el texto más antiguo de una Oración eucarística. Fue escrita en el 213.

Anáfora de Hipólito

«Una vez consagrado el obispo, que todos le den el beso de paz y lo saluden, porque ha sido constituido en dignidad; que los diáconos le presenten la oblación y que él, extendiendo las manos sobre ella con todo el presbiterio, diga dando gracias:

Obispo: El Señor esté con ustedes. Pueblo: Y con tu espíritu

Obispo: Levanten sus corazones

Pueblo: Los tenemos levantados hacia el Señor

Obispo: Demos gracias al Señor

Pueblo: Es justo y necesario

Obispo: Te damos gracias, oh Dios, por Jesucristo, tu Hijo amado a quien en los últimos tiempos Tú nos lo               enviaste para que fuera nuestro Salvador y Redentor y mensajero de tu designio. Él es tu Palabra               inseparable por quien hiciste todas las cosas, en quien tienes tus complacencias, a quien enviaste del               cielo al seno de la Virgen, quien habiendo sido concebido, se encarnó y se manifestó como Hijo tuyo               nacido del Espíritu Santo y de la virgen.

Él, en cumplimiento de tu voluntad y para adquirir para Ti un pueblo santo, extendió sus brazos mientras sufría para librar del sufrimiento a los que en Ti creen.

Cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada para destruir la muerte y romper las cadenas del diablo, para aplastar el infierno y llevar a los justos a la luz, para fijar la regla (de fe) y manifestar la resurrección, tomó pan dándote gracias, -«Tomad, comed esto es mi Cuerpo que será partido por vosotros».

Del mismo modo, el cáliz diciendo: «Esta es mi Sangre derramada por vosotros. Cuando hagan esto, háganlo en conmemoración mía».

Así pues, al celebrar ahora el memorial de su muerte y Resurrección, te ofrecemos el pan y el cáliz y te damos gracias porque nos haces dignos de estar en tu presencia celebrando esta liturgia.

Te pedimos que envíes tu Espíritu Santo sobre la oblación de la Santa Iglesia congregándola en la unidad. Da a todos los que participan en tus santos misterios la plenitud del Espíritu Santo para que sean confirmados en su fe por la verdad, a fin de que te alabemos y glorifiquemos por tu Hijo Jesucristo, por quien se da a Ti la gloria y el honor, con el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia. Ahora y siempre por los siglos de los siglos.

Pueblo: Amén.

* Hemos destacado lo que es idéntico a nuestra Oración eucarística II.

De la entrega del santo bautismo. 21

«... En seguida ya podrán orar junto con todo el pueblo; porque antes de haber obtenido esto no oran con los fieles. Cuando hayan orado darán el beso de paz.

Entonces será presentada la oblación al obispo por los diáconos y él dará gracias sobre el pan para (que sea) el símbolo del Cuerpo de Cristo; sobre el cáliz de vino mezclado, para (que sea) la imagen de la Sangre que ha sido derramada por todos los que crean en Él. Sobre la leche y la miel mezcladas, para (indicar) el cumplimiento de la promesa hecha a (nuestros) padres, en la cual Él habló de la tierra donde corren leche y miel. En la cual también Cristo ha dado su carne, de la que, como niños pequeños se alimentan los creyentes, el que por la dulzura de la palabra hace dulce la amargura del corazón. Sobre el agua (presentada) como ofrenda para significar el baño, a fin de que el hombre interior, es decir el alma, obtenga los mismos efectos que el cuerpo.

De todas estas cosas el obispo dará cuenta a los que reciben (la comunión). Cuando ha partido el pan, al presentar cada trozo dirá: El pan del cielo en Cristo Jesús. El que lo recibe responderá: Amén. Si los sacerdotes no bastan, los diáconos también tendrán los cálices, estarán en buen orden: primero el que tiene el agua; segundo, el que (tiene) la leche; tercero, el que (tiene) el vino.

Los que reciben (la comunión) tomarán de cada uno (de los cálices), mientras que (cada una de) las tres veces, el que lo da dirá: - En Dios Padre Todopoderoso. Y el que lo reciba dirá: Amén. - Y en el Señor Jesucristo, y en el Espíritu Santo y la Santa Iglesia. Y él dirá: Amén.

Se hará así para cada uno (de los comulgantes). Cuando esto haya terminado, cada uno se aplicará a hacer buenas obras, a agradar a Dios, a portarse bien, a ser celoso por la Iglesia, haciendo lo que ha aprendido y progresando en la piedad.»

# Para entender el texto siguiente hay que recordar que en aquella época se daba la Eucaristía al fiel en la única Misa, la dominical, el fiel la llevaba a casa e iba comulgando a lo largo de la semana.

Que hay que guardar con cuidado la Eucaristía. 37

«Cada uno tendrá cuidado que ningún infiel tome la Eucaristía, ni un ratón ni otro animal, y que nada caiga ni se pierda. Porque es el Cuerpo de Cristo que debe ser comido por los creyentes y no debe ser despreciado.»

Más difícil es explicar en el siguiente texto lo del «espíritu extraño» (en aquella época «símbolo» significaba una real presencia de lo significado a través del signo).

Que nada debe caer del cáliz. 38

«- Al bendecir(lo), tú has recibido el cáliz en nombre de Dios como símbolo de la sangre de Cristo. Por eso no derrames nada, no sea que un espíritu extraño lo lama, como si tú lo despreciaras; tú serás responsable de la Sangre como el que desprecia el precio por el que ha sido rescatado.»

-- La inscripción sepulcral de Abercio

Abercio fue obispo de Hiérapolis en Frigia (actual Turquía) en tiempos del emperador Marco Aurelio (161-180).

Simeón Metafrasto la dio a conocer, pero se creyó que era una invención.

El sabio W. M. Ramsey encontró a fines del siglo pasado unos amplios fragmentos de la inscripción. Los regaló al Papa León XIII y se conservan en el Museo Vaticano.

«Ciudadano de elegida ciudad, he construido este (monumento) estando vivo, para que aquí tenga noble lugar mi cuerpo. Mi nombre es Abercio, discípulo del piadoso pastor --que apacienta rebaños de ovejas por montes y llanuras-- que tiene grandes ojos que todo lo miran de lo alto (Cristo). Él me hizo docto en escritos dignos de fe... Me envió a Roma para que contemplara el palacio y viera a la reina (la Iglesia) con su túnica dorada y con sus zapatos de oro; vi allá un pueblo que tiene un sello luminoso y vi la llanura de Siria y todas las ciudades (hasta) Nísibe pasando el Éufrates. Dondequiera encontré hermanos... teniendo a Pablo conmigo; la fe me condujo a todo lugar y dondequiera tomé como alimento el pez de la fuente, grande, puro (Cristo en la Eucaristía) que la santa virgen (la Iglesia) pesca y lo ofrece a los amigos para que siempre se nutran, tendiendo un vino agradable que se ofrece mezclado (con agua) junto con el pan.

Estas cosas (yo) Abercio las dicté para que se escriban en mi presencia. Tenía 72 años, el que comprenda estas cosas (y esté) conforme en todo conmigo ruegue por Abercio. Que ninguno ponga a otro en mi tumba; si no dará al fisco de los romanos dos mil denarios de oro y a (mi) noble patria Hierópolis, mil.»

-- Las Constituciones apostólicas

Amplia obra canónico-litúrgica de fines del s. IV

Libro VIII 5, 11-12

«Después de la lectura de la Ley, de los Profetas, de las Epístolas nuestras, de los Hechos y de los Evangelios, el obispo saluda a la asamblea diciendo: la gracia de N.S.J.C. y la caridad de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo para todos ustedes. Todos responden: Y con tu espíritu. Y tras este saludo se dirige al pueblo y les habla con palabras exhortativas».

6, 1-14

«Terminada la predicación..., se levantan todos. El diácono sube a un lugar elevado y anuncia: 'los infieles, los oyentes deben salir'. Y haciendo silencio, añade: 'Oren, catecúmenos'. Y los fieles oran atentamente diciendo: Kyrie eleison. Pero el diácono dice: 'Invoquemos a Dios en favor de los catecúmenos'. A cada una de las cosas que dice el diácono, el pueblo responde: Kyrie eleison, especialmente los niños. Luego el obispo bendice a los catecúmenos, que inclinan sus cabezas con la oración siguiente: Dios omnipotente...

Y tras esto, el diácono dirá: 'salgan en paz, catecúmenos'. Y cuando han salido, dice: 'Oren energúmenos, vejados por los espíritus inmundos...' ».

(Así sucesivamente se va repitiendo el mismo rito con los illuminandi baptismo --los que están en la última etapa de la preparación bautismal-- y los penitentes).

«Prosigue el diácono: los que somos fieles doblemos nuestras rodillas y oremos a Dios por medio de su Mesías. - Por la paz del mundo, para que el Señor... (Preces). Luego el pontífice dice la siguiente oración: Dios omnipotente...» (Colecta). 11, 1

11, 7-12

«A continuación diga el diácono: 'Estemos atentos'. Y el obispo saluda a la asamblea diciendo. 'la paz de Dios con todos ustedes'. El pueblo responde: 'Y con tu espíritu'. El diácono añade, dirigiéndose a todos: 'Salúdense mutuamente con el abrazo de la paz'. Y los clérigos abrazan al obispo, los seglares varones a los seglares, y las mujeres a las mujeres...»

Uno de los subdiáconos dé a los sacerdotes agua para lavarse las manos, esto en signo de la pureza de las almas consagradas a Dios.

12, 1

«El diácono vuelve a repetir: no se quede ningún catecúmeno ni oyente, ni heterodoxo. Los que han hecho la plegaria anterior, acérquense. Las madres que sujeten a sus niños. Que nadie esté en contra de nadie. Ninguno permanezca en la hipocresía. Estemos en pie, pendientes de Dios, con temor y miedo, para la ofrenda.»

«Los diáconos presentan los dones al obispo en el altar. Los presbíteros se colocan a su derecha y a su izquierda. Dos diáconos sostienen grandes abanicos de materia fina (pluma de pavo real o lino) y suavemente apartan los insectos para que no caigan en el cáliz. Entonces el pontífice, de pie ante el altar, rodeado de los sacerdotes, revestido de ornamentos solemnes, hace la señal de la cruz y dice...» (Comienza la anáfora.)

12, 6

(Aunque este libro glosa la tradición apostólica de Hipólito, se aparta de él en la anáfora, sobre todo por su grande longitud, tanto que se piensa que no fue hecha para uso real, sino académico).

13, 12

Después siguen otras preces. Luego el obispo dice al pueblo: «Lo santo para los santos (Ta hagia tois hagiois)». Y el pueblo responde: «Sólo uno es santo, sólo uno es Señor, Jesucristo, bendito eternamente para la gloria del Padre. Amén».

13, 14

«A continuación comulga el obispo y tras él los presbíteros, diáconos, subdiáconos, lectores, cantores, ascetas. Y entre las mujeres primero las diaconisas, las vírgenes y las viudas. Luego los niños y, en fin, el pueblo todo, con pudor y reverencia, pero sin ruido. El obispo, al entregar la oblata, dice: 'El Cuerpo de Cristo'. Y el que recibe, responde: Amén. El diácono sujeta el cáliz, y al entregarlo dice: 'La Sangre de Cristo, el cáliz de la vida'. Y el que bebe responde: Amén.

14

«Cántese el Salmo 33 durante la comunión. Terminada ésta, los diáconos llevan lo que ha sobrado a los pastoforia. Cuando el canto ha terminado, dice el diácono: Tras recibir el precioso Cuerpo y la preciosa Sangre de Cristo, demos gracias a Aquel que nos ha hecho dignos de participar en los santos misterios... El obispo dice la acción de gracias: Señor Dios omnipotente...»

15

«El diácono avisa: «inclínense ante Dios por Cristo y reciban la bendición». Entonces el obispo ora diciendo:

«Dios omnipotente... (oración colecta, de tipo descendente). Y el diácono dice: «Vayan en paz».

• ¿Qué te dicen los textos anteriores en su conjunto?

• De cada uno de ellos destaca lo que aparece hoy en nuestras celebraciones
   eucarísticas.

      - El día de la celebración

      - Los elementos celebrativos

      - Las ideas


III. UNA MIRADA PANORÁMICA


En el capítulo anterior, con la Misa de «Las Constituciones Apostólicas» de fines del siglo IV, veíamos ya constituido el desarrollo ritual de la Misa.

Posteriormente, del siglo VIII al XVI hubo pequeñas adiciones y pequeños cambios que en su lugar iremos viendo. Tal vez la de mayor incidencia es el influjo que la devoción personal tendrá con las «oraciones al pie del altar» (suprimidas), el acto penitencial, las oraciones personales que aún hoy dice el sacerdote en secreto, el «último evangelio» (suprimido), etc.

Ahora echemos una mirada general a la celebración eucarística. Esta mirada será doble.

A. Una en profundidad de significación que llamaremos «mistagogia de la Eucaristía»,

B. Otra, que sería «lineal» sobre las cuatro partes de la celebración.

A. MISTAGOGIA DE LA EUCARISTÍA

Los Padres antiguos usaban un método de enseñanza muy rico y expresivo que respondía totalmente a la estructura de los sacramentos y al modo de entender de los hombres. Este método se llamaba «Mistagogia» («Mista» de misterio, lo escondido que se manifiesta, y «gogia» como en pedagogía, conducción, encaminamiento). Hemos visto ya cómo Dios, el Eterno, Infinito y Espiritual, se nos manifiesta a través de lo material, de lo tangible y sensible. De tal modo que «Mistagogia» significa la ayuda al descubrimiento de la realidad de Dios a través del signo material que la expresa y actúa.

Hagamos, pues, la Mistagogia de la Eucaristía.

El Señor Jesús nos dijo (Lc 22, 19; I Cor 11, 23 y 24): «Hagan esto en memoria mía». Están aquí las tres realidades que, como en círculos concéntricos y en perfecta comunicación, encontramos en la Eucaristía: Comida, Memorial de la Pascua del Señor (Cf Eucharisticum Mysterium, n. 3a).

1. Comida

Lo primero con lo que nos encontramos es el signo Comida. Una Comida es una reunión para comer. Reunión. Una comida implica una unidad previa: unidad de sangre, unidad de amistad, o de otros intereses; la comida expresa y profundiza esa unidad. Pero ¿por qué la comida es signo de unidad? No hay una identificación más grande en el orden natural que la que se hace entre el alimento y el que lo toma. Por la asimilación, el alimento se transforma en el mismo alimentado y, cuando varias personas se reunen en torno a unos alimentos y de ellos, como de fuente única, sacan su vida, están queriendo expresar una unidad de vida.

¿Hemos constatado que todo lo celebramos comiendo? En un aniversario, un éxito, etc., invitamos a los parientes o amigos a celebrarlo con una comida.

Tres son las realidades, pues, que nos manifiesta una comida: es una Celebración, en la Unidad, por el mismo origen de Vida, porque participamos de la misma vida.

Cada Eucaristía es la comida por la que celebramos a Cristo, su Pascua, su victoria sobre el mal y sobre la muerte; es la Comida en la que nos identificamos con Cristo, nuestro alimento, y con los demás comensales, por la gracia y el amor. Es la Comida en la que Cristo nos participa de su misma vida divina.

Pero no es una Comida común y corriente, ni siquiera en su aspecto exterior; siempre se le ha dado una estilización: por el lugar exclusivo en el que se hace, por lo especial de las vestiduras, de los objetos y de los mismos elementos que se emplean. Estilización, hay que confesarlo, que algunas veces ha sido llevada a tal extremo que su aspecto de Comida casi se perdió.

2. Memorial

No es una Comida corriente, es una Comida Memorial. Pero ¿qué es Memorial? En un diccionario español no vamos a encontrar un significado que satisfaga. Memorial es una realidad significativa que hace presente, en toda la riqueza de su dinamismo, un hecho de salvación.

En el Antiguo Testamento el hecho de salvación céntrico fue la Pascua, por la que se hizo el Pueblo de Dios y su Alianza con Yahvé. Este acontecimiento fundamental era hecho presente, experimentado y vivido por todas las generaciones de judíos, por medio del Memorial de la Pascua: la Cena Pascual.

Jesús, en la plenitud de los tiempos, al cumplir todo lo que en el Antiguo Testamento era promesa e inicio, en la víspera de comenzar a padecer (centro de su Pascua), dentro del marco histórico del Memorial del Antiguo Testamento, inauguró el Memorial de su Pascua, que es el hecho salvífico central del Nuevo Testamento.

3. La Pascua de Cristo

Por este Memorial se nos hace presente, vital y dinámicamente, la Pascua toda del Señor.

Pascua significa «paso», es decir, un dinamismo entre un punto de partida y un punto de llegada.

En Cristo Señor, Hijo de Dios, hermano nuestro en la carne y en la sangre, la humanidad toda da un paso definitivo. En él, el primero, se inicia una humanidad nueva, con todo lo que el hombre anhela desde lo más íntimo, en vida, felicidad, luz, amor, alegría, etc., perfectos, sin mengua ni fin, no sólo desde esta perspectiva humana, sino desde lo infinito de Dios. Cristo Señor llega a su gloria por la Cruz, por la entrega humilde y amorosa. Ahora nuestro trabajo cristiano consiste en identificarnos con esa primera etapa de la Pascua de Cristo: «Se hizo obediente hasta la muerte y muerte en una Cruz...» Esta fue la expresión máxima del amor de Cristo, a la que nos unimos por amor en la esperanza de la identificación. Y por eso se le concedió el «Nombre que está sobre todo Nombre...» (Fil 2, 8. 9).

El concepto de Pascua incluye, desde luego, el de sacrificio, de ninguna manera lo excluye.

Pero ¿qué significa realmente sacrificio?

Sacrificar. Sacri-ficar = Hacer algo sacro o santo, es decir, algo en relación con Dios, el único santo. Recordar que ficar es una forma antigua de hacer, como en fortificar = hacer fuerte, modificar = hacer un modo nuevo, etc.

Actualmente, para nosotros, la palabra sacrificio nos da casi necesariamente la idea de muerte, de dolor, de sangre y destrucción, a veces muy alejada ya del sentido de santo o sagrado: «rastro municipal, aquí se sacrifican diariamente 200 reses».

Palabras muy similares son:

Santificar, prácticamente idéntica a sacrificar = hacer algo santo, relacionado con el Santo = Dios, pero sin la idea de dolor o sangre.

Consagrar = igualmente en su origen significa relacionar con el Santo o sagrado, aunque se fue transformando y actualmente significa dedicarse a..., aun a cosas nada santas.

¿Por qué se ha llegado a unir casi necesariamente la idea sacrificio a la idea dolor y muerte?

Vayamos a los orígenes más antiguos de sacrificio.

El hombre ha sentido siempre la necesidad de recurrir a Dios, de comunicarse con Él, para pedirle que le dé todo lo bueno, que aleje de él todo lo malo, y su comunicación con Él la hacía con el rito del sacrificio, que conjunta en sí las dos realidades de comunicación humana más fuertes: el comercio y la comida.

El comercio, punto de encuentro entre hombres y culturas, y la comida, riquísima expresión de convivencia.

El comercio, hoy, nos podría parecer poco humano, sobre todo el comercio de los grandes almacenes y supermercados, pero el comercio «primitivo», el del «regateo» y sobre todo el de trueque, es ocasión muy rica de comunicación; de hecho las grandes vías de influjos de civilizaciones fueron las vías comerciales.

La comida. Tal vez puedo decir que conocí a tal o cual personalidad, que me fue presentada, o hubo otro punto de contacto, pero cuando puedo decir que comí con esa persona, la relación aparece mucho mayor.

Pongámonos en tiempos, digamos de Abraham; un hombre como él, nómada, cuyos bienes son sus ganados, quiere comunicarse con Dios para pedirle buen tiempo, buenos pastos, salud y fecundidad para sus ovejas. Lo «invita» a comer, acto de comunión, de relación y de intercambio de bienes, da y recibe.

Para esto aparta del uso común una oveja sana y bella; a Dios no se le ofrecen cosas menos dignas. La oveja, así, está «consagrada», es decir, dedicada al Santo. De ella comerán Dios y los oferentes. Para comerla hay que matarla y cocinarla.

Matarla, aquí entra la idea de muerte y sangre, se le despelleja, se le quitan las vísceras. Se le inmola. Ya la palabra inmolar ha adquirido también el sentido de dolor y muerte, como el sacrificio. Pero inmolar significa poner mola, es decir, una salsa hecha de harina de cebada y sal, hoy diríamos empanizar o algo semejante. Luego es cocinada, asada al fuego, y por último es comida. Dios come y los oferentes comen. Esto era lo ordinario aunque para expresar la supremacía absoluta de Dios, la víctima era consumida totalmente por el fuego, es decir, sólo Dios comía. El nombre técnico es holocausto, es decir, todo consumido por el fuego (en griego).

Hemos recordado la palabra víctima, y ésta también actualmente nos habla sólo de dolor, opresión y muerte. Su origen es latino: victus = vencido, pero victus también significa comida, alimento. Así el Libro de los Proverbios 17, 1 dice Domus plena víctimis, Casa llena de vituallas.

Estas ideas las podemos ver claramente en I Corintios cap. 10 ante el problema de si los cristianos podrían comer de las víctimas sacrificadas a los ídolos.

«El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso participación de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, no es acaso participación del cuerpo de Cristo? Pues si el pan es uno solo y todos compartimos ese único pan, todos formamos un solo cuerpo (v. 16-17).

«Lo que quiero decirles es que los paganos sacrifican esas víctimas a los demonios y no a Dios, y yo no quiero que ustedes queden vinculados con los demonios. No pueden beber el cáliz del Señor y el de los demonios; no pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios» (v. 20-21).

Como se comentará más adelante, el n. 34 de la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentil nos dice que todo, todas nuestras obras, pueden tener sentido de sacrificio, no sólo lo doloroso y difícil, también lo alegre y placentero, con tal de que sea hecho movidos por el Espíritu Santo y en unión con Cristo.

REFLEXIÓN

• ¿En qué nos compromete o cómo podríamos realizar, con nuestra apertura y
     disponibilidad, a lo que nos llevan estos distintos aspectos de la Eucaristía
     que hemos analizado?

• ¿A qué nos lleva el que la Eucaristía sea una Comida, con las notas de Celebración,
    Unidad, Vida?

• ¿A qué nos lleva el que sea el Memorial de Cristo?

• ¿A qué nos lleva el que sea la presencia activa y dinámica de la Pascua del Señor?


B. LA DINÁMICA DE LAS CUATRO PARTES DE LA CELEBRACIÓN

1. Inicio o introducción

2. Liturgia de la Palabra

3. Liturgia de la Eucaristía

4. Conclusión y envío

El evangelista Lucas, en el capítulo 24 nos narra la experiencia de Cristo resucitado que tuvieron unos discípulos en el atardecer del mismo primer domingo, cuando regresaban a su aldea de Emaús.

Esta narración, más allá de lo anecdótico, tiene una gran enseñanza para nuestra comprensión de la Eucaristía.

Dice Lucas: «Aquél mismo día, dos de los discípulos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, que dista de Jerusalén unos doce kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos».

Esto ilumina el sentido de la primera parte de la celebración: el inicio; nos hacemos comunidad no por iniciativa propia sino desde un llamado del Señor, él se nos hace presente ya en la misma comunidad. «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18, 20).

Continuando la narración, Lucas nos dice que Jesús les preguntó de qué venían hablando. Ellos le expresaron todo el desencanto de sus esperanzas fallidas: «Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Y sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto». Jesús les dijo: «¡Qué torpes son para comprender y qué duros para creer lo que dijeron los profetas!», «y empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas les explicó lo que decían de él las Escrituras».

Después que reconocieron a Jesús, comentaron los discípulos: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Aquí vemos lo que se realiza en la liturgia de la Palabra: Cristo nos habla en el Evangelio. Su Palabra la miramos "profetizada" en la lectura primera y en la lectura apostólica la escuchamos en su primera proyección.

Jesús, por invitación de los discípulos, se hospeda con ellos: «Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron».

Es lo que Jesús sigue haciendo con nosotros en la liturgia eucarística. Repetimos por mandato suyo los mismos gestos y las mismas palabras y lo reconocemos en los signos.

«En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los demás...» Ellos, por su parte, contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Ya era de noche. Jerusalén queda a 11 kilómetros; sin embargo, no les cabe en el corazón la gran noticia y el gran gozo, ¡tienen que comunicarlo!

Esto debe ser la parte conclusiva de nuestra celebración, no simplemente la despedida social de una reunión que se disuelve con la satisfacción de «haber cumplido», sino el envío a una misión.

• Te recomendamos una lectura personal o comunitaria de la narración de Lucas 24,
   13-35. ¿Qué te dice esta lectura?

• Además de lo sugerido más arriba, ¿qué aplicaciones a la vivencia eucarística puedes
   encontrar en esa lectura?


IV. EL INICIO

IGMR 24-32

Los ritos iniciales, al igual que los de conclusión, aunque no son los principales, tienen, sin embargo, una función indispensable: el relacionar con la vida. Existe siempre el peligro de que nuestra celebración eucarística esté como «entre paréntesis» ----------(L)------------; no incide en la vida. Cuando debería ser así:

Puesto que la Eucaristía es «manantial y cumbre», «raíz y quicio» de nuestra vida cristiana personal y comunitaria.

Todos estos ritos tienen como finalidad hacer a la comunidad. No basta estar reunidos entre las mismas paredes, bajo el mismo techo. Debemos darnos cuenta de que somos Iglesia (Ekklesía, de Ek kaleo, llamar, invitar), comunidad reunida no por un proyecto personal, no por un acuerdo o, menos, por una casualidad, sino por responder a un llamado. Somos Iglesia que se reune para celebrar la Pascua de Cristo, el hecho salvífico fundamental, no como quien recuerda un acontecimiento del pasado sino como quien sabe que vive y experimenta algo viviente y actual. La Pascua, la Iglesia la va viviendo también con las características de cada tiempo litúrgico y de cada fiesta, y encarnándose para vivificarlos con la vida misma del Resucitado en todas nuestras circunstancias vitales comunitarias y personales. A esto tienen que llevar todos los elementos de esta parte: hacen a la comunidad y al mismo tiempo la disponen a recibir la Palabra y a celebrar el Sacramento. En un principio esta parte era muy sencilla, solamente constaba de:

La entrada

Los saludos

La oración presidencial inicial

Los otros ritos que se fueron añadiendo la hacen un tanto compleja.

LA ENTRADA

Podemos imaginar la importancia de la entrada en la antigüedad, la sacristía estaba colocada junto a la puerta de la iglesia, avanzaba el obispo con todos los ministros, su caminar hasta el altar era acompañado por un salmo, el ambiente musical y el pausado avanzar iban captando las miradas y la atención de los fieles.

+ El canto de entrada

IGMR 25 dice: «El fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido, elevar sus pensamientos a la contemplación del misterio litúrgico o de la fiesta y acompañar la procesión de sacerdotes y ministros».

Al preparar el canto de entrada, ¿tenemos en cuenta estas finalidades?

En las grandes ocasiones, además del presidente y ministros, esta procesión de entrada implica la cruz procesional, los cirios, el incienso, y en lugar destacado, el evangeliario, que luego será colocado sobre el altar hasta que sea usado.

+ Veneración al altar

El altar, mesa de la Cena del Señor y ara de su sacrificio, representa a Cristo. Se le venera con inclinación profunda de todos los ministros y beso de sacerdotes y diáconos. La incensación expresa la misma veneración.

La celebración inicia con la signación de todos los participantes. La fórmula trinitaria y la signación marcan todo el ambiente de la celebración: en el dinamismo salvífico de la Trinidad, en la acción de Cristo.

+ El saludo

El presidente saluda a la comunidad con una fórmula bíblica; la más común es «El Señor esté con ustedes». Es Cristo mismo que da los mejores deseos a su comunidad. No hay que trivializarlo haciendo un saludo personal: ¡Buenas tardes, hermanos! ¿Cómo están ustedes? Es un buen deseo y por eso va en subjuntivo, no es una afirmación («El Señor está con ustedes»).

La respuesta: «Y con tu espíritu» no expresa ninguna concepción de separación u oposición: cuerpo-alma. Respondiendo «también contigo», la trivializa. Un teólogo persa del siglo V, nos dice de qué espíritu se trata: «Llama espíritu no al alma que está en el sacerdote sino al Espíritu que recibió por la imposición de las manos. Por ésta, el sacerdote recibe el poder del Espíritu por el que es capaz de realizar los misterios...»

+ Monición

Aquí se sugiere (IGMR 29) hacer una pequeña introducción que haga presente a los fieles el sentido de la celebración: genérico, específico, fiesta, tiempo litúrgico, santo que se celebra, circunstancia especial de la vida de la comunidad.

Esta monición puede tener una importancia determinante. Como sólo está sugerida, casi no se hace.

+ El acto penitencial

Es un elemento no primitivo. Proviene de la alta Edad Media, en la que entraron a la liturgia muchas apologías y confesiones de pecado y oraciones privadas.

Su finalidad es, sí, reconocernos pecadores necesitados de la salvación, pero ante todo es reconocer que hay alguien que nos salva por su misericordia.

Hacer interminables confesiones y acusaciones y exámenes de conciencia públicos en este momento, o dar la absolución sacramental son abusos no raros. Esto, además, añade más elementos a una parte en la que, como sugiere N. 40, hay ya una excesiva acumulación de ritos.

El Misal nos presenta, además del «Yo confieso...» otras dos fórmulas.

En las Misas dominicales se puede usar el rito de la aspersión del agua bendita, recuerdo y renovación de nuestra consagración bautismal.

Igualmente en otras celebraciones litúrgicas como el miércoles de ceniza o cuando se une la Eucaristía a la liturgia de las Horas, no hay acto penitencial.

+ Kyrie eleison

Esta antiquísima aclamación a Cristo, que primeramente fue usada como oración responsorial en la oración de los fieles, pasó desde muy antiguo (tal vez ya en el s. VII) a este lugar junto con la aclamación: Christe eleison, y como se llegaron a usar en grupos de tres, equivocadamente se le dio un sentido trinitario.

Si se usa la fórmula penitencial III, que no es sino el Kyrie con tropos que desarrollan la invocación y la adaptan a los diversos tiempos y fiestas, ya no hay repetición.

Se ha hecho notar que es igual que en el acto penitencial. Kyrie expresa la confianza en la acción salvífica de Cristo, lo fundamental, y eleison la confesión de la necesidad que tenemos de esa su salvación. Sería bueno irnos acostumbrando a hacerla en la lengua griega: Kyrie eleison, lengua en que fue escrito todo el Nuevo Testamento y fue predicado el evangelio en el mundo mediterráneo.

+ El Gloria

Un himno antiquísimo, uno de los pocos que todavía tenemos, ya plenamente conocido en el s. IV. Siempre ha tenido un sentido festivo, primero sólo se podía cantar en las Misas presididas por un obispo en domingos o fiestas de mártires. Para el siglo VII los presbíteros lo pueden usar, pero sólo en Pascua.

Con este venerable himno, la Iglesia se proclama reunida en el Espíritu para alabar al Padre y a su Hijo, el Cordero de Dios.

Por sí mismo constituye un rito, se canta en todos los domingos ---menos en Cuaresma y Adviento---, en las solemnidades y fiestas y en las celebraciones festivas de la Iglesia local.

Su texto debe ser respetado. No deben usarse, como a veces sucede, simplificaciones o trisagios o algún canto que simplemente diga «Gloria».

+ La colecta

Los ritos introductorios terminan por una oración presidencial. Existe por lo menos desde tiempos de S. León Magno (440-461). El sacerdote hace una breve monición, invitando a la comunidad a orar. Después, «todos, juntamente con el sacerdote, oran en silencio durante un breve tiempo» (IGMR 88). Enseguida el sacerdote «reune» (de allí el nombre de colecta) las oraciones de todos y las expresa presidencialmente. Los fieles la rubrican con su «Amén».

Esta oración suele tener tres partes. Primero una invocación a Dios, sencilla o ampliada: «Señor», «Padre» o «Señor, que te apiadas del que se arrepiente», «Padre santo y todopoderoso». Segundo, la petición, y tercero, la implicación trinitaria: «por nuestro Señor Jesucristo... en la unidad del Espíritu Santo...». Esta tercera parte es la decisiva y más importante. Hay que respetarla con silencio y quietud, sin que nadie se mueva.

• ¿De todos los elementos del inicio, cuáles son indispensables, cuáles se pueden
    suprimir y cuándo?

• Analizar las distintas fórmulas del acto penitencial. ¿Cuál es su sentido espiritual?
   ¿Cuál es la actitud fundamental?

• ¿Cuál es el sentido especial del rito dominical de la aspersión del agua bendita?


V. LA LITURGIA DE LA PALABRA


Comienza ahora una de las partes centrales de la celebración eucarística.

Nos podríamos preguntar por qué todas las celebraciones litúrgicas mayores y por lo tanto la Eucaristía, tienen liturgia de la Palabra.

Tal vez lo que primero se nos ocurriría sería pensar en su función catequética: para iluminarnos. Pero recordemos que aunque tenga una gran función catequética, ésta es ante todo una celebración, es decir, lo primeramente importante es el hecho de que Dios nos habla hoy; lo que nos diga es consecuencia.

Menos podríamos pensar que nació «por generación espontánea», a alguien se le ocurrió: «vamos leyendo algo de la Biblia», o por un mandato de autoridad superior.

No, se trata de vivir hoy, de experimentar hoy, el método didáctico, la pedagogía que Dios ha usado para formar a su pueblo.

¿Cuál es este método? Podríamos decir que es un diálogo Dios-pueblo.

-- Dios convoca a su pueblo (recordar que Iglesia viene de Ekklesia - Ek kaleo = llamar, invitar).

-- El pueblo se reúne

-- Dios habla a su pueblo (ilumina, guía, alienta, ordena, cuestiona, a las veces, increpa o exige).

-- El pueblo asiente (dice sí a Dios)

-- Dios hace su alianza (con el pueblo formado por su Palabra).

Esto lo podemos encontrar en la Biblia en momentos determinantes de la historia de Israel:

La fundación, en Exodo c. 19 y 24-34

La llegada a la tierra prometida, en Josué c. 24

la restauración, en Nehemías c. 8 y 9

Y no otra cosa hizo Cristo Señor para formar el pueblo nuevo.

-- El vino «en busca de las ovejas perdidas» (Mt 10, 6)

-- El es la Palabra personal del Padre que nos trajo la luz y la verdad de Dios.

-- El es quien respondió perfectamente al Padre en total obediencia. «En él todo ha sido sí»
                      (II Cor 1, 19).

-- En él se hace la nueva y perfecta alianza.

Vamos viendo ya el panorama

-- Dios convoca
-- El pueblo se reune
} El inicio
-- Dios habla
-- El pueblo da su asentimiento
} Liturgia de la Palabra
-- Se renueva la Alianza } Liturgia eucarística

Veamos lo mismo de otro modo

Como notamos arriba, en el nombre mismo de «Iglesia» aparece la importancia fundamental de la Palabra. En efecto, el nombre Iglesia, como ya hemos visto, viene del griego Ekklesia y éste, a su vez, de Ek-Kaleo, que significa llamar hacia sí, invitar, convocar.

Esto nos habla de que Dios toma la iniciativa, llama, ilumina, guía, interroga, reclama, impele, etc. Es decir, hace a su Pueblo con su Palabra. Pero esta Palabra, para ser eficaz, necesita ser escuchada y seguida, y así va a provocar una reacción: en definitiva la Salvación. Por esto la necesidad del ambiente de fe en que debe ser recibida; por esto el silencio meditativo y el canto responsorial para dejar que la Palabra nos empape, y también por esto la necesidad de la respuesta de fe expresada en la Oración universal o de los fieles; y, en los domingos y solemnidades, en la misma profesión de fe, el Credo.

La palabra que ha hecho al Pueblo de Dios lo ha dispuesto a hacer o a renovar la Alianza. Por esto, después de la Liturgia de la Palabra, viene lógicamente la Liturgia del Sacramento, en este caso, la Liturgia Eucarística.

En toda comunicación oral hay que considerar tres factores:

La palabra emitida

La recepción de la palabra

La respuesta a la palabra

Si no hay recepción apta a la palabra emitida, no se hace la comunicación. La palabra emitida y recibida es impresiva, y, por lo mismo, provoca una reacción, una respuesta que puede ser externa o solamente interna.

Estos elementos se dan también en la liturgia de la Palabra.

-- Emisión de la Palabra       -- Lecturas de la S. Escritura. Homilía

-- Recepción de la Palabra    -- Los cantos interleccionales. El silencio.

-- Respuesta a la Palabra      -- El Credo. La Oración universal.

A. EMISION DE LA PALABRA

a) Las lecturas

Hemos visto cómo Dios, con su Palabra, reune y forma siempre a su pueblo. No es de extrañar que la renovación iniciada por el Vaticano II pida que, «para procurar la reforma, el progreso y la adaptación a la sagrada liturgia, haya que fomentar aquel amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura que atestigua la venerable tradición de los ritos, tanto orientales como occidentales» (SC 24). «En las celebraciones sagradas, debe haber lecturas de la Sagrada Escritura más abundantes, más variadas y más apropiadas» (SC 35, 1). Y en especial, con relación a la Misa: «A fin de que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles, ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» (SC 51).

Una amplia comisión de biblistas, pastoralistas y liturgistas trabajó arduamente y el resultado es muy satisfactorio.

Para las lecturas bíblicas en la Eucaristía se tomaron dos sistemas diversos, uno para las celebraciones dominicales y otro para las celebraciones entre semana.

El sistema dominical está dividido en tres ciclos anuales llamados A, B y C.

En ellos, en el tiempo ordinario, la primera lectura es siempre del Antiguo Testamento y fue escogida en relación con el evangelio, la segunda lectura es apostólica y lleva un curso semicontinuo propio, y la tercera lectura, el evangelio, igualmente semicontinua, está tomada: el año A, de Mateo; el año B, de Marcos, y el año C, de Lucas.

El capítulo VI de Juan es leído en los domingos de las semanas XVII a XXI del ciclo B.

En los tiempos especiales, ----Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua---- las lecturas han sido seleccionadas para seguir y vivir el espíritu del tiempo litúrgico.

La lectura evangélica está tomada del evangelista guía del año. Juan es leído a fines de la Cuaresma y el tiempo pascual, e igualmente durante este tiempo se lee tanto en los domingos como entre semana el libro de los Hechos de los Apóstoles.

En las lecturas de entre semana, que son solamente dos, se leen alternadamente libros o series de libros del Antiguo y del Nuevo Testamento en dos ciclos alternados: años pares y años nones. En cambio, las lecturas evangélicas se repiten, cada año se lee sucesivamente a Marcos, Mateo y Lucas.

Podríamos visualizar la integración de las lecturas de esta forma: la lectura evangélica, como hemos dicho, la principal.

La lectura central es la evangélica, pues aunque toda la Escritura sea Palabra de Dios, la Iglesia ha privilegiado siempre la palabra y los hechos de la Palabra personal del Padre.

La proclamación evangélica está rodeada de muchos signos especiales:

-- Libro especial, el evangeliario, llevado procesionalmente y colocado sobre el altar.

-- Ministro especial, el diácono, que puede, en caso de necesidad, ser suplido por otro ministro
                      ordenado.

-- El ministro se prepara con una oración silenciosa basada en Is 6, 5-8.

-- Cristo, que se manifiesta en su Palabra, es aclamado, ordinariamente con el Aleluya, que
                      podría repetirse, terminada la proclamación, en las fiestas más importantes según la
                      costumbre ambrosiana.

-- Al terminar, es besado el evangeliario y recibe el Señor una aclamación especial.

La lectura del Antiguo Testamento hay que manejarla como la secuencia del amplio camino que encuentra su culminación en Cristo, como la gran promesa que en el Señor halla su cumplimiento, como la imagen que en Jesús es realidad: «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas, ahora en este momento final nos ha hablado por medio de su Hijo...» (Heb 1, 1 y 2).

Y las lecturas apostólicas, como la primera predicación, la primera ampliación, inspirada por el mismo Espíritu Santo, dé la Palabrá evangélica.

Es actitud tradicional escuchar el Evangelio de pie como signo de respeto y de presteza al seguimiento.

La Palabra merece un respeto y un cuidado muy especial en su proclamación.

Decía San Agustín: «Lector, si tu voz no suena, no resonará la Palabra de Cristo; si no das bien el sentido, el pueblo no podrá comprender bien la Palabra; si no das la debida expresión, la Palabra perderá parte de su fuerza» (Enarrat. in Ps. 103, 3).

Habrá pues que prepararse con mucho cuidado, técnicamente y espiritualmente.

b) La homilía

Homilía es una palabra griega que significa: plática, conversación familiar, lo cual nos da ya el tono o estilo genérico.

Su finalidad la podemos perfectamente encontrar en el evangelio de Lucas, cuando Jesús inicia su ministerio en Nazaret. Jesús asistió a la reunión sabática sinagogal y fue invitado a hacer la segunda lectura, la profética (ver pág. 8) y su comentario. Leyó el texto de Isaías 61, 1-2: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a...», y luego, cuando «todos los ojos estaban fijos en él», dijo: «Hoy se cumple entre ustedes esta escritura».

Para esto exactamente es la homilía: la salvación proclamada en las lecturas, especialmente en el evangelio, el homileta la presenta como salvación para hoy, para esta concreta comunidad.

En forma muy sintética, el documento de Puebla, n. 930, nos presenta lo que es homilía. Hagamos un pequeño comentario.

«La homilía, como parte de la liturgia». Efectivamente, es parte integrante, no como en un tiempo, una pieza oratoria, pronunciada muchas veces por una persona que venía de fuera de la celebración; por esto no hay que hacer nada que la haga aparecer como algo que es introducido en ese momento, por ejemplo comenzar con 'En el nombre del Padre...', etc.

«Es ocasión privilegiada para exponer el misterio de Cristo». Esto nos expresa su importancia. Es alimento rico al que tiene derecho el pueblo. Ciertamente la homilía sólo es obligatoria en los domingos y solemnidades y muy recomendada en los tiempos «fuertes», pero yo creo que nuestro amor a la Palabra por una parte, y por otra, nuestro amor al pueblo, nos debería llevar a que no hubiera proclamación de la Palabra sin homilía, aunque fuera sencilla y pequeña.

«En el aquí y ahora de la comunidad». La Palabra de Dios no es realidad del pasado y abstracta, es para nosotros, hoy.

«Partiendo de los textos sagrados, relacionándolos con el sacramento y aplicándolos a la vida concreta».

Aquí están los tres «ingredientes» que no deben de faltar en cada homilía:

1. Es la Palabra de Dios, la salvífica, no nuestras ideas, nuestras opiniones.

2. La Palabra está en relación directa con el sacramento, es proclamada en un contexto litúrgico
                      especial: sacramento, tiempo, fiesta, etc.

3. El pueblo al que va dirigida la homilía tiene un «rostro», un lenguaje, unas características
                      culturales, una experiencia vital, una situación concreta. Todo esto tiene que ser tenido en
                      cuenta en la homilía.

La homilía no es, pues, meramente ni una catequesis o una cátedra de teología dogmática o moral, ni una exégesis escriturística, ni una exposición de experiencias o vivencias, ni un círculo de discusión, ni una ocasión de indoctrinamiento socio-económico o tribuna de reivindicaciones y denuncias, etc., etc. Requiere muchas veces de todo eso, pero no es eso, es... homilía.

«Su preparación debe ser esmerada». Esta afirmación es clave. La homilía debe ser preparada con una preparación mediata e inmediata, técnicamente con estudio, pero también con oración. Mons. J.A. Peñalosa dice que «una homilía que no huela a reclinatorio no es buena homilía».

«Y su duración, proporcionada a las otras partes de la celebración». Es muy notable que no se haya puesto un límite cronométrico, tantos minutos. Pero la afirmación es justa, todos habremos soportado homilías interminables, y luego seguidas de un gran apresuramiento en lo más importante de la liturgia eucarística.

La homilía es al mismo tiempo:

Anuncio-kerygma. Una proclamación entusiasta, convencida, de Cristo y su evangelio, como en Lc 4, 21: «Hoy se cumple esta escritura...»

Enseñanza-didascalía. Iluminación dirigida a una vivencia, como en Lc 24, 26: «Les explicaba lo que... las escrituras...»

Exhortación-paráclesis o parénesis. Para provocar la respuesta vital, como en Mt 28, 20: «Enseñándoles a observar...»

Introducción al misterio-mistagogia. Para pasar de lo externo a lo interno, de los significantes a los significados, como en Lc 24, 39: «Soy yo mismo... pálpenme, véanme».

B. LA RECEPCION DE LA PALABRA

Sin esta recepción no habría comunicación.

La hacemos de dos modos: con los cantos interleccionales y con el silencio.

Los cantos interleccionales

Este es sólo un nombre «topográfico». En efecto se hacen entre las lecturas. Estos son:

El Salmo responsorial

Es un canto tomado del salterio, o de otro lugar del Antiguo o del Nuevo Testamento, escogido por su temática y ligado a la lectura que se acaba de proclamar, «mediante el cual, la Palabra de Dios penetra más profundamente en el espíritu del que escucha» (OLM, 172), «cuyo texto ha sido seleccionado del tesoro tradicional... de forma que arroje nueva luz para la inteligencia de la lectura que se acaba de hacer, ya sea injertando dicha lectura en la historia de la salvación, ya conduciéndola desde el Antiguo Testamento, al Nuevo, ya convirtiendo la lectura en oración o contemplación, ya, finalmente ofreciendo la fruición variada de sus bellezas poéticas» (OLM, 169).

Se llama Salmo, es decir, Canto, y por lo mismo, su forma normal es cantarlo, al menos el responsorio. ¿Se imagina usted «Las Mañanitas» recitadas en su próximo cumpleaños? ¿O el Himno Nacional recitado? Igualmente el que sea leído y por la misma persona que acaba de hacer la primera lectura, «añade baldón a insulto», pues un actor es el lector que lee y otro es el salmista que canta (ver el n. 28 de SC).

Se llama responsorial por el modo como se ejecuta: un solista canta (o lee) los versículos sálmicos y el pueblo contesta con el responsorio.

Se le ha llamado también Salmo gradual muy probablemente porque el salmista lo cantaba desde las gradas del ambón.

Sería un error en este momento cantar un canto cualquiera. A esto ha llevado el haber llamado al Salmo responsorial «canto de meditación». Hay varios cantorales que cometen este error.

El Aleluya

Es un canto de fe y alegría, una exclamación entusiasta de bienvenida a Cristo que se hace presente en el Evangelio (SC 7).

Tiene un versículo evangélico tomado del mismo evangelio que va a ser proclamado o de otro.

El Aleluya por sí mismo debe ser cantado; de otro modo, es mejor omitirlo.

El Aleluya no se canta en tiempo de Cuaresma, pero se usa otra aclamación como «Honor y gloria a ti, Señor Jesús».

La aclamación a Cristo se puede repetir inmediatamente después de la proclamación del evangelio.

Secuencia

Es una composición poética que nos ayuda a entender mejor el misterio celebrado. Muy numerosas en la antiguedad, hoy sólo tenemos cuatro. Para Pascua: «Ofrezcan los cristianos»; en Pentecostés: «Ven, Dios Espíritu Santo»; en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo: «Al Salvador alabemos», y en la memoria de N. Sra. de los Dolores (15 de septiembre y donde se haga el viernes de Pasión): «La Madre piadosa estaba...».

El silencio

Tal vez muchos nos sorprendimos cuando vimos en la lista de los modos de participación activa el silencio (SC 30). Quizá el silencio lo mirábamos o ¿lo miramos? como algo pasivo, meramente ausencia de sonidos.

Y ciertamente sigue siendo un elemento muy importante no observado.

La Ordenación de las lecturas de la Misa dice: «El diálogo entre Dios y los hombres, que se realiza con la ayuda del Espíritu Santo, requiere breves momentos de silencio, adecuados a la asamblea presente, para que en ellos la Palabra de Dios sea acogida interiormente y se prepare una respuesta por medio de la oración» (OLM 28).

Y continúa: «Pueden guardarse estos momentos, por ejemplo: antes de comenzar la liturgia de la Palabra, después de la primera y la segunda lectura y al terminar la homilía» (ibid.).

El «Ceremonial de los obispos» lo prescribe para después de la primera lectura: «Todos en silencio meditan brevemente la lectura escuchada», sólo después sigue el salmo responsorial» (n. 138).

C. LA RESPUESTA A LA PALABRA

a) El Credo

Aunque, como se ha dicho, la primera profesión de fe en la Cena del Señor es la Plegaria eucarística, pero allí la proclamación de las verdades salvíficas, tiene un sentido oracional y de acción de gracias. Aquí es la proclamación personal y comunitaria de la fe.

Introducido un tanto tardíamente en la liturgia bizantina, se extendió su uso por influjo del mismo rito. En 1014, el emperador San Enrique asistió a la Eucaristía en Roma y le sorprendió el que no hubiera Credo. El Papa Benedicto VIII lo introdujo en el rito romano con esta ocasión.

El Credo tiene su origen en la proclamación personal de fe del catecúmeno que va a ser bautizado.

El Símbolo niceno. En 451, el Concilio de Calcedonia hizo un resumen de la fe expresada en los dos primeros concilios, Nicea en 325 y Constantinopla, en 381; de allí su nombre de Nicenoconstantinopolitano. Durante muchos siglos fue el único usado en la Liturgia.

El Símbolo apostólico. Su origen es antiquísimo, aunque no totalmente preciso. Es más corto que el anterior. Es el que normalmente aprendemos en el catecismo.

Símbolo bautismal. En el rito del Bautismo y en su renovación en la noche de Pascua, hay otra expresión de la misma fe en forma de preguntas a las que el pueblo contesta.

El símbolo Niceno es el normal; el Misal recomienda usar el apostólico en tiempo de Cuaresma y Pascua.

b) La Oración Universal o de los fieles

¿Por qué Oración y por qué universal?

El Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, ha querido asociar consigo por el bautismo, al pueblo todo. Lo ha asociado de este modo a ese especial ejercicio de su sacerdocio: la intercesión. Universal, porque esta comunidad celebrante, aunque pequeña, está en comunión vital con la Iglesia universal, son las mismas preocupaciones, las mismas intenciones.

¿Y por qué se llama también Oración de los fieles?

Ciertamente algunos se han equivocado y creen que «fieles» está aquí en contraste con «clero», y esto ha llevado a una actuación equivocada.

Recordemos que al ver la Misa de las Constituciones Apostólicas (pág. 19), notábamos que al terminar la liturgia de la Palabra, los distintos «ordines» o grupos que formaban la comunidad: los catecúmenos, los energúmenos, los penitentes y los «iluminandi», sucesivamente iban haciendo oración y eran luego bendecidor y despedidos; después, sólo quedaban los «fieles», es decir, los que iban a celebrar la Eucaristía: Obispo, presbiterio, diáconos, y todos los demás cristianos.

Pablo la prescribía en I Tim 2, 1-8

La vimos en las celebraciones de la Eucaristía, descrita por Justino, (pág; 12) e Hipólito (pág. 16), y en la recién citada de las Constituciones Apostólicas.

Esta oración, que en la Iglesia de Roma tenía una forma muy desarrollada, al modo de nuestras actuales oraciones solemnes de la liturgia del Viernes Santo, tomó en tiempo del Papa Gelasio, a fines del siglo V, otra forma más de tipo oriental, muy parecida a la que hoy tenemos.

El Papa San Gregorio Magno, a comienzos del s. VII, la simplificó aún más, quedando sólo las aclamaciones a Cristo. Lo que no es nada claro es cómo estas aclamaciones pasaron a los ritos introductorios y llegaron a ser nuestro Kyrie, como vimos más arriba. El Concilio la restituyó con el n. 53 de la Sacrosanctum Concilium.

¿Cuándo y cómo se hace la Oración universal?

¿Cuándo? De por sí, siempre; es un elemento normal de la liturgia de la Palabra. Así lo presenta IGMR 46. La equivocación es que dice «conviene que... se haga normalmente...» Se dice: «conviene», luego no es obligatoria, luego no la hago...

OLM 30 y 31 la presentan igualmente como uno de los elementos y ritos normales de la liturgia de la Palabra.

¿Cómo se hace? ¿quién o quiénes la hacen? IGMR 45-47 y OLM 30 y 31 nos lo dicen.

Transcribo aquí OLM 30: «En la Oración universal, la asamblea de los fieles, a la luz de la Palabra de Dios, a la que en cierto modo responde, pide normalmente por las necesidades de toda la Iglesia y de la comunidad local, por la salvación del mundo y por los que se hallan en cualquier necesidad, por determinados grupos de personas.

Bajo la dirección del celebrante, un diácono o un ministro o algunos fieles proponen oportunamente unas peticiones breves y compuestas con una sabia libertad, con las que 'el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por todos los hombres', de modo que, completando en sí mismo los frutos de la liturgia de la Palabra, pueda hacer más adecuadamente el paso afila liturgia eucarística». Es, pues, una oración suplicatoria, no es momento de expresión de motivos de acción de gracias, y universal, lo cual no excluye las peticiones por necesidades particulares, especialmente en las Misas rituales y exequiales.

Iniciada por una monición y terminada por una oración conclusiva, que pertenecen al presidente, los temas oracionales normalmente los hace una sola persona.

Los temas deberán ser cuidadosamente preparados para que sean realmente expresivos.

La experiencia ha demostrado que el dejarlas a la iniciativa abierta, sobre todo en comunidades numerosas, no da buen resultado; hay repeticiones, entrechocamientos, muchas veces no se escuchan, etc.

Recordar que se presentan los variados temas a los que se corresponde con la oración propiamente dicha, sea con una oración aclamatoria, sea con una oración silenciosa.

Se ha introducido una forma de hacerla con oraciones personales, esto, aunque parece más efectivo, quita el sentido propio de esta oración.

En todo caso, habrá que cuidar una homogeneidad en la dirección; no unas dirigidas al Padre y otras a Cristo; y homogeneidad también en estilo.

• ¿Por qué en todas las celebraciones litúrgicas mayores y especialmente en la
     Eucaristía, hay liturgia de la Palabra?

• ¿Cuál es la relación entre las diversas lecturas de la Misa?

          - ¿Relación temática?, ¿siempre?

          - ¿Relación de dinámica salvífica?

• ¿Cuál es la lectura principal, indispensable? ¿En qué se manifiesta esta especialidad?

• ¿Cuál es el sentido del silencio respecto a las lecturas? ¿Cuándo se hace?

• ¿Cuál es el sentido y la importancia de la Oración universal o de los fieles?

• ¿Están claros, en nuestros conceptos, los papeles?, ¿quiénes las hacen?

• En la praxis de nuestra comunidad, ¿se hace?, ¿hay errores prácticos?, ¿cómo los
   podremos ir corrigiendo?



VI. LITURGIA DE LA EUCARISTÍA

Hemos llegado así a la parte principal de la celebración.

«Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (SC 47).

IGMR 48 nos presenta muy sintéticamente el origen, la finalidad y los componentes de esta liturgia:

«En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y banquete pascual, por el que se hace continuamente presente en la Iglesia el sacrificio de la cruz, cuando el sacerdote, que representa a Cristo el Señor, lleva a cabo lo que el mismo Señor realizó y confió a sus discípulos para que lo hicieran en memoria suya.

Cristo tomó en sus manos el pan y el cáliz, dio gracias, lo partió, lo dio a sus discípulos, y dijo: 'Tomen, coman, beban: esto es mi cuerpo: éste es el cáliz de mi sangre. Hagan esto en conmemoración mía'. De ahí que la Iglesia haya ordenado toda la celebración de la liturgia eucarística según estas mismas partes, con las palabras y acciones de Cristo. Ya que:

1) En la preparación de las ofrendas se presentan en el altar el pan y el vino con agua; es decir, los
                       mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.

2) En la plegaria Eucarística se da gracias a Dios por toda la obra de la salvación, y las ofrendas se
                       convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

3) Por la fracción del mismo pan se manifiesta la unidad de los fieles, y por la comunión ellos
                      reciben el Cuerpo y la Sangre del Señor, del mismo modo que los Apóstoles lo recibieron de
                      manos del mismo Cristo».

En I Cor 11, 24 y 25 y en Lc 22, 19 hemos escuchado el mandato del Señor: «Hagan esto en memoria mía».

¿Qué fue lo que hizo Jesús?

Jesús tomó el pan, dio gracias, partió el pan, lo dio a sus discípulos; tomó la copa del vino, dio gracias, la dio a sus discípulos. Esto es lo que hacemos nosotros.

-- Preparación del pan y el vino (ofrendas)

-- Oración de bendición (Oración eucarística)

-- Fracción del pan

-- Comunión (Liturgia de la comunión)

Antes de la reforma de Vaticano II, los nombres y la relación dinámica de las tres partes de la liturgia eucarística eran diferentes.

A través del ofertorio se redescubrió la entrada personal de los fieles en la ofrenda de Cristo y de la Iglesia, se le llegó a llamar «el cánon de los fieles». Aquí los fieles ofrecían su vida y se ofrecían con Cristo.

La Oración eucarística era llamada Cánon, del griego = caña, regla. Canon actionis missae era el nombre oficial. La primera parte o prefacio era considerado una mera introducción. Después del Sanctus, el presidente entraba en una oración silenciosa.

Todo el Cánon, con su centro, «la consagración», era mirado como la forma de tener la Eucaristía para poderla comulgar y para poderla adorar. Esto último sí entraba en la experiencia personal de los fieles, de tal manera que podríamos expresar todo esto, gráficamente, así:


Con lo expresado suscintamente en IGMR 48 y las explicaciones que seguirán, vemos que la dinámica actual se puede expresar así:


A. LAS OFRENDAS

Esta parte meramente preparatoria era sencillísima en la Iglesia primitiva, lo leímos en la narración de Justino (pág. 12). El rito fue creciendo y haciéndose más y más importante. Ya en el siglo VII hay una procesión para llevar los dones al altar. Los fieles llevaban pan y vino y otros dones para el servicio de sustento y caridad de la comunidad. Luego los dones ya no son en especies sino en monedas y esto originó nuestra «limosna».

Se añadieron oraciones privadas del presidente y otros ritos como el lavabo.

Los libros primeros hablaban de «ofrecer» el pan y el vino al presidente de la asamblea. Oraciones posteriores decían ya: «Recibe, Padre Santo...», «Te ofrecemos...». Esto fijó el nombre de ofertorio para esta parte, nombre equívoco pues aquí todavía no se ofrece nada.

a) La procesión de ofrendas

La Iglesia ha restaurado la procesión de ofrendas en forma sencilla.

Dice IGMR 49: «Al comienzo de la liturgia eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

... es de alabar que el pan y el vino lo presenten los mismos fieles... También se puede aportar dinero u otras donaciones para los pobres o para la Iglesia que los mismos fieles pueden presentar o que pueden ser recolectados en la nave de la Iglesia, y que se colocarán en sitio oportuno fuera de la mesa eucarística».

Para el Jueves Santo, se precisa: «Al comienzo de la liturgia eucarística puede organizarse una procesión de los fieles en la que se lleven dones para los pobres».

Esta procesión ha sido exagerada y despojada de su finalidad. Los dones deben ser verdaderas ofrendas «de comunión y participación» y no meramente «simbólicas» y que necesitan de un comentador que vaya explicando de qué se trata.

La recolección de las ofrendas económicas de los fieles, «la limosna», requiere de dos cosas para que recobre su mejor sentido:

Primero, una buena catequesis; son las ofrendas económicas verdaderos signos de comunión y participación eucarísticos, no son mera «limosna» o «pago por la entrada».

Segundo, habrá que organizarla convenientemente. Se puede dividir imaginariamente la asamblea de los fieles en zonas más bien pequeñas en número conveniente; un ministro recolectará los dones en «su» zona, para que todo se pueda hacer con suficiente rapidez y los dones económicos acompañen a los principales: el pan y el vino.

-- Un salmo u otro canto apropiado acompaña la procesión de ofrendas.

b) Los dones eucarísticos

Son el pan y el vino. Jesús usó muy probablemente el pan sin levadura propio del rito pascual.

La Iglesia primitiva usaba normalmente pan con levadura hasta que hacia el siglo lX se llega, en Occidente, al uso exclusivo de pan sin levadura. El nuevo Derecho Canónico así lo determina: sólo harina de trigo y agua pueden entrar en su composición. Las iglesias orientales usan pan con levadura.

IGMR 283 dice: «La naturaleza misma del signo exige que la materia de la celebración eucarística aparezca verdaderamente como alimento. Conviene, pues, que el pan eucarístico, aunque sea ácimo y elaborado en la forma tradicional, se haga en tal forma que el sacerdote... pueda realmente partir la hostia en diversas partes y distribuirlas, al menos a algunos fieles».

El vino debe ser natural y puro. En nuestras tierras sin mucha tradición vitivinícola le llamamos «vino» con frecuencia a toda bebida alcohólica. El vino eucarístico debe ser vino real, es decir, proveniente de la vid y sin destilar.

Jesús, cuando tomó el pan y luego el vino, dijo: «Es mi Cuerpo... es mi Sangre». si leemos atentamente el capítulo VI del evangelio de Juan encontraremos que Jesús dice: Carne-Sangre. Carne, además del sentido general, tiene el significado de realidad humana total, el hombre en su materialidad y limitación, lo que tú captas inmediatamente.

Sangre, igualmente significa no sólo el líquido vital sino la vida misma. «No comas su sangre porque es su vida», (Lev 17, 14). Es el dinamismo interior, animador, vivificante. De tal manera que carne-sangre expresa al hombre todo con su elemento material y con su elemento vivificante. Equivale a lo que según la mentalidad grecolatina es cuerpo-alma y en la mentalidad de los antiguos mexicas es in ixtli-in yolotl, el rostro y el corazón.

Los dos elementos básicos de una comida mediterránea son usados por Cristo para expresarnos el don total a su Padre y a nosotros en la presencia perenne de su Misterio Pascual.

Al vino se le añade un poquito, unas gotas, de agua. Esto tiene un sentido ritual histórico y un sentido posterior ritual simbólico.

Sabemos cómo en la zona mediterránea era común tomar el vino mezclado con agua y muchas veces con agua caliente (ver pág. 112).

Este uso entró en el rito eucarístico. Hay iglesias orientales, como la bizantina, que mezclan el vino con agua caliente, llamado zeon, pero inmediatamente antes de la Comunión.

Este es el uso histórico, pero desde muy antiguo y ya atestiguado por san Cipriano, se miraba en el vino y en el agua la unión de Cristo y los cristianos; el uso de hacer en silencio una antiquísima oración tomada de Navidad, en que se habla de la naturaleza humana unida en Cristo y transformada por la naturaleza divina, confirma el sentido simbólico: al vino, la naturaleza divina, se une, transformándose en él, nuestra naturaleza humana, el agua.

En algunos lugares, posteriormente, y más limitadamente se miraba en este. rito la sangre y el agua que manaron del costado abierto de Cristo.

c) Colocación de los dones en el altar

Al tiempo que coloca el presidente el pan y luego el vino sobre el altar, recita una oración privada silenciosa, aunque se puede en ocasiones hacer en voz alta. Estas oraciones siguen un modelo hebreo de oración de bendición (berakah).

Posibilidades:

-- Normal: el sacerdote dice las fórmulas en silencio.

-- Si no hay canto: las puede decir en voz alta.

-- En ese caso, el pueblo puede aclamar: «Bendito seas...»

-- Canto que acompaña y ambienta el rito.

-- Música apta de fondo.

-- Todo en silencio total.

No se trata, de ninguna manera, de «ofertorio»; por eso, al tiempo que dice las oraciones el sacerdote, no eleva los dones sino muy poco, en un gesto señalativo y no ofertorial.

d) La incensación

Los dones y el altar y luego el presidente y ministros y pueblo, pueden ser incensados en signo de veneración.

e) El lavatorio de las manos

Lavarse las manos en señal de una purificación en profundidad es un uso muy antiguo. No tiene una funcionalidad práctica como a veces se ha dicho, sino simbólica; por lo mismo, no es justificada de ninguna manera su supresión.

San Cirilo de Jerusalén (s. IV), en una de sus catequesis mistagógicas, nos dice: «Habrán visto que el diácono presenta agua para que se laven las manos el obispo y los presbíteros que rodean la Mesa-del Señor. No lo hace ciertamente para quitarles las manchas del cuerpo, porque ni al principio de la celebración estábamos manchados, sino que esta ablución de las manos es un símbolo de la limpieza que todos debemos tener, purificándonos de todo pecado y de toda prevaricación. Pero como las manos son el signo de nuestro obrar, al lavarlas queremos significar la limpieza y pureza de nuestras obras. ¿No han oído al profeta David explicarnos esto cuando dice: 'Lavaré mis manos entre los inocentes y rodearé tu altar?' Así pues, el lavarse las manos es signo de la purificación de los pecados» (V, 20).

Lo mismo dicen las Constituciones apostólicas.

El sacerdote recita en secreto, al tiempo que se lava las manos, el salmo 51, 2.

f) La oración sobre las ofrendas

Se inicia con una monición: «Oren hermanos...», seguida de la respuesta del pueblo: «El Señor reciba de tus manos...».

Ya en el siglo VIII encontraremos entre los Francos una invitación dirigida al clero para que se uniera a le oración del presidente. Esta fórmula se desarrolló en varios modos, en voz baja y dirigida sólo al clero circunstante, en voz alta y dirigida a todas las personas de la congregación. Dice: «hermanos y hermanas».

• ¿Qué finalidad tiene la presentación de los dones?

• ¿Qué es lo que debe llevarse en la procesión?

• ¿Qué hacer para que la recolección y llevada al altar de las ofrendas en dinero tenga
     una verdad y un orden?

• ¿Qué textos son adecuados para cantar durante la presentación de las ofrendas?

• ¿Cuál debe ser su duración?

• si no hay canto, ¿qué otras posibilidades hay?

• ¿Cómo entiende el pueblo la mezcla de vino y agua?

• ¿Qué finalidad tiene el lavarse ritualmente las manos?

• ¿Cómo hacer más significativo el rito?

B. LA ORACION EUCARISTICA

Esta es la parte más importante del rito, «centro y culmen de toda la celebración», dice IGMR 54.

Las narraciones de la Cena del Señor nos dicen que «bendijo», «dio gracias». En realidad significa lo mismo. Jesús hizo una plegaria de agradecimiento llamada berakah, una plegaria que seguía las normas tradicionales.

En nuestra mentalidad y práctica actual, nosotros podemos agradecer un regalo recibido, en forma totalmente personal y privada: ¡muchas gracias!, ¡te agradezco mucho!

Este agradecimiento, al estilo semita, no puede ser privado, es una bendición. Bendecir = decir bien. Implica primero una alabanza pública a la generosidad del donante y luego una proclamación del beneficio recibido.

Podemos leer en nuestra Biblia, por ejemplo Génesis 14, 18-20; 24, 26-27; Exodo 18, 9-11, Lucas 10, 21.

En ocasiones, al término de la proclamación del beneficio, se añadía una petición, como en Tobías 8, 4-8. 1517.

Si no era una oración privada sino pública y cultual, a la proclamación ya no de un solo beneficio sino de muchos, se iba repitiendo, intercalándola, una exclamación de alabanza, y al final se terminaba con una alabanza especial que ha recibido el nombre técnico de doxología, del griego doxa=gloria=glorificación.

Y tenemos así los elementos normales de una berakah:

-- alabanza

-- motivos

-- petición

-- doxología

La Iglesia, al cumplir el mandato de Cristo: «Hagan esto», ha seguido el mismo esquema oracional de la berakah judía, pero le ha añadido algunos elementos típicamente cristianos: la anámnesis, la ofrenda y la epíclesis.

+ La anámnesis. Jesús no sólo dijo: «Hagan esto», sino también añadió: «en memoria mía», «como memorial mío».

Más arriba (pág. 25) pensamos un poco qué cosa es el memorial. La palabra técnica hebrea zikkaron fue traducida en los evangelios por la palabra griega anámnesis, que a su vez ha sido traducida como memorial.

En esta parte, la Iglesia, al recordar el mandato del Señor, hace conciencia de los misterios salvíficos del Señor Jesús, especialmente los céntricos, los que constituyen el centro del Misterio Pascual. La Oración eucarística IV dice: «... recordamos la muerte de Cristo y su descenso al lugar de los muertos, proclamamos su resurrección y ascensión a tu derecha; y mientras esperamos su venida gloriosa...»

+ La ofrenda. Al hacérsenos presente en el memorial del Señor su acción sacrificial y santificadora, ofrendamos al Padre la víctima perfecta; Cristo, y nos unimos nosotros a esa ofrenda.

Como ningún otro texto, el núm 34 de la Constitución de la Iglesia Lumen Gentium nos dice las condiciones y el «material» de esa ofrenda.

El texto conciliar nos enseña cómo Jesús, el sumo y perfecto sacerdote, el Cristo, el ungido del Espíritu, ha cumplido su acción sacerdotal de perfecta alabanza al Padre y de santificación de los hombres en su ofrenda consumada en la Cruz y que hoy se nos hace presente en la Eucaristía. Pero Jesús ha querido asociar a su misma ofrenda sacerdotal a todos los unidos a él por el bautismo, y para esto les da su Espíritu Santo, que los identifica y transforma en él. Y así todas las acciones humanas son ofrenda; y el texto da una amplia lista: «sus obras, oraciones y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo», y, lo que nos puede parecer más extraño, añade al final: «incluso las molestias de la vida, si se sufren pacientemente». Extraño, porque estamos muy acostumbrados a pensar como «sacrificios», prácticamente sólo lo doloroso, lo difícil y contradictorio. Dice «incluso», porque el dolor, los sufrimientos, en la historia de la salvación aparecen como consecuencia del pecado; Cristo, con su entrega amorosa, nos lo ha transformado en fuerza salvífica.

La condición es hacer todo movidos por el Espíritu Santo, en unión con Cristo, y así todas nuestras acciones tendrán sentido de «hostias espirituales», aceptables a Dios por Jesucristo». Esta ofrenda va a encontrar su momento ritual en la Eucaristía y expresamente en este momento. La citada oración eucarística IV dice: «...congregados en un sólo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria».

+ La Iglesia invoca especialmente el don del Espíritu Santo en la llamada epíclesis: epi=sobre, kaleo=llamar, epíclesis=invocación. Se le pide al Padre que envíe al Espíritu Santo para que Él, este amor personal en la Trinidad, a quien se atribuye la obra suprema del amor, la Encarnación, ahora, con su fuerza divina, haga que nuestras ofrendas de pan y vino sean presencia viva de Cristo resucitado, igualmente se le pide a Él, que es el animador único en la pluralidad de miembros, nos identifique, a todos los que somos miembros, con Cristo, nuestra cabeza.

A la primera epíclesis la llamamos «de consagración» a la segunda, «de comunión».

+ Peticiones. Hay que notar que en esta parte se manifiesta muy ricamente la unidad eclesial cuando se pide por todas las necesidades de la Iglesia en la tierra.

Se pide por los difuntos, la Iglesia en purificación, y se expresa igualmente la comunión con la Iglesia de los bienaventurados.

Se ha hecho notar también cómo la oración eucarística y precisamente en su estilo propio oracional y de acción de gracias, proclama todas las verdades de la fe como hechos salvíficos y los agradece, los mismos hechos que en el Credo son proclamados como verdades reveladas.

+ Doxología. La doxología, glorificación final de la oración de acción de gracias, tiene una riqueza especial cristiana.

Dice el sacerdote en nombre de toda la comunidad celebrante: «Por Él, con Él y en Él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos», y la comunidad corrobora y hace suya toda la Plegaria con su «AMEN».

Estas partículas: «Por», «con» y «en», creo yo, nos recuerdan estas realidades de Cristo, sacerdote, víctima y altar y expresan nuestro compromiso de identificación con Él.

-- POR -- Él es nuestro sacerdote único. Todo lo que viene de Dios, por Él nos viene, toda nuestra respuesta sólo por Él llega hasta Dios.

Todos los otros sacerdocios eran intentos, como en las religiones paganas, o esbozo y promesa, como en el judaísmo, pero sólo en Cristo tienen verdad y plenitud. El sacerdocio nuestro, el bautismal, el de todo el pueblo de Dios, y el ministerial, que se recibe por el sacramento del Orden, son participación, cada uno a su modo, del único sacerdocio de Cristo.

No podemos ir al Padre, nada puede ir al Padre, sino por Él, por Cristo.

-- CON -- ¿Qué podía ofrecer el hombre a Dios que le fuera agradable, que fuera de su categoría?

El Padre nos ha dado su propio Hijo, en quien tiene «todas sus complacencias». Nos ha identificado con Él.

Ahora, con Cristo, nos podemos ofrecer al Padre.

Ahora nos ve a nosotros con su Hijo. Ahora nuestras obras, por ser ofrecidas con las de Cristo, son verdaderamente agradables al Padre. Con Cristo damos la alabanza perfecta y con Cristo somos salvación para la humanidad.

-- EN -- Cristo es el punto supremo de encuentro con Dios. El Espíritu Santo nos da testimonio vital de quién es Cristo, nos une con Él, nos identifica con Él y en Él podemos ir al Padre.

Este es nuestro trabajo como cristianos, el dejarnos hacer del Espíritu, que nos identifique con el Señor.

En toda la Liturgia, pero particularmente en la Eucaristía, se realiza este proceso.

Ahora ya tenemos todos los elementos de la oración eucarística:

-- alabanza

-- motivos -- creación, redención

-- epíclesis (de consagración)

-- narración de la cena

-- anamnesis

-- ofrenda

-- epíclesis II (de comunión)

-- peticiones

-- doxología

Los elementos «populares» de la oración eucarística

-- La oración eucarística se abre siempre por un diálogo introductorio que a la vez señala lo que se va a hacer y su importancia, y solicita la respuesta aprobatoria del pueblo: «Es justo y necesario».

El prefacio. El nombre nos podría llevar a equivocarnos, pues parece como una mera apertura o parte introductoria; de hecho, en los misales preconciliares aparece el título de «cánon» solamente después de los prefacios. Esta expresión gráfica, el que no se cantaba el cánon, el sanctus, que en su exclamación gloriosa «interrumpía» la unidad de la plegaria, lo hacía aparecer así.

En esta primera parte de la plegaria están los motivos fundamentales y especiales de la acción de gracias. Esto es muy importante, sobre todo cuando se usa la plegaria eucarística I o cánon romano.

En el prefacio, por lo dicho, se expresa normalmente en forma muy sintética y rica el sentido especial de las fiestas y tiempos litúrgicos; a él hay que recurrir para clarificar ideas.

El tono laudativo del prefacio va subiendo hasta que estalla en un himno de glorificación que nos une a la alabanza angélica:

El Sanctus. Con textos bíblicos tomados de Isaías 6, 2-3, Apocalipsis 4, 8 y Mateo 21, 9. Este debe conservar su sentido entusiasta, prefiriendo que sea cantado, igualmente el texto debe ser cuidadosamente conservado por su origen escriturístico y por su venerable tradición.

La aclamación. Terminada la narración de la cena con las palabras consecratorias del Señor, el presidente suscita la aclamación del pueblo. Esta aclamación, que puede ser hecha con la variedad de textos que presenta el Misal, hace presente la fe de la comunidad y presenta una mirada agradecida hacia todo el panorama de la salvación. Mira los hechos pascuales sucedidos en el pasado pero que se hacen hoy presentes en el memorial y que nos llevan a una perfección final en la Parusía.

El Amén final. A pesar de su pequeñez, tiene una importancia enorme; ya la hacía notar Justino hacia el año 150 (pág. 13). Es como la rúbrica de aprobación final por la que el pueblo asume como propio todo lo expresado en la oración eucarística.

Es importante para su expresividad que esta aclamación sea cantada, posiblemente repitiéndola, y con varias voces, para acentuarla aún más.

La «elevación». En el siglo XIII aparece, siguiendo la devoción popular de «ver la hostia». Había una doctrina herética que decía que sólo se hacía la presencia del Señor en el pan hasta que se pronunciaran las palabras sobre el vino; para contrariar esa afirmación, se comenzó a «elevar» la santa hostia, presentándola a la veneración de los fieles. Había que elevarla ya que el sacerdote daba la espalda a la comunidad. Ya en el mismo siglo se comienza también a hacer la mostración del Santo Cáliz, costumbre que fue poco a poco extendiéndose pero que no se hace oficial sino hasta el Misal de S. Pío V (1617).

El pueblo, que no oía nada y apenas veía nada hasta este momento, comenzó a hacer la aclamación: «Señor mío y Dios». Actualmente no es esto lo mejor pues hay otras formas de expresar sonoramente su unión de fe.

LOS TEXTOS DE LAS ORACIONES EUCARÍSTICAS

El cánon romano - Oración eucarística I

Durante muchos siglos, unos 16, la única oración eucarística usada en el rito romano fue la oración eucarística I, conocida como cánon romano. Su estructura es diferente a la de las siguientes oraciones. Se ha hecho notar cómo tiene una estructura simétrica, conocida en la literatura antigua, p.e. el discurso de Pablo en Mileto a los ancianos de Efeso, en Hechos 20, 18-35.

Se llama estructura simétrica cuando los elementos temáticos se repiten como si se reflejaran en un espejo.


Los motivos básicos de acción de gracias en esta plegaria están en el prefacio. Podremos notar en esa forma simétrica las peticiones, la intercesión por los vivos y luego por los difuntos y las alusiones de comunión con la Iglesia triunfante, igualmente en dos grupos simétricos.

La oración: «Bendice y santifica, oh Padre...» es lo que más se puede parecer a la epíclesis, aunque no hay alusión explícita al Espíritu Santo.

Las nuevas oraciones eucarísticas

Después de Vaticano II, en 1968, se añadieron otros textos de oraciones eucarísticas.

Oración eucarística II

Está basada en el modelo dado por Hipólito en la Tradición Apostólica hacia el 215 (ver pág. 14).

Es muy sencilla y concisa. En la carta del «Consilium» sobre las nuevas plegarias eucarísticas se dice: «Podrá útilmente ser usada en los días laborables, en las Misas para niños y jóvenes o para pequeños grupos. Su sencillez constituye una base inicial para la catequesis sobre los varios elementos de la plegaria eucarística». Aunque tiene prefacio propio, puede usarse con otro, con tal que presente los motivos básicos de acción de gracias.

Oración eucarística III

Una bella plegaria eucarística, hecha con gran conocimiento de la tradición eucológica.

Es notable su inicio, con gran concisión evoca la acción trinitaria para la creación, la salvación en Cristo, la convocación y hechura de la Iglesia y su centro, la Eucaristía, con su doble característica de santidad y universalidad.

Considerada especialmente apta para domingos y fiestas (IGMR 322. c), puede ser usada en otras Misas.

No tiene prefacio propio y puede ser usada, por su estructura, con cualquier prefacio.

Oración eucarística IV

Al modo de algunas plegarias orientales, presenta un amplio resumen de la historia de la salvación.

Son notables la gran cantidad de textos proféticos, evangélicos y apostólicos que incluye y que son fácilmente detectables.

Igualmente son notables las expresiones de unidad cósmica del hombre con la naturaleza y con las creaturas angélicas.

Tiene prefacio propio que no debe cambiarse. IGMR 322 dice: «Una plegaria eucarística dotada de prefacio propio puede usarse, conservando su mismo prefacio, aun cuando para la Misa estuviera indicado un prefacio propio del tiempo».

Supone una mayor cultura religiosa, pero es aptísima como base catequética.

Las plegarias para misas con niños y para misas de reconciliación

Como vimos más arriba, por 16 siglos la liturgia romana tuvo una sola plegaria eucarística, el cánon romano.

Luego vinieron, en 1968, 3 nuevas plegarias, y posteriormente, en 1974, 5 más.

Las podemos encontrar en el Misal romano, aunque prácticamente en apéndice.

En ellas encontramos un básico seguimiento de la estructura y forma de la Misa romana oficial, aunque con ciertos cambios, que puede considerarse que abren ciertas perspectivas para una posible evolución.

Las dos plegarias «sobre la reconciliación» llevan una indicación de su línea propia: «la reconciliación como retorno al Padre», la I, y «la reconciliación con Dios, fundamento de la concordia humana», la II.

Las 3 plegarias para Misas con niños van precedidas en el Misal romano de una introducción que regula su uso pastoral.

El primer párrafo es muy iluminador: «el uso de estas plegarias eucarísticas debe tender siempre a que los niños se vayan introduciendo progresivamente en la participación activa y consciente en las Misas habituales de toda la comunidad cristiana».

Destacan en estos textos la sencillez del lenguaje y las múltiples aclamaciones que hacen más «activa» la pariticipación de los niños.

La oración eucarística V

En la última edición del Misal romano, para todas los países de habla española aparece esta nueva plegaria con sus 4 versiones. Tienen cada una su epígrafe que expresa su particularidad temática: «Dios guía a su Iglesia», la V a, «Jesús, nuestro camino», la V b, «Jesús, modelo de caridad», la V c y «La Iglesia en camino hacia la unidad», la V d.

Tal vez nos llame la atención la numeración única: V y las letras que las distinguen. Efectivamente, varían entre ellas solamente en el prefacio y en una parte de las intercesiones.

En ellas se hace alusión a la cena de Emaús (ver pág. 30), cuyas líneas básicas se viven hoy en la Eucaristía.

Notas Pastorales

-- La plegaria eucarística es el centro del acto fundamental por el que se hace y manifiesta la Iglesia, por esto de ninguna manera pueden usarse plegarias no aprobadas por la autoridad suprema, aunque sean consideradas de «más efecto»; lo contrario sería herir algo muy fundamental.

-- Hay que tener en cuenta que la plegaria eucarística es eso: una oración del principio al fin dirigida al Padre toda ella y expresada en forma presidencial por toda la comunidad, es decir, la comunidad en su momento expresa su adhesión a lo dicho por el presidente, que actúa «in persona Christi»; por lo mismo, de ninguna manera puede interrumpirse con moniciones o comentarios, con plegarias o cantos devocionales, por emotivos que sean. No deben añadírsele palabras o frases no textuales, ni deben hacerse gestos más o menos miméticos o teatrales fuera de los prescritos durante la narración de la cena, como por ejemplo, hacer en este momento la fracción, dirigir las especies en forma circular hacia los fieles, etc.

Igualmente, siendo oración sacerdotal presidencial toda ella, ninguna de sus partes puede ser compartida por la comunidad, p. ej. el «Por Cristo...».

Tampoco es obligatorio que en una concelebración sea compartida con otros concelebrantes, aunque puede hacerse.

El Misal romano prescribe arrodillarse durante la consagración.

-- ¿Cuál es la importancia y el significado de la Oración Eucarística?

-- ¿Qué nos enseña sobre la actividad del Espíritu Santo la epíclesis?

-- ¿Por qué hay una aclamación conmemorativa después de la consagración?

-- ¿Cómo se ofrecen los fieles en unión con Cristo?, ¿qué ofrecen?

-- ¿Cuáles son las intervenciones de los fieles en la oración eucarística?

-- Se podrá igualmente analizar el texto de cada una de las Oraciones Eucarísticas y
    encontrar sus diversas partes.


C. LA COMUNIÓN

a) El Padrenuestro

La Iglesia ha tenido siempre en gran veneración la fórmula oracional que Jesús enseñó a sus discípulos (Mt 6, 9-13; Lc 11, 2-4). Ha sido comentada por muchos Padres de la Iglesia, y ha sido siempre motivo de estudio. Todas las generaciones la han usado, no sólo como fórmula oracional, sino también como inspiradora y guía de toda oración. No hay acción litúrgica mayor, que no comporte esta importantísima expresión oracional.

Parece que entró a la liturgia eucarística a fines del s. IV. Hasta la reforma conciliar era dicha sólo por el sacerdote.

Hoy, como en los primeros siglos, la Iglesia ve en el Padrenuestro una referencia a la Eucaristía. Dice IGMR 56, a): «...en él se pide el pan cotidiano, que es también para los cristianos como una figura del pan eucarístico, y se implora la purificación de los pecados, de modo que en realidad 'se den a los santos las cosas santas'».

El Padrenuestro es introducido por una monición del presidente.

Una prolongación ampliatoria de la última petición, llamada técnicamente embolismo, es seguida por una doxología de todo el pueblo: «Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor». Hay que tener en cuenta que esta doxología aparece ya como prolongación del Padrenuestro en la Didajé (8, 2) y hasta en algunos manuscritos griegos del evangelio de Mateo; es usada en la liturgia bizantina y aparece en versiones bíblicas protestantes.

Ha ido surgiendo la costumbre de que los fieles se tomen de las manos durante el Padrenuestro. Tal vez esto no sea lo mejor. El tomarse de las manos es un gesto de unidad, pero inmediatamente después va a venir un gesto explícito de unidad, el gesto de la paz. Multiplicar los signos de lo mismo, los debilitan.

Se ha ido también haciendo más y más común el que los fieles tomen el gesto oracional antiquísimo de extender las manos. Este, desde luego, no es un gesto privativo de los sacerdotes. El problema que esto presenta es que falte unanimidad en la asamblea, es decir, que unos lo hagan y otros no. Como en muchos otros campos, aquí también la prudente catequesis aclara y resuelve los problemas.

b) La Paz

Un gesto de fraternidad ya prescrito en cartas apostólicas: Rom 16, 16; I Cor 16, 20; II Cor 13, 12; I Tes 5, 26; I Pedro 5, 14.

¿Qué significa «paz»? Tal vez tenemos genéricamente una idea de paz muy restringida: «no guerra», «déjenme en paz», «el respeto al derecho ajeno es la paz»; cuando vamos de un lugar muy ruidoso a uno muy silencioso decimos: «qué paz» = no ruido; hablamos de la paz de los sepulcros = no vida.

Jesús dijo: «La paz les dejo, mi paz les doy: no como la da el mundo» (Jn 14, 27). Pero en otro lugar afirma: «No crean que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada» (Mt 10, 34).

Nos quedamos asombrados. ¿No fue él anunciado como «príncipe de la paz» (Is 19, 6)? ¿No cantaron los ángeles sobre su cuna: «... y en la tierra paz...»? ¿Cuál es esta paz de Cristo?

La palabra paz expresa ante todo un don de Dios y resume las bendiciones con que llena Dios a los que son fieles a su alianza. La buena armonía con los demás, la buena armonía interior. La paz de Cristo no es fácil: «Les he dicho esto para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán tribulación; pero tengan buen ánimo: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). La paz cristiana implica una lucha, un gran esfuerzo, un combate espiritual, la «espada».

Esto lo entendió muy bien la comunidad primitiva. En varias representaciones en las catacumbas de una cena ritual religiosa (ágape) aparecen dos personajes femeninos, una se llama Agape=amor, y la otra Irene=paz. (Ver p. 112); paz y amor presentes en la reunión cristiana, más aún, paz=amor, es decir, construcción de unidad, de calidad de vida, no desde criterios y fuerzas humanas sino desde Dios-Amor.

Sólo Dios da la paz, pero nosotros nos comprometemos a construirla.

Una oración: «Señor Jesucristo...» la pide. Un saludo del presidente a toda la comunidad la expresa: «La paz del Señor esté siempre con ustedes».

Luego, si se ve conveniente, «todos, según la costumbre del lugar, se dan la paz».

Antiguamente había un «don de la paz» muy «vertical», iba «pasando» de uno a otro en línea jerárquica, del presidente a los ministros; a los fieles se les daba por medio de un instrumento, un medallón metálico con una imagen religiosa llamado por esto «porta paz».

Actualmente, sin rigidez militar, pero también sin desorden que rompa la secuencia celebrativa, los fieles se dan unos a otros la paz.

No faltan algunos que quisieran que el rito de la paz regresara a su lugar primitivo, antes de la liturgia eucarística (ver p. 16). Algunos grupos particulares tienen esto como concesión.

Ha ido naciendo la práctica de cantar un canto mientras los fieles intercambian el signo de la paz.

No es, desde luego, un canto previsto por la liturgia. Lo mejor sería no hacerlo. En todo caso, hay que cuidar tres cosas: una, que el texto exprese realmente el sentido del rito cristiano y no una mera «filantropía»; dos: que no rebase en tiempo el rito de la paz; y tres, y es lo más importante, que no dañe, por su prolongación, al canto del Cordero, que sí es litúrgico.

c) La fracción del pan

Como lo hemos visto, es uno de los gestos de Cristo, muy significativo. En la Ultima Cena los discípulos del Señor, en Emaús, el día de la resurrección, lo «reconocieron en la fracción del pan».

«La fracción del Pan» es el nombre más antiguo de la Cena del Señor (Hech 2, 42. 46. 47; 20, 7. 11). IGMR 283 nos recuerda todo esto y nos da el sentido simbólico: «Manifestará mejor la fuerza y la importancia del signo de unidad en un solo pan y de la caridad, por el hecho de que un solo pan se distribuye entre los hermanos».

En la práctica común este signo tan importante ha sido minimizado. Se consagra el pan pre-partido, el sacerdote parte su hostia, pero aparece más como gesto práctico, no le cabría en la boca la hostia completa, que como gesto simbólico, es decir, el pan se parte para repartirlo. San Pablo dice: «El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? porque es un solo pan, somos, aunque muchos, un solo cuerpo; ya que todos participamos de un solo pan», (I Cor 10, 16-17).

La Didajé tiene una oración muy significativa: «Como este pan partido, que estaba disperso en los campos (el trigo), una vez recogido, se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino» (9).

IGMR 283 afirma y prescribe: «La naturaleza misma del signo exige que la materia de la celebración eucarística aparezca verdaderamente como alimento. Conviene, pues, que el pan eucarístico, aunque sea ácimo y elaborado en la forma tradicional, se haga de tal forma que el sacerdote, en la Misa celebrada con el pueblo, pueda realmente partir la hostia en partes diversas y distribuirlas, al menos a algunos fieles».

Hacer una furtiva fracción del pan mientras todavía los fieles se están dando la paz, disminuye aún más el rito.

Presentar la hostia acomodando las dos mitades daña lo visible.

El Papa Sergio I (687-701), de origen oriental, hizo acompañar el rito de la fracción del pan, que se podía prolongar un tanto, con un canto litánico. El «Cordero de Dios», nos hace presente la figura simbólica de Cristo, como fue señalado por el Bautista (Jn 1, 29), con su sentido pascual sacrificial: «...ha sido inmolado nuestro cordero pascual, Cristo» (I Cor 5, 7), cordero inmolado, pero vivo y triunfante, Apoc 5, 6-14. Las invocaciones se pueden repetir tantas veces cuanto sea necesario para que acompañen toda la fracción del pan cuando ésta se haga en forma más auténtica (IGMR 56 e).

Un fragmento de la hostia es puesto en el cáliz. Es actualmente un rito obscuro al que el Misal no le da un significado, aunque en su origen sí lo tenía. El Papa, según el Ordo Romanus I, ponía en su cáliz un trocito de Eucaristía del domingo anterior; igualmente el Papa mandaba de su Eucaristía a los presbíteros de las iglesias vecinas y ellos la ponían en su respectivo cáliz. A ese trocito de Eucaristía se le llamaba fermentum. Este rito expresaba muy ricamente la unidad eclesial y la unidad de la Eucaristía en todo tiempo y lugar.

El sacerdote hace privadamente una oración previa a la comunión.

d) Comunión

El sacerdote presenta las santas especies usando unos textos escriturísticos: Jn 1, 29: «Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo», y Apoc 19, 9: «Dichosos los invitados a las bodas del Cordero».

Y el pueblo contesta con otro texto tomado de Mt 8. 8: «Señor, yo no soy digno...»

Esto se usa desde el s. X y antiguamente se repetía tres veces.

Viene en seguida la comunión del presidente, de los ministros y la de todos los fieles.

No comer cuando se asiste a una comida será siempre algo anormal.

Muchas razones de pensamiento teológico fueron haciendo un divorcio entre comida (reunión para comer) y comer en la comida. Hubo épocas en las que prácticamente nadie comulgaba. El Concilio lateranense IV (1215), puso como obligatoria la comunión «al menos una vez al año». La comunión no se daba a los fieles a su hora, sino sólo después de la Misa, etc., etc. Igualmente, por «razones» teológicas y «prácticas» se llegó a la comunión exclusivamente bajo la especie de pan.

Como en muchos movimientos reformativos con tintes más o menos heréticos, uno de los puntos era la comunión del cáliz para los laicos, llegó a tener siempre cierta sospecha la petición de la comunión bajo las dos especies.

Sabemos que Cristo instituyó así la Eucaristía: «Si no comen la carne del Hijo del hombre y si no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna» (Jn 6, 63 y 54).

Ciertamente en cada una de las santas especies está todo Cristo, Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Pero la verdad del signo pide de por sí la comunión bajo las dos especies.

Es claro que después de tantos siglos de no comulgar también bajo la especie de vino, no se podía abrir la práctica totalmente y de un día para otro. Como en círculos concéntricos, las posibilidades se han ido ampliando.

IGMR 242 presenta una lista de estas posibilidades, ¡son 12!, y las conferencias episcopales pueden ampliarla aún más.

A muchos grupos de fieles les interesará saber que una de estas posibilidades es: «a todos los que toman parte en reuniones en alguna asamblea pastoral, en la Misa que se tiene en común» (IGMR 242, 10).

Por siglos, los primeros 8 o 9, la comunión se dio en la mano; después de una gran caída en la práctica de la comunión, al irse haciendo la restauración, ya no se dio sino sólo en la boca. Después del Vaticano II hubo peticiones de que se restaurara la forma antigua.

¿Cuáles son las razones en pro y en contra? En pro, la verdad del signo: ¿Cuándo se da de comer en la boca a una persona? Cuando es muy pequeño o cuando está ya imposibilitado. Hay una pequeña excepción, pequeña, en cuanto que no dura mucho tiempo: se da un bocado en la boca en signo de especial cariño. El gesto de dar la comunión en la mano indica más claramente una responsabilidad adulta.

Es más seguro, evita lengüetazos, mordidas, choque contra los dientes, etc. Cualquier ministro de la comunión lo comprueba.

Por lo mismo, más higiénico...

Se dice que se es indigno de tocar con las manos el Cuerpo de Cristo. Bien, nadie somos digno de ello, y si somos indignos de tocarlo con las manos, igualmente lo somos con la lengua.

Se dice que un laico no tiene ungidas sus manos. Es verdad, pero el diácono que es ministro ordinario de la comunión tampoco recibió la unción de las manos.

Todo bautizado ha sido ungido con santo crisma en la cabeza y esto lo consagra totalmente.

Se dice que se pueden acercar a la comunión personas con las manos sucias. Esto es real, pero hay muchos que se acercan con la boca sucia.

Se dice que se han dado casos en que se han llevado la santa Hostia con fines supersticiosos y hasta sacrílegos. Desgraciadamente es cierto y, en alguna manera, la comunión en la mano lo facilita, pero si una persona por ignorancia o maldad lo quiere hacer, igualmente lo hará cuando recibe la comunión en la boca.

¿Cuáles son las condiciones para recibir la comunión en la mano?

-- La Conferencia Episcopal del país debe pedir la autorización a la Santa Sede (en México ha sido dada).

-- El obispo local debe autorizarla.

-- Habrá que dar una oportuna catequesis a los fieles.

-- El fiel es libre de pedirla en la boca o en la mano. Por lo mismo, esto no depende del criterio o de la voluntad del sacerdote ni en una forma ni en otra.

¿Cómo se debe realizar el rito?

Oigamos una catequesis muy antigua, es de San Cirilo de Jerusalén (313-386):

«Cuando te acerques, no avances con las palmas de las manos extendidas, ni con los dedos separados; en cambio, haz de tu mano izquierda un trono para tu mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey y, en el hueco de tu mano, recibe el Cuerpo de Cristo diciendo Amén... Ten cuidado de no perder nada, pues si tu perdieses algo sería como si perdieses uno de tus miembros. Si te dieran unas pepitas de oro, ¿no las tomarías con grandísimo cuidado poniendo atención a no perder ninguna y en no dañarlas? ¿Entonces, no deberías poner más atención por algo que es más precioso que el oro y las piedras preciosas, de modo de no perder ni una migajita?».

-- El fiel haciéndose un poquito a un lado debe comulgar la santa Hostia antes de alejarse.

El pueblo en procesión se adelanta a recibir la Santa Eucaristía, como es costumbre antiquísima. Un canto apropiado acompaña la procesión.

El sacerdote presenta a cada fiel las santas especies, el fiel dice Amén (ver pág. 16). Este amén expresa su fe no sólo respecto a la presencia sacramental del Cuerpo de Cristo sino también su fe y compromiso respecto al cuerpo místico de Cristo, su Iglesia.

En la Iglesia primitiva se recibía la comunión de pie, luego de los s. XI a XVI se extendió la costumbre de recibirla de rodillas. Hoy prevalece de nuevo el hacerlo de pie.

El presidente, que actúa «in persona Christi», debe personalmente dar la comunión; claro que puede ser ayudado por ministros ordinarios o extraordinarios.

Lo que no es tolerable es que el sacerdote deje sobre el altar las santas especies e invite a los fieles a servirse por sí mismos. Esto va totalmente contra el sentido ministerial del sacramento. «Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los distribuyó entre los que estaban sentados...» Juan 6, 11, o en Marcos 8, 6: «...y los iba dando a sus discípulos para que los distribuyeran al pueblo».

Imaginemos que el Papa viniera a una reunión nuestra y nos dijera: «Quiero regalar a cada uno un rosario, voy a ponerlos aquí en una caja, vayan pasando cada uno y tome el suyo». Es claro que efectivamente el Papa me regaló un rosario, ¿pero sería igual si el Papa lo da personalmente a cada uno? Es sólo una comparación pero sirve.

Se pide que los fieles que comulgan de pie, inmediatamente antes de comulgar, hagan un gesto especial, expresador de su fe y devoción; se sugiere hacer una inclinación de cabeza.

SC 55 dice: «Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la Misa, la cual consiste en que los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor».

Esta disposición se ha repetido otras veces. Esto signiflca dos cosas, una, que es algo muy importante en razón del signo; dos, que no se le ha hecho mucho caso.

Todavía podemos ver cómo se consagran copones inmensos y el sagrario tiene varios de ellos. Aunque esto es «más práctico», no es de ninguna manera más significativo.

El ayuno eucarístico

Desde muy antiguo se ha usado como expresión del especial aprecio a un alimento tan especial.

Para los cristianos primitivos, la comida eucarística terminaba una preparación de ayuno.

Por muchos siglos se prescribió el ayuno desde la media noche. En 1953, Pío XII lo mitigó, primero reduciéndolo a tres horas y posteriormente a sólo una hora. El agua y las medicinas no lo quebrantan. Para los enfermos y los fieles que quieran acompañarlos con su comunión, el ayuno es de sólo un cuarto de hora.

Las abluciones

Es necesario, después de la comunión, consumir cuidadosamente las santas especies, y luego habrá que asear los vasos, el copón o patena y cáliz. Pero esto de ninguna manera hay que hacerlo en el centro del altar. Lo mejor es que se haga (lo puede hacer un ministro) después de la celebración y en la credencia u otro lugar. En todo caso, hacerlo, como está prescrito, en un extremo del altar.

Después de la comunión

Silencio

El silencio como forma muy importante de participación activa ha sido promovido muy claramente por la renovación litúrgica (SC, 30). IGMR 23 dice: «Después de la comunión alaban a Dios en su corazón y oran». OLM 28 da la razón profunda: «El diálogo entre Dios y los hombres, que se realiza con la ayuda del Espíritu Santo, requiere breves momentos de silencio...» Ya en el s. IV, San Cirilo de Jerusalén decía: «Luego, esperando la oración, da gracias a Dios que te ha estimado digno de tomar tan grandes misterios».

Como para los fieles la única experiencia personal en la Misa era la de la comunión (lo demás era casi ininteligible por lo extraño de la lengua y porque el sacerdote daba la espalda al pueblo) nacieron una serie de palabras-actitudes no correctas: «ofrecer la comunión», «dar gracias por la comunión».

Estos momentos son, pues, no tanto «para dar gracias a Dios», sino para prolongar y profundizar la intimidad con el Señor.

Se propone, a veces, dar gracias en estos momentos haciendo listas más o menos grandes de motivos.

Si se viera la conveniencia de hacer públicos algunos motivos de acción de gracias, habría que hacerlos, como lo dice el Directorio de Misas para niños, n. 22: «Exponerlos antes de que el sacerdote dé comienzo al diálogo del prefacio».

Aunque lo normal sea el silencio, IGMR 56 j y 122 propone que también se puede cantar «un cántico de alabanza o un salmo». No hay, pues, que confundir el canto que acompaña la comunión con éste otro.

La oración después de la comunión

Ya sabemos de ella desde muy antiguo, en la segunda mitad del s. V.

Es una oración presidencial con la que se termina esta parte de la liturgia.

Se hace en forma de colecta y aquí también el Amén de los fieles sella y ratifica la oración.

-- ¿Qué temas del Padrenuestro lo hacen apropiado como preparación a la comunión?

--¿Cuál es la mejor postura durante el Padrenuestro?, ¿por qué?

-- ¿Cuál es la finalidad del rito de la paz?

-- ¿Cuáles son las ventajas o desventajas de acompañar este rito con un canto?

-- ¿Cuál es el significado de la fracción del pan?

-- ¿Por qué el sacerdote muestra a los fieles sólo el pan?

-- ¿Qué significa el Amén del fiel cuando recibe la comunión?

-- ¿Qué razones justifican el que se dé la comunión con hostias consagradas en una
     Misa anterior?

-- ¿Por qué es mejor la comunión bajo las dos especies?



VII. LA CONCLUSIÓN

Este es un rito muy breve.

Conviene que repasemos su sentido, tal como lo presentamos en «la mirada panorámica» (pág. 32).

Después que el sacerdote ha saludado al pueblo, «háganse, si se han de hacer, breves avisos al pueblo» IGMR 123. La rúbrica del Misal dice algo muy parecido. «En este momento se hacen, si es necesario y con brevedad, los oportunos anuncios o advertencias al pueblo».

Es muy común oír estos anuncios de modo totalmente contrario a lo dispuesto: largos, inoportunos, innecesarios y en un momento muy inadecuado, antes de la oración después de la comunión, aprovechando el silencio, que tiene otra finalidad. Más que aviso o anuncio, sería aquí muy importante una breve monición del presidente que lance a la comunidad a hacer realidad la luz recibida en la Palabra y la Vida comunicada en el Sacramento; que impulse a dar testimonio con la vida de la fe celebrada en la Eucaristía, como ya lo decía Hipólito (pág. 16).

El presidente bendice y despide a la comunidad.

Hay tres formas: la más sencilla, ordinaria, en el nombre de la Trinidad.

La bendición solemne, con fórmulas diversas según tiempos y festividades, normalmente con una triple invocación a la que el pueblo responde, Amén.

Y la otra, llamada «oración sobre el pueblo», a modo de colecta.

El presidente o el diácono, si lo hay, despide al pueblo.

Aunque no está prevista litúrgicamente la salida del presidente y los ministros, suele ir acompañada por un canto.

Igualmente esta salida puede ir acompañada de música apropiada.

En caso de que haya canto «de salida», deberá cumplir con el cometido de esta parte: impulsar al testimonio. Deberá cuidarse que no se convierta de «canto de salida» en «canto de quedada» por su tamaño y porque fije al pueblo en su lugar y no acompañe su salida.

El presidente besa el altar, con este gesto se venera la mesa de la Cena del Señor como símbolo de Cristo.

Si a continuación de la Eucaristía siguiera otro rito litúrgico, como la exposición solemne de la santa Eucaristía o una hora de la Liturgia de las Horas, la oración después de la comunión concluye el rito de la Misa y el otro sigue inmediatamente (IGMR 126).

-- ¿Cuál es el sentido de los ritos de conclusión?

-- ¿Qué tipo de anuncios no serían correctos en la celebración eucarística?

-- ¿Los avisos se podrían hacer en otro momento?, ¿por qué?

-- De haber «canto de salida», ¿qué características debe tener?